Juan Carlos Viloria-El Correo
- La violencia antisistema alienta la idea de un caos que permita el surgimiento de un ‘nuevo orden’
El ‘mal francés’ no es la sífilis que transmitieron por toda Europa los soldados franceses en el siglo XVI, sino la violencia urbana de difuso contenido político, pero antiinstitucional, destructora de la propiedad privada y de los símbolos de la democracia como el ayuntamiento de Limoges. Los disturbios, extremadamente violentos, que se extendieron por todo el Hexágono la pasada semana se caracterizan por la parasitación de movimientos reivindicativos de carácter social como la mejora de la educación o contra la carestía de la vida y la energía, por grupos de guerrilla urbana profundamente antidemocráticos, pero sospechosamente amparados en un discurso ambiguo y equívoco de las fuerzas políticas de extrema izquierda como la LFI (La Francia Insumisa) que capitanea Jean-Luc Mélenchon o el mediático alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, agitador de la cólera de los manifestantes con un discurso en el que habla de «violencia legítima». En la vanguardia de los violentos reaparecen los ‘black blocs’ con una táctica de manifestación donde los participantes llevan ropa negra para evitar ser identificados.
Estos grupos están compuestos, mayoritariamente, por militantes de extrema izquierda, herederos de la ecología radical europea de los años setenta que alcanzó protagonismo en el movimiento antiglobalización hacia el año 2000, durante las cumbres de Génova o Porto Alegre. Posteriormente se integraron en movimientos sociales de contornos confusos anti-capitalistas que luchan tanto contra Mercosur como en favor de la causa palestina. La identificación del capitalismo con la democracia y con la propiedad privada justifica para estas bandas el ataque a los supermercados, los ayuntamientos y sus alcaldes, las tiendas Louis Vuitton o la pequeña boutique de una autónoma en la rue Voltaire. En el fondo, subsiste la idea de provocar un caos general que permita el surgimiento de un ‘nuevo orden’.
Para algunos analistas hay un fondo de nihilismo, más que de socialismo y, como derivada más alarmante, el desaprendizaje de la democracia que permite la infiltración e instrumentalización de fuerzas de izquierda para utilizarlos a su favor. Con las elecciones presidenciales a la vista, el movimiento desestabilizador que conmociona a la sociedad francesa no se puede desligar de los intereses de Mélenchon de captar una parte del voto juvenil que le permita pasar a la segunda vuelta y competir con la extrema derecha de Marine Le Pen.
Pero como el ‘mal francés’ es muy contagioso, en España estamos asistiendo a brotes en Barcelona, la Puerta del Sol, A Coruña, Avilés o Pamplona, en plena campaña electoral. Quizás alguien trata de ayudar a Vox con la máxima polarización social, para que siga drenando votos al PP, lo que permitiría, en última instancia, que el PSOE ganara las elecciones y, como dijo Sánchez, gobernar España de una u otra forma.