Iñaki Ezkerra-El Correo

  • No es verdad que todo esfuerzo por pararle los pies al huésped de La Moncloa sea inútil

Sánchez ha renunciado a su viaje a Andorra y esa noticia tiene una lectura positiva para estos días de alarma y hastío nacionales. No todo está perdido. La presión mediática, social y política ha terminado haciendo su efecto en quien parecía inmune a ella y ha convertido la resiliencia vacacional en un valor de la izquierda. Primero esa presión tuvo su acuse de recibo en ese entorno endogámico y servil de Pedro Sánchez que hasta ahora ha jugado a alabarle, a imitarle y a mostrarse tan pétreo como él. Después ha sido ese mismo entorno formado por sus asesores áulicos, su Gobierno multitudinario y su propio partido el que le ha acabado presionando a su vez para hacerle desistir de ese alarde de patológico solipsismo turístico. O sea, que la presión funciona. No es verdad que todo esfuerzo por pararle los pies al huésped de La Moncloa sea inútil. Esa prensa, esa oposición y esa sociedad española, a las que algunos desprecian con un discurso fatalista que considera a la primera vendida, a la segunda cobarde y a la tercera anestesiada, han sido capaces de ponerle un límite a su desfachatez, de obligarle a esa renuncia a la propina estival y de adelantar su comparecencia en el Congreso.

El fatalismo, sí. Pasó otro tanto en la época de Zapatero cuando le venció a Rajoy en las elecciones del 2008, que éste daba por ganadas. Hay una inclinación general en el español al ‘fatum’ que uno no sabe si viene del noventayochismo, la herencia árabe o el estoicismo senequista, pero que deriva cíclicamente en una suerte de nihilismo conservador y que es la otra cara de la insensatez numantina, que también nos aqueja por temporadas. Hay en nuestra forma de hacer política una desconcertante bipolaridad. Trasladado a la interpretación del plano internacional, uno advierte ese mismo vicio en quien niega que los frenos al tirano tengan alguna eficacia. Lo detecto en los que sentencian que Trump y Putin han convertido el orden mundial establecido en 1945 y basado en el respeto a la integridad territorial de las naciones en papel mojado. No es así. La mera vigencia retórica de esa legalidad actúa de freno a las ambiciones de esos dos personajes; sirve como un eficaz factor de presión; les impone un cierto límite. Pese a su bravatas expansionistas ni Trump ha tomado aún Groenlandia ni Putin ha tomado Estonia o Letonia. ¿Qué sentido tiene dar por hecho que lo harán?

Sí. Pese al derrotismo ambiental, algo en estos días se está resquebrajando en el sanchismo. A la renuncia al tour andorrano se suma la trifulca de Robles con Marlaska, la primera dando cuenta de la alerta del CNI sobre el asalto a Ceuta que niega el segundo. Reparar en que la presión tiene su efecto no es caer en la ingenuidad. También el fatalismo puede ser ciego.