Antonio R. Naranjo-El Debate
  • Una reflexión sobre el sinsentido de respaldar a un fraude que daña incluso a quienes le aplauden

El sanchista voluntario y gratuito es un objeto de análisis curioso. No el financiado, cuya motivación es obvia: los Patxi López, Diana Morant y compañía viven de adorar al líder, aunque le pillen atropellando a una señora mayor en un paso de cebra, y dirán «Yo con Begoña» hoy y mañana «Yo con Jack el Destripador» si el patrón da la orden. También les pasa a esos contertulios sobrevenidos de la nada, cuyo único mérito para cacarear sus detritos en televisión es su disposición ovina a repetir el eslogan recibido, con poco respeto por la audiencia y por sí mismos, pero una gloria efímera en la cuenta corriente, que ser sicario tiene su recompensa.

¿Pero y el que lo hace sin recibir nada a cambio? ¿Y el que pulula por las redes sociales haciendo gala desinteresada de su sanchismo? ¿Y el que le vota, por qué sí, aunque mire a su alrededor y vea miseria, corrupción y una degradación democrática sin parangón en medio siglo? ¿Qué le mueve a ese ciudadano anónimo que también grita «Yo con Begoña» sin la recompensa de Francisco López, portavoz parlamentario sin oficio ni beneficio previo ni posterior a sus lisonjas, incrustado en algún cargo público desde que tenía 28 años y va ya para 67?

Hay una parte de ese heterogéneo apoyo al crápula que nace del mero interés, algo ignorante pero práctico: se ha convencido de que con él al frente tendrá más fácil lograr un subsidio, subir su pensión y ser tratado, lo sea o no, como un vulnerable. A Sánchez le da igual, incluso puede parecerle un inútil y un sinvergüenza, pero lo mantiene ahí por mero egoísmo zángano e insolidario, pero también suicida: nada peor para garantizar un Estado de bienestar viable que engordar en 800.000 millones la deuda pública; atacar a las empresas hasta asfixiarlas; exprimir fiscalmente las nóminas con ímpetu feudal y generar un ecosistema asistencial a costa de una población activa menguante y cada vez más pobre.

Luego está el seguidor emocional, el que es del PSOE aunque el PSOE ya no sea del PSOE; el que es de Sánchez como lo es del Real Madrid o del Barça, de una manera inevitable e identitaria, más allá de méritos, logros o bochornos: es el nicho más digno, aunque también el menos instruido. Se parece a los seguidores del reverendo Jim Jones, que lograba aplausos mientras daba de beber cicuta a los suyos.

Y finalmente está el guerrero, que es una mezcla de todo lo anterior, pero en un formato activo: no solo se cree las milongas del Doctor Fraude, a veces extrae dividendos de ellas o en todo caso forma parte de su epidermis emocional. También asume una actitud combativa, convencido de que efectivamente existe una conspiración reaccionaria contra un buen hombre perseguido por fuerzas malignas sincronizadas para echarle y, a ser posible, encarcelarle.

Este es el seguidor sanchista más digno de análisis con ánimo entomológico, y de su estudio pueden extraerse valiosas conclusiones sobre el ser humano. El tonto de solemnidad siempre existió, pero su exhibicionismo era limitado por razones tecnológicas. Ahora puede pavonearse, mostrar sus plumas, emitir sus gruñidos y sacar rendimiento de sus pezuñas, aunque no podrá razonar ni argüir ningún hecho alternativo a los hechos que jalonan al presidente.

Y no le hace falta. No hay informe de la UCO o la UDEF; audio, vídeo o mensaje; laboriosa sentencia o auto judicial; incluso constatación en vivo con los propios ojos; que le mueva del espacio mental en el que habita: la realidad va por un lado; pero en sus cabezas suena fantástico justificar que Pedro gobierne sin votos, sin el Parlamento y contra el poder judicial, una secuencia conceptualmente definitoria de un dictador. O que, frente a la teoría de que Begoña Gómez y David Sánchez son injustamente linchados, prevalezca la evidencia de que a una la crearon la cátedra en 2022 y al otro la dirección artística en 2020, con el señorito ya de presidente.

O que esté documentalmente demostrado que el PSOE montó y financió una mafia desde el partido, con el número 2 de Ferraz y su homólogo en el Gabinete de la Presidencia presentes en la reunión fundacional. O que el propio Sánchez presuma de querer abolir la prostitución y de aumentar los derechos LGTBI pese a haber vivido, y vivir, de los beneficios de explotar sexualmente a hombres, mujeres y jovencitos en sórdidos antros con los que el suegro además pudo financiar su carrera política.

O que todas las tramas, que son ya incontables, repiten los mismos protagonistas, entremezclados a menudo, y confluyen en un mismo punto: todo lo que quisieron lo lograron porque ahí estaba la firma del presidente, o de sus ministros, para darles el visto bueno.

Entre todos ellos, más el indeterminado grupo de nacionalizados que se sienta en deuda con el chanchullero, se explica que Sánchez no baje de seis millones de votantes. Insuficientes para gobernar, pero suficientes para entender el profundo problema educativo y moral que tiene España. Si le vieran reírse de ellos, quizá despertarían.