El horno

IGNACIO CAMACHO, ABC 11/10/13

· El proyecto secesionista contiene un virus de discordia civil que amenaza con fracturar la propia sociedad catalana.

Sin haber planteado hasta ahora más que su voluntad de secesión, el proyecto separatista de Artur Mas ha comenzado a fracturar a la sociedad política catalana. Primero provocó la medrosa aproximación autodeterminista del PSC creando un grave problema de cohesión nacional al PSOE; luego ha escindido la conciencia moderada de la Unió de Duran Lleida, cuyas dudas sobre la independencia amenazan con acabar empujándolo fuera de la propia CiU; y ahora ha extendido la división a un PP que por falta de engrase interno ha aplastado con vehemencia el intento de coqueteo catalanista de Alicia Sánchez-Camacho. La hegemonía del soberanismo ha impuesto en Cataluña un marco mental ante el que todo disidente parece desorientado, quizá porque sólo muy pocos están dispuestos a arrostrar el estigma de una negativa clara a secundar las premisas de este concepto dominante convertido en pensamiento único.

La iniciativa frustrada de Sánchez Camacho, que está escrita en su programa electoral autonómico de 2012, respondía a la intención del PP catalán de salir del aislamiento mediante una típica maniobra, ya insuficiente y tardía, de apaciguamiento amistoso. Se tratase de un movimiento por cuenta propia o de un globo sonda respaldado a su gallega manera por Rajoy, ha constituido un severo error táctico. Ha recibido un sonoro portazo en su propio partido, para el que la firmeza ante la reclamación soberanista representa un capital irrenunciable; ha desatado la ira de otros barones regionales asfixiados por el actual modelo de reparto financiero; y ha descolocado a su electorado natural que sólo encuentra ya en la propuesta unitaria de Ciudadanos un dique frente a la crecida de la autodeterminación. Un fracaso completo que refuerza de paso el argumentario victimista del nacionalismo sobre la incomprensión española.

Si esto sucede en la esfera meramente política, cuyos profesionales son incapaces de hallar una respuesta al desafío secesionista, cabe imaginar lo que sucederá en el ámbito social cuando el delirio se plasme en iniciativas institucionales directamente orientadas a la desagregación de España. El proyecto separatista contiene un virus de discordia civil que amenaza con partir la propia sociedad catalana. Ya ha dividido a sus políticos y ha sembrado la desunión callada entre los ciudadanos, condenando al silencio o al arrinconamiento a los disconformes; pronto se puede convertir en una hoguera que abrase los fundamentos de la convivencia en el interior de un horno refractario cuyo calor no resulta perceptible en una opinión pública artificialmente homogénea.

La única manera de evitarlo consiste en plantear con coraje un discurso alternativo que refute falacias y mitos y abra el debate al aire de la libertad. Y como eso sólo se puede hacer ya desde fuera, ha llegado la hora de que el Gobierno de la nación asuma el liderazgo de la réplica.