El futuro de la política

EL MUNDO 02/05/17
ARCADI ESPADA

LOS MISERABLES, léase en sentido poético, llevaban en la cara una fiebre de esperanza, unos ojos visionarios y enardecidos. Allí cuajaban, según, el idílico falansterio o la venganza del proletariado. En aquel mundo la izquierda no solo era la igualdad, sino el futuro. La derecha era lo que indicaba su adjetivo principal: conservadores. Instinto de conservación, exactamente. Los miserables hacían avanzar el mundo. A veces, por sí mismos, sinceramente. Otras veces gracias a las élites que hablaban en su nombre, porque es verdad que no siempre, véanse sus renuencias a los derechos de las mujeres, estaban a la altura del futuro. En los ojos de los miserables de hoy, sin embargo, ya solo hay miedo. Para la gestión del miedo cualquiera es bueno. Le Pen o Mélenchon, le même combat.

El cínico dirá que se precisa una nueva demagogia. Yo mismo. Un grito político que haga frente a la melancolía reaccionaria, al paralizante instinto de conservación que amenaza con consolidar las ruinas económicas y morales. Alguien ha de meter el futuro en el programa. La ciencia o los negocios trabajan con él y para él. Así el copypaste genético cerca la enfermedad; así las ciudades están a poco de extirpar el ruido y la contaminación y así, a velocidad inhumana, viaja el conocimiento por las fibras digitales. Pero el futuro, dramáticamente, se ha segregado de la política. Ya solo queda para las predicciones sombrías. El estúpido mantra que sentencia: «Nuestros hijos vivirán peor que nosotros», y ante el que siempre siento la tentación de decir: «Serán los suyos, señorita». Habrá contribuido la consolidación de la democracia, que ha liquidado conceptualmente la revolución. Pero la liquidación de las sangrientas utopías se ha llevado consigo una evidencia de atronador realismo: y es que la solución de algunos graves problemas (el paro, por crucial ejemplo) no llegará con las herramientas técnicas y sociales hoy disponibles, sino con las que puedan y deban generarse. Sin política no hay futuro y la política de hoy se ha viciado en su rol de rémora.

Ayer vi a Macron hablándoles a los trabajadores de Whirlpool –y en realidad al resto de franceses, porque, dado el youtube, nadie habla hoy al que parece–, erizados por el miedo y por la visita previa de madame Le Pen. Estuvo ejemplar, impartiendo la incómoda verdad, también moral, de la globalización en terreno cautivo. Pero esa verdad será inútil si la política no limpia de ocaso el horizonte.