El Mcguffin nacionalista

JUAN MANUEL DE PRADA, ABC 12/01/13

Entre los muchos McGuffins que abarrotan la vida política ninguno tan gigantesco como el del independentismo catalán.

Alfred Hitckcock llamó «McGuffin» a ese elemento de la trama —a la postre irrelevante— que aparece siempre en sus películas, captando la atención del espectador y manteniéndolo prendido a la intriga. A Hitchcock le interesaba sobre todo construir artefactos visuales y experimentar con las formas cinematográficas; pero entendía que al espectador —que, a fin de cuentas, es el que se deja su dinero en taquilla— había que ofrecerle un cebo que le ayudase a morder el anzuelo. «En las historias de truhanes, el McGuffin siempre es un collar de perlas; y en las historias de espías, siempre es un documento», ilustraba Hitchcock socarronamente. Y así, mientras le tendía a sus espectadores el cebo del McGuffin, podía dedicarse a lo que verdaderamente le interesaba, que era perseguir rubias (con la cámara, al menos); y, una vez que el McGuffin había desempeñado su cometido, Hitchcock se desprendía de él como las culebras se desprenden de su camisa vieja. Así hizo, por ejemplo, en Psicosis con la historia de la prófuga Janet Leigh.

La política, como el cine, también tiene sus «McGuffins». El político taimado lanza a sus adeptos —que, a fin de cuentas, son los que dejan su voto en la urna— un cebo bien compuesto y aliñado; y, mientras sus adeptos se entretienen mordisqueándolo, como gozquecillos en disputa de un hueso, el político taimado puede dedicarse a lo que verdaderamente le interesa, que antaño —cuando aún nos manejábamos con pesetas— era perseguir «rubias» y hogaño es abrir una cuenta en Suiza. Sólo que, a diferencia de Hitchcock, que tenía talento suficiente para que sus películas siguieran funcionando aun cuando el McGuffin había probado su irrelevancia, los políticos taimados necesitan engordar su McGuffin particular, que si repentinamente delatase su falsedad los dejaría con el culo al aire.

Entre los muchos McGuffins que abarrotan la vida política española ninguno tan gigantesco —y adictivo— como el del independentismo catalán, que según vamos comprobando ha servido para mantener entretenida a la parroquia nacionalista, mientras sus gerifaltes se lo llevaban crudo. Cuando se habla de corrupción en las tertulietas, siempre aparece un tonto útil que advierte que «conductas aisladas» no pueden servir como coartada para «demonizar a la clase política»; pero lo cierto es que, en la mayoría de las corruptelas que se destapan, no nos encontramos con «conductas aisladas», sino con redes organizadas al cobijo de los partidos: redes que no habrían podido montarse ni coordinarse sin las estructuras clientelares generadas por los partidos, redes que no habrían podido ocultarse sin la connivencia de tales estructuras, redes en fin que son la esencia misma de los partidos, actuando como aglutinante y sostén de los mismos. Es verdad que toda forma de organización política genera, inevitablemente, corrupción; pero no es menos cierto que, en determinadas formas de organización política, la corrupción es verdadera savia nutriente e inspiradora.

JUAN MANUEL DE PRADA, ABC 12/01/13

 

La gangrena de la corrupción, que infecta la estructura misma de los partidos políticos, alcanza en Cataluña dimensiones paroxísticas, no tanto por la cuantía de sus latrocinios o la involucración de apellidos ilustres, sino por la magnitud del McGuffin independentista. Un McGuffin quimérico, desquiciado, absurdo si se quiere; pero en cualquier caso un McGuffin extraordinariamente eficaz, que ha permitido a los corruptos enviscar a un pueblo, mientras se lo llevaban crudo. Hitchcock no lo habría hecho mejor.