Editorial-El Correo
- La catástrofe de Almería exige una nueva planificación preventiva y mayores medidas de protección para atajar el problema de los incendios forestales que amenazan a poblaciones, avivados por olas de calor que castigan a España con efectos letales
El incendio desatado en el término almeriense de Los Gallardos estremece por su desgarradora factura en vidas humanas y la virulencia de su incontenible propagación. Con al menos doce personas fallecidas, varios desaparecidos, decenas de heridos y centenares de vecinos desalojados, según el balance provisional, el fuego forestal más letal que se recuerda en Andalucía ha provocado una profunda conmoción. Esta tragedia obliga a poner el foco en la forma más eficaz de atajar, desde todos los frentes, este tipo de catástrofes desgraciadamente cada vez más frecuentes. El paradigma ha cambiado por completo: los fuegos en nuestros montes y zonas rurales ya no constituyen una crisis coyuntural asociada al verano, sino que su gravedad extrema y reiteración exigen considerarlos una auténtica emergencia en el conjunto del país que precisa de una respuesta integral.
Es una evidencia que el cambio climático, manifestado por una sucesión de olas de calor sin precedentes, castiga con especial incidencia a España, cuya orografía complica cualquier labor de extinción. Una tarea que se agrava por el escaso control en bosques frondosos, el precario estado de algunas infraestructuras sensibles como los tendidos eléctricos -al parecer, detonante del suceso en Los Gallardos- y la proliferación de un urbanismo desordenado, con poblaciones diseminadas por abruptos parajes de tortuoso acceso. Como primera lección, los llamados incendios de sexta generación como el que aún afecta a Almería demuestran la necesidad de una nueva planificación preventiva para evitar males mayores y de medidas de protección más claras. Todo indica que los afectados por este último episodio catastrófico han perdido la vida cuando trataban por sus propios medios de huir de las llamas y el humo -tres de ellos niños-. El alcance de la desgracia podría ser mayor, a la espera de confirmar el estado de la veintena de personas que ayer seguía en paradero desconocido.
Según el relato de las autoridades, el hecho más doloroso es que algunas víctimas fallecieron al desoír la orden de confinamiento y escapar por puro instinto en sus vehículos por rutas alternativas. El fuego, propagado por un cóctel explosivo de altísimas temperaturas y rachas de viento de hasta 70 kilómetros por hora por una zona muy quebrada, convirtió su huida en una trampa mortal. El incendio les atrapó dramáticamente dentro de los propios coches o en una carrera desesperada rambla arriba o en el fondo de un barranco. Parece urgente diseñar protocolos de formación más certeros para combatir el lógico pánico de los vecinos con una información precisa sobre alternativas racionales que les aseguren la supervivencia, sea confinados en casa o a través de una evacuación autorizada por vías seguras. Por el perfil de los fallecidos en Los Gallardos y Bédar, la mayoría de origen británico y belga, sería indispensable adaptar la comunicación institucional a la población extranjera residente y recurrir a tecnologías de geolocalización.
Almería, territorio árido ya de por sí y exponente del proceso de desertificación que sufre la Península, es el epicentro de un incendio que devora hectáreas de bosque bajo, matorral y cereal a una velocidad inasumible para los servicios de extinción, debido al viento y un relieve abrupto. Las brigadas, compuestas por medio millar de bomberos y agentes de diferentes cuerpos con el apoyo de la Unidad Militar de Emergencia (UME), se ven impotentes. Y no es la primera vez que esto ocurre en una temporada infernal de fuegos que ya se ha cebado con Cataluña. Con el avance del cambio climático, España es un polvorín y los incendios, una amenaza permanente para la seguridad del Estado. Para atajar este riesgo, hay que empezar a concentrar los esfuerzos de prevención antes de que salte la primera chispa.