Manuel Marín-Vozpópuli

  • Con este segundo Mundial, con dos copones, la selección ha conseguido que el muro de Sánchez y su indecente concepción de la ética pública sean insignificantes durante unos días

Decía Luis Aragonés que nadie se acuerda nunca del subcampeón. Nosotros sí recordaremos a Argentina, como aún recordamos a Holanda. Honor a estos futbolistas, a este equipo y a esta selección. Honor porque más allá de una victoria tan suya, tan de todos, nos han inyectado naturalidad, ejemplaridad, transparencia, camaradería. Son estrellas del fútbol y famosetes con vanidad de fábrica, pero son tipos sanos y limpios. Tipos felices cuyo trabajo es hacernos felices, y cuya sonrisa hoy es eterna. Por fin otro lunes alegre… y son pocos en la vida. Ya sé, el topicazo de que son una piña, que se respetan, que se divierten. Al contrario que nuestras instituciones, nos inoculan un orgullo de pertenencia, un sentimiento integrador y encarnan ese difícil estatus de la auténtica convivencia que tanto ha manoseado el sanchismo con intereses indignos. Estos futbolistas son una máquina engrasada, son líderes y son eficaces.

Y corren, y juegan como Dios y ganan. Honor porque durante unas semanas nos han permitido contraponer su alegría contagiosa, su aura de colectivo sin fisuras, a esta España de DAOs corruptos y de generales de la Guardia Civil capaces de ciscarse en el lema del Cuerpo, “El honor es mi divisa”. Nos han hecho sonreír, gritar y disfrutar en esta España de fiscales generales destructores de pruebas, de cloaqueros y calañas de altos funcionarios cobardes que han mirado hacia otro lado mientras sus jefes políticos arrasaban cualquier indicio de decencia pública por pura sumisión. Nos han hecho felices en esta España en la que, durante ocho años, tanto se han emputecido las instituciones y tanto se ha prostituido el sistema. El honor es la divisa de la Selección, y ahora con dos estrellas en el pecho y dos copones. Esta selección sí nos representa porque su honor es químicamente puro. Así de sencillo.

Es desoladora la conversación desvelada estos días por ABC entre el ´número dos’ del DAO de la Guardia Civil y otro general subordinado, que se negaba a adocenarse y a aceptar la orden de boicotear un acto oficial con Isabel Díaz Ayuso porque Pedro Sánchez lo exigía y punto. Demuestra el grado tan profundo de toxicidad en la infiltración del sanchismo en las instituciones sin que nadie, absolutamente nadie, que asistiese al espectáculo desde un segundo nivel funcionarial pusiese el grito en el cielo. Ocho años de silencios, obediencia, sumisión… y de miradas hacia otro lado. El DAO de la Guardia Civil ordenó a sus subordinados de la UCO que se pusiesen de perfil en cualquier investigación sobre el núcleo familiar de Pedro Sánchez. ¿Dónde quedan el honor y la divisa? Estómagos agradecidos, cobardones en busca de cargos, prostitutas enchufadas en empresas públicas, un Patxi grotesco e histriónico gritando a pulmón que millones de personas se echan cada día a la calle chillando “Yo, con Begoña”… Un estado putrefacto y hediondo de cosas.

Y por fin la reacción. El hartazgo. El desenmascaramiento de cómo funciona de verdad el sanchismo. Y entonces aparece otro general de la Guardia Civil, este por fin alguien digno rehén de esa cúpula pervertida por el sicariato político de Sánchez, que sí se planta a las coacciones de su jefe, todo un teniente general de obediencia lanar a Marlaska capaz de comportarse como un macarra de taberna. Y una directora de la Agencia Tributaria también se planta y dice ¡basta! antes de que la SEPI salga dinamitada dispersando infinitos restos de porquería. Son altos funcionarios, segundones y tontos útiles del sanchismo que han callado demasiado tiempo, pero que se niegan a ser ahora otros peones ‘clínex’ dispuestos a ser sacrificados. Se han hartado de tanto silencio ominoso porque, aunque sea tarde, algo de honor, un reducto mínimo, sigue ofreciendo alguna esperanza.

Empezaba la semana pasada con el hermano del presidente del Gobierno condenado. Al principio, todo era un bulo. Después ya no era un bulo… sencillamente no había pruebas. Más tarde, cuando aparecían las pruebas, era una persecución de la Guardia Civil por venganza contra el PSOE. Y finalmente, cuando las pruebas de la UCO eran incontestables porque se creían impunes hasta para dejar rastros infantiles de sus abusos, son los jueces fachas y el golpe de togas para derrocar al pobre de Sánchez. Aquí hace ocho años que el honor dejó de ser divisa de nada. Si la semana empezaba así, terminaba con la mujer del presidente casi sentada en un banquillo acusada de malversación de dinero público y de tráfico de influencias. La esposa y el hermano. Ya casi hemos normalizado la anomalía de una agenda judicial que en cualquier país normalizado habría dado al traste con ese presidente del Gobierno en cuestión de horas. Pero España está dejando de ser civilizada. El honor es mi divisa… y el deshonor, mi costumbre.

Ahora todo está grabado… cómo dan órdenes los mercenarios postrados a La Moncloa, cómo tratan a sus subordinados, cómo intentan manipular unas primarias en el PSOE, cómo destruyen pruebas de procesos penales en sus despachos oficiales, cómo subvierten el Código Penal, cómo amnistían a golpistas, cómo prescinden del Parlamento, cómo aplastan la Constitución por la vía de los hechos consumados, cómo diseñan pucherazos con nietos, cómo blanquean a terroristas, cómo enriquecen a amigos en la cúpula de empresas privadas intervenidas de facto… cómo guardan sus joyas prohibidas en cajas fuertes. La percepción de putrefacción, de esta carencia absoluta de ética pública, se extiende ya de manera inversamente proporcional a la demostración de principios y valores que nos han transmitido unos simples futbolistas. Los mismos que han conseguido que el muro de Sánchez sea insignificante durante unos días. Los que nos han dado la oportunidad de descubrir que queda algo que sí merece la pena en esta democracia deformada por la ambición enfermiza de demasiados tipos sin escrúpulos.