Ignacio Camacho-ABC
- El interrogatorio socialista se estrelló contra el personaje ausente y pasivo que Rajoy ha sabido construir de sí mismoi
A qué minerva jurídica del PSOE se le ocurriría llamar a Rajoy para testificar sobre la operación Kitchen y Luis Bárcenas. Si al menos siguiese siendo presidente tal vez podrían haber aprovechado la declaración para montar otra moción de censura con alguna excusa trucada. Pero tratar de usarlo para empatar el desfile procesal del caso Ábalos y someterlo a un interrogatorio de traza tan ramplona y rutinaria no sólo constituye una manera torpe de desperdiciar una mañana; es una idea lo bastante mala para cesar a varios jefes de propaganda. El testigo hizo exactamente lo que cabía esperar: empezó metiéndole a la letrada un gol por la escuadra y a partir de ahí, ya seguro de dominar la escena, se encastilló en monosílabos con esa mezcla de ironía y desgana que tiene registrada como marca. Menuda pérdida de tiempo la de preguntarle por operaciones secretas a un dirigente que nunca se enteraba de nada. Ni se apercibió del terremoto político que la crisis y los ajustes habían provocado en España, ni vio venir la operación para derribarlo que sus adversarios llevaban tramando semanas, ni se percató de que el separatismo catalán había dado un golpe de Estado en sus barbas hasta que tuvo que salir el Rey a dar la voz de alarma. Incluso resulta dudoso que fuese consciente de la mayoría absoluta que disfrutaba, a juzgar por su renuencia a usarla. Cómo podía un hombre tan impermeable a las circunstancias saber lo que tramaba en los entresijos del partido `esa persona de la que usted me habla´.
La operación pinchó, pues, en hueso. Un hueso duro como todo el esqueleto del personaje que Mariano ha sabido construirse con indudable éxito. El de un hacedor de frases virales, a medio camino entre lo obvio, lo absurdo y lo esotérico, que han trascendido más y mejor que sus logros y fracasos al frente del Gobierno. Ese aire socarrón y un poco ausente de tipo capaz de irse de sobremesa hasta media tarde en su peor momento, en un restaurante sin cobertura de teléfono mientras lo desalojaban del poder en el Congreso. El perfil de pasivo desapego que le ha permitido salir indemne del desplome del PP, que recibió unido y dejó dividido en tres facciones e inmerso en una cadena de procesos de corrupción y financiación en negro. Contra ese carácter pétreo se estrelló el intento socialista de alancearlo como a moro muerto, cuando el sanchismo debería de estarle agradecido por el modo en que se dejó engañar y se retiró sin un mal gesto. Los guionistas de la Moncloa aún no han comprendido que sacarlo a escena en medio de los escándalos de esta etapa no hace otra cosa que mejorar por comparación su recuerdo. Cosa distinta es que la derecha se conforme con eso en vez de reflexionar si las negativas de Rajoy en la Audiencia Nacional y las de Sánchez en el Senado acaso discurran por caminos paralelos. Que el efecto perverso de la polarización bloquee ese hemisferio moral del cerebro donde anida la sospecha de que el verdadero legado político del mandato marianista sean estos ocho años de Pedro.