• La crítica democrática señala decisiones; el racismo condena identidades

Catedrático de Psiquiatría. Real Academia de Medicina del País Vasco

La crisis migratoria que vive Ceuta no terminó en la frontera. Mientras la ciudad afrontaba una llegada extraordinaria desde Marruecos, la saturación de la acogida, la presencia de menores solos y una grave emergencia humanitaria, las redes convertían el desconcierto en hostilidad contra comunidades enteras. El episodio muestra cómo una gestión insuficiente puede favorecer el racismo y la xenofobia.

La incertidumbre y el descontrol aumentan el estrés, el miedo, la ansiedad y los problemas de sueño entre los residentes de Ceuta. Para quienes han cruzado la frontera se añaden el trauma del viaje, la pérdida y la inseguridad sobre su futuro. Una gestión deficiente no causa el racismo, pero puede agravar ese malestar. Sin apoyo psicosocial, información fiable y espacios de escucha, los bulos pueden transformar la angustia colectiva en búsqueda de culpables y hostilidad xenófoba.

El odio colectivo suele apoyarse en un problema real, como la falta de medios o el temor a perder el control, y transformarlo en una explicación falsa pero sencilla. La pregunta deja de ser qué instituciones fallaron y pasa a ser qué grupo debe cargar con la culpa. Así, personas distintas quedan reducidas a una etiqueta: inmigrantes, marroquíes o musulmanes.

Ese mecanismo fue visible en Ceuta. El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE) detectó 9.590 mensajes de odio durante los días 30 y 31 de julio, coincidiendo con las entradas en la ciudad. En todo el mes contabilizó 57.406 contenidos discriminatorios, frente a 40.800 en junio. Las personas procedentes del norte de África concentraron el 68 % de los mensajes analizados. La emergencia tuvo, por tanto, una réplica digital inmediata.

El análisis tampoco puede ignorar a Marruecos. Rabat controla el lado sur de una frontera exterior de la Unión Europea y su vigilancia condiciona directamente la presión sobre Ceuta. El precedente de 2021 es significativo: el Parlamento Europeo condenó entonces el uso marroquí de los controles fronterizos y de la migración, incluidos menores, como presión política sobre España. Aquella experiencia mostró que Marruecos puede endurecer o relajar el control según el estado de sus relaciones con Madrid. En 2026, atribuir una orden política concreta exige pruebas; pero la magnitud de las salidas obliga a examinar la actuación, la pasividad o la capacidad preventiva de las autoridades marroquíes y a no cargar toda la responsabilidad sobre España ni sobre quienes cruzaron.

Según OBERAXE, el 40 % de esos mensajes deshumanizaba o degradaba a los colectivos afectados y el 38 % los presentaba como una amenaza. Un 15 % incitaba a la expulsión y un 4 % a la violencia. Casi la mitad se relacionaba con la inseguridad, reforzando una asociación general entre inmigración y delincuencia.

El lenguaje importa. Términos como «invasión», «avalancha» o «enemigo» convierten a seres humanos en una masa hostil. Las imágenes impactantes sustituyen a la realidad completa. Una niña sola, una familia asustada o un joven que arriesgó la vida desaparecen detrás de una cifra. Cuando se borran los rostros, es más fácil justificar la exclusión o la violencia.

El riesgo crece cuando la emergencia recae demasiado tiempo en barrios o servicios ya tensionados. Si las necesidades de la población local y las de quienes llegan se presentan como incompatibles, surge una competencia artificial por la seguridad y los recursos. Una respuesta responsable debe atender a las personas migrantes y garantizar a la ciudadanía ceutí medios y reglas claras.

También es decisiva la comunicación institucional. Los datos tardíos o contradictorios alimentan la percepción de descontrol. Informar con rapidez, expceutalicar las competencias, corregir bulos y admitir las dificultades son medidas de convivencia. Negar los problemas abre el campo a la propaganda; exagerarlos convierte a personas vulnerables en objetivo.

Gestionar bien exige anticipar escenarios, coordinar a los gobiernos de España y Ceuta, cooperar con Marruecos y la Unión Europea, dimensionar la acogida y proteger individualmente a los menores. Exige aliviar con rapidez la presión sobre una ciudad de territorio limitado, escuchar las preocupaciones de sus habitantes y perseguir los delitos de odio. Seguridad y humanidad no son principios enfrentados: una política eficaz necesita ambos.

La alternativa a la xenofobia no consiste en negar el conflicto ni en aceptar sin crítica cualquier política migratoria. Es posible exigir control fronterizo, recursos, responsabilidades políticas y soluciones europeas sin atribuir a una nacionalidad o religión los actos de individuos ni los errores de los gobiernos. La crítica democrática señala decisiones; el racismo condena identidades.

Ceuta recuerda que gestionar la migración no es solo administrar una frontera, sino proteger la convivencia. Cuando la respuesta pública es tardía, opaca y descoordinada, el odio encuentra una grieta por la que avanzar. Cuando es rápida, transparente, humana y eficaz, esa grieta se estrecha. La calidad de la gestión no elimina todos los prejuicios, pero puede impedir que una crisis se convierta en una fábrica de enemigos.