IGNACIO CAMACHO-ABC

  • La honestidad era para Redondo un principio de vida, una consecuencia natural del compromiso con su ideología

La figura de Nicolás Redondo Urbieta fue uno de esos goznes silenciosos sobre los que a veces gira la historia de España. Nadie puede saber cómo habría sido la Transición si en Suresnes hubiese aceptado el liderazgo del PSOE en vez de declinarlo en favor de un tal González, un semidesconocido sevillano más joven, más dúctil, más pragmático. Sí se sabe que a pesar de todo nunca se acabaron de fiar el uno del otro y que la ruptura se produjo de un modo estrepitoso en aquella huelga general que detuvo el país en un paro histórico. Redondo, hijo de un dirigente del Frente Popular que sufrió exilio y cárcel, estuvo preso él mismo, vivió la reconciliación constitucional como sindicalista y durante el felipismo se empeñó en mantener a la UGT separada del Gobierno y del partido. Felipe no olvidó: cerró a su hijo Redondo Terreros el paso a cualquier aspiración sucesoria y más tarde irrumpió en un mitin en Baracaldo –«Nicolás, no te equivoques de aliados»–para destruir la alianza con Mayor Oreja que pretendía desalojar al PNV del poder vasco.

Ese sentido de la independencia personal y orgánica presidió toda su larga vida. También el de una honestidad radical hija del compromiso con los principios de su ideología. El escándalo de la cooperativa PSV, ocurrido al final de su mandato ugetista, lo dejó devastado y lo empujó a la retirada del sindicato y de la política. La opinión pública lo ha despedido con un unánime elogio a su honradez que es también un reproche a la corrupción sobrevenida; para él se trataba de una condición natural, íntima, irrenunciable, consustancial a su pensamiento y a su militancia socialista. Cuando se apartó lo hizo de forma ejemplar, concluyente, definitiva: no conspiró, no estorbó, no trató de influir, no movió hilos en la sombra, no participó en conciliábulos ni intrigas. Ni siquiera reivindicó nunca aquella renuncia decisiva sin la cual la refundación democrática hubiese transcurrido por una senda distinta.

La memoria de Redondo ‘el Viejo’ representa el espíritu de la España que supo dominar el impulso de revancha y de enfrentamiento para alumbrar un régimen nuevo a base de tolerancia, diálogo y acuerdo. La de los Pactos de la Moncloa, la Constitución del 78, la monarquía parlamentaria, el Estado de las autonomías, el consenso. Fue coherente incluso en sus errores y generoso en sus aciertos. Supo ganar y perder, cedió cuando entendió que era preciso hacerlo y peleó cuando hubo que pelear, hasta el borde mismo del cisma interno, pero jamás faltó a sus adversarios el respeto. Quizá no llegase a comprender lo que González, Boyer y Solchaga sí atisbaron: que el obrerismo de la izquierda de los sesenta y setenta se había quedado arcaico, desfasado en el paradigma contemporáneo. Esa tozuda integridad con su ideario le ha permitido, en cambio, el privilegio de morir rodeado de la estima de sus conciudadanos.