Jesús Cacho-Vozpópuli
- La empresa de Betancourt se encargará de explotar 17 yacimientos petrolíferos que contienen una quinta parte de las reservas totales de Venezuela
En el verano de 2010, la infraestructura eléctrica venezolana entró en paro cardíaco. Con la popularidad de Hugo Chávez bajo mínimos, los venezolanos tuvieron que echar mano de las velas por culpa de una serie de apagones masivos que colocaron al país al borde del colapso, con hospitales y transporte como primeros afectados. Entre la espada y la pared, el chavismo se vio obligado a echarse en brazos de quien, en el castigado sector privado, pudiera aportar alguna solución capaz de paliar la incuria oficial. Fue la oportunidad que estaban esperando dos “bolichicos” (jóvenes de clase alta, bien educados y conectados con el poder): Leopoldo Alejandro Betancourt López tenía entonces 29 años, y su primo, Pedro Trebbau, apenas 26. En el caos energético venezolano ambos decidieron montar Derwick Associates, su propia compañía de electricidad. Ninguno de ellos tenía la menor experiencia en el sector energético, lo que no fue obstáculo para que Derwick experimentara un crecimiento espectacular. De acuerdo con la web venezolana El Pitazo y la organización no gubernamental norteamericana Organized Crime and Corruption Reporting Project (OCCRP), en solo 14 meses la sociedad de Betancourt y Trebbau obtuvo contratos con empresas públicas, adjudicados sin transparencia ni concurrencia, por importe superior a los 5.000 millones de dólares, incluyendo la construcción de 11 nuevas plantas eléctricas. Con una particularidad: la financiación la adelantó el chavismo, de manera que Derwick no necesitó fondos propios ni apalancamiento bancario para comprar los equipos y emprender la construcción de las plantas.
Es el origen de la gran fortuna (que algunas fuentes estiman entre los 8.000 y los 10.000 millones de dólares), de Alejandro Betancourt, un hombre muy conocido en España, un tipo de buena planta, inteligente, atractivo, que es el segundo accionista (22%) -tras Alberto Cortina– del Afrika Financial Group (Grupo Afrika), el negocio bancario en Senegal y Costa de Marfil de los primos Alberto Cortina y Alberto Alcocer, con Alfredo Sáenz como CEO y consejeros del tipo Jaime García-Legaz o el ex ministro francés de Exteriores Bernard Kouchner; es dueño del castillo de El Alamín, en el término municipal de La Torre de Estebán Hambrán (Toledo), a 30 minutos del centro de Madrid, un fincón (2.000 Has) levantado por el marqués de Comillas y del que fue anterior propietario Díaz Ferrán, ex presidente de CEOE, y uno de esos “casoplones” campestres que provocan suspiros entre la nobleza madrileña del dinero; dueño también de un pisazo (lo que los venezolanos ricos llaman “un apartamentito”) en plena Plaza de la Independencia de la capital, y de negocios varios como la compañía de gafas Hawkers o Jobandtalent. Un tipo con amistades muy importantes en nuestro país, desde políticas a judiciales, y con estrechos lazos con figuras del periodismo madrileño, a algunos de los cuales sigue financiando. Betancourt, en julio de 2012 contrajo matrimonio en Madrid con Andreina Rojas, ha saltado estos días al estrellato mundial al haber sido nominado por Donald Trump como su socio preferente para el desarrollo del negocio petrolero venezolano (en realidad, el robo de los recursos naturales de Caracas en la peor tradición del colonialismo rapiña). Con causas penales abiertas en España y en Suiza, sin poder salir de Gran Bretaña hasta hace unos meses, Betancourt ha pasado de repente a verse protegido por el Gobierno de Washington. La cobertura soñada, la armadura perfecta. La sociedad con Trump para el negocio petrolero podría convertir a Betancourt, 46 años, en el nuevo hombre más rico del mundo.
Algunas fuentes sostienen que Derwick se limitó a comprar plantas de generación de segunda mano, que en algunos casos ni siquiera llegaron a entrar en funcionamiento, no obstante lo cual y por otros motivos, el Gobierno Chávez logró momentáneamente solventar la crisis, sin llegar nunca a terminar con esos apagones recurrentes que ahora mismo siguen soportando los venezolanos. Una cosa estaba clara: para entonces los “bolichicos” de Derwick ya eran extraordinariamente ricos. La operación de las centrales térmicas les habían dejado unas plusvalías superiores a los 3.000 millones de dólares. Es entonces cuando el glamuroso Alejandro aterriza en Madrid dispuesto a diversificar su fortuna, y donde en 2012 compra El Alamín, lugar de residencia habitual de su madre, Lilia Cristina López y de su hermanastro, y donde en 2016 invierte 50 millones de euros en Hawkers, una empresita española de gafas de sol baratas que llegó a ser relacionada con Lionel Messi, compra que, según algunos, no pasó de ser una operación típica de lavado de dinero. En 2013, el ex embajador de Estados Unidos en Caracas, Otto Reich, demandó a Betancourt y a sus socios, Trebbau y Francisco Convit, alegando que Derwick habría pagado jugosos sobornos a los gerifaltes chavistas para hacerse con los contratos públicos. Fue el origen de sus problemas con la Justicia en Estados Unidos. Luego vendrían sus problemas con la española, la andorrana y la suiza. Betancourt siempre ha desmentido estas acusaciones, asegurando, incluso ante la fiscalía venezolana, que Derwick invirtió fondos propios en la operativa de las plantas eléctricas y financió los proyectos. La demanda de Reich fue finalmente desestimada en Estados Unidos.
Los 16 años que van de 2010 a 2026 han sido para Alejandro Betancourt una especie de frenético tobogán plagado de sobresaltos, emociones extremas y riesgos salvados a última hora por quien, cuando ya todo parece perdido, sabe colocarse al lado del vencedor de crisis capaces de hacer encallar al más experto piloto marino. Amigo de Maduro, después enemigo de Maduro, finalmente íntimo de la “presidenta interina” Delcy Rodríguez, la vida de Alejandro cambia de aires y países según su tormentosa relación con los amos de Caracas le fuerza al exilio, y así fluctúan también su fortuna y sus negocios. Entre 2011 y 2013, mientras los apagones continuaban en Venezuela y la crisis económica se agudizaba, en las cuentas del banco suizo Compagnie Bancaire Helvétique (CBH) se fueron acumulando importantes sumas de dinero en favor de sus socios y del propio Betancourt. El Gobierno Chávez, en agradecimiento a los chicos de Derwick por su ayuda en la crisis energética, les otorgó -se supone que con el intercambio de las correspondientes comisiones- la explotación de un yacimiento en la cuenca del Orinoco que producía más de 100.000 barriles al día, un crudo que, a los precios de 2012, equivalía a unos 3.000 millones de dólares al año, regalo que oficializó Rafael Ramírez, presidente de la petrolera estatal PDVSA, además de ministro del petróleo hasta 2013, y más tarde embajador de Venezuela en la ONU. Fue el debut de Alejandro como nuevo tycoon petrolero, condición que tomó cuerpo con el nacimiento de Derwick Oil and Gas Corporation, con sede en Barbados, en la que Betancourt, Trebbau y Convit figuran como administradores. Según la documentación que obra en poder del CBH, Derwick Oil and Gas se asocia entonces con Gazprombank, el gigante ruso de petróleo y gas, además de bancario, para crear Gazprombank Latin America Ventures (Gazprombank LAV), que a su vez se une a la Corporación Venezolana del Petróleo, filial de PDVSA, para fundar Petrozamora, cuyo objetivo será la explotación de varios campos petrolíferos en el estado de Zulia.
La Asamblea Nacional (AN) aprueba en 2012 la creación de Petrozamora y le otorga un contrato de 25 años para explorar y extraer crudo de esos pozos. Es precisamente en ese año cuando empiezan a aparecer las primeras acusaciones de corrupción contra Derwick por las plantas eléctricas y su sobreprecio. En abril de 2015, la misma AN otorgó cuatro nuevos campos a Petrozamora, a pesar de que la ejecutoria de Derwick ya se había convertido en un escándalo en el país. Pero Betancourt, que ya es un hombre muy rico, quiere también jugar a la política y se convierte en uno de los financiadores del líder opositor Juan Guaidó, y llega un momento en que tiene que salir por pies de Caracas. Aterriza en Madrid con el riñón bien cubierto por su fortuna en el exterior, dispuesto a asombrar a tirios y a troyanos. “Yo fui invitada a un almuerzo en El Alamín con otras cinco señoras”, cuenta una marquesa española, “y detrás de cada una había una muchacha a pie firme con su delantal, sus guantes y su cofia de un blanco impoluto pendiente de nosotras. No había visto cosa igual en mi vida”. Amigos suyos en la capital española sacan la cara por él: “Pues es un tipo muy normal que no va en absoluto de rico. Será un golfo, como dicen, pero para mí es un demócrata que no tiene nada que ver con el chavismo”. El propio Alejandro se defendía por estos pagos con una frase lapidaria: “¡Pero cómo voy a ser un ‘bolichico’ si Maduro me quiere matar!”. Y un hombre muy generoso con sus amigos: “Llegas a Heathrow y te pone su helicóptero a tu disposición para llevarte a su casa en Chelsea o para ir a Liverpool a ver un partido de fútbol. Lo que quieras”. Casoplón en la mejor zona de Londres, otra en las afueras de los Cotswolds, y pent-house de 11,5 millones de dólares en Nueva York.
Los problemas legales empiezan a acuciarle en España y saltan después a Suiza. En nuestro país está formalmente acusado por blanqueo y delito contra la Hacienda Pública. Anticorrupción presentó querella contra él en junio de 2025, y la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional reabrió el caso este junio tras el archivo del juez Pedraz. Pero todas sus cuitas judiciales o buena parte de ellas, desde luego las que más le preocupaban, se han evaporado milagrosamente en los últimos meses gracias a la intervención de Washington. En efecto, y de acuerdo con el Washington Post, a partir de enero altos funcionarios de la administración yanqui -entre ellos el subsecretario de Estado Christopher Landau, la ex fiscal general Pam Bondi y su adjunto entonces Todd Blanche— han presionado a las autoridades judiciales suizas para que levantaran la solicitud de extradición contra Betancourt presentada en Gran Bretaña, cuyas autoridades le habían retirado sus dos pasaportes (italiano y venezolano) obligándole a vivir en sus dos palacetes del Reino Unido. En mayo pasado, Suiza accedió a la petición norteamericana y desde entonces el bolichico se mueve en avión privado con total libertad entre Washington, Caracas y Londres. Ayer mismo permanecía en la capital venezolana, aunque este lunes proyecta desplazarse de nuevo a la británica.
Para entonces una nueva jugada del destino le había vuelto a abrir las puertas de Venezuela. En 2023, otro escándalo de corrupción rompió el círculo íntimo de Maduro provocando la caída del ministro de Petróleo, Tareck El Aissami, responsable de haber provocado su expulsión de Petrozamora. La purga allanó su camino de vuelta de la mano de la misteriosa Delcy Rodríguez, que logró convencer a Maduro de que, con los apagones diarios y la miseria hecha carne en el país más rico del mundo, no había más remedio que “perdonar” a Alejandro y dejarle volver para que arrimara el hombro. Y Maduro le perdona y le devuelve sus activos petroleros, a condición de que se olvide de sus veleidades opositoras. Y naturalmente Alejandro se olvida de Guaidó. Y en el universo del ricachón caraqueño aparece Donald Trump y sus designios para Venezuela. Betancourt ha tonteado con los rusos de Gazprom en busca de la protección de Moscú, pero de repente descubre que sería mucho mejor, dónde va a parar, contar con la protección del amo de Washington. Un trueque que no admite discusión. El hijo de Lilia Cristina López ha logrado contactar con el capo americano a través de Rudy Giuliani, ex alcalde de Nueva York y abogado personal de Trump, a quien el ricohome de Caracas había fichado también como abogado en 2019 para resolver sus problemas legales en Norteamérica. Y Giuliani enfatiza ante la Administración Trump la condición de su defendido como financiador de Guaidó, y lo mete hasta la cocina de la Casa Blanca. Y Alejandro se dedica a viajar con regularidad en avión privado a Mar-a-Lago, la residencia en Florida del amo del universo. Y ya nadie puede dudar a estas alturas de que este venezolano es un tipo muy listo.
Y, de repente, el 3 de enero de 2026. Las fuerzas especiales norteamericanas asaltan de madrugada el palacio de Miraflores y capturan al dictador Maduro. Y Delcy, aterrorizada, se refugia en un despacho y se niega a recibir a nadie (“¡yo no hablo con asesinos; yo no hablo con asesinos!”). Y en medio del pánico, es Betancourt quien la tranquiliza y convence para que lo haga con el secretario de Estado Marco Rubio, porque parece que tito Donald tiene grandes planes para ella en el inmediato futuro. Y en efecto, la presidenta interina se entera pronto de que el bolichico va a jugar un papel clave en la reactivación de la industria (el “negocio”, para Trump) petrolera venezolana. Y el verbo se hizo realidad el pasado sábado 29 de agosto. Según exclusiva del WSJ, el gobierno norteamericano adquirirá una participación del 35% en North American Blue Energy Partners (NABEP), la rebautizada empresa del gran Betancourt, que se encargará de explotar 17 yacimientos petrolíferos que, se estima, contienen 65.000 millones de barriles -aproximadamente una quinta parte de las reservas totales de Venezuela-. De acuerdo con la información del diario, será el Pentágono, a través de su Oficina de Activos Estratégicos, el titular de esa participación accionarial en NABEP, aunque entre las facultades de dicha oficina no figura la adquisición de acciones. Es uno de los cabos sueltos de un acuerdo al que han dado la espalda las grandes multinacionales del petróleo USA, muy escarmentadas en el pasado tras haber invertido grandes sumas en países sin seguridad jurídica alguna. Ningún problema para Donald, la rapiña hecha carne, que se ha echado en brazos de los bolichicos para llevar adelante un negocio de rancio sabor al peor colonialismo clásico.
Leopoldo Alejandro Betancourt López, que ya es una gran fortuna, podría convertirse a corto plazo en uno de los hombres más ricos del mundo, si no el que más, moderno émulo de los oligarcas rusos que se hicieron multimillonarios -los Abramóvich, Jodorkovski, Alekpérov y demás- adquiriendo, Boris Yeltsin mediante, los monopolios estatales a la caída de la Unión Soviética. Pero Alejandro tendrá que andarse con cuidado: Alex Saab fue también un niño mimado por la Administración americana y hoy está en la cárcel. Todo podría quedar, sin embargo, en una más de las fanfarrias anunciadas a bombo y platillo por el indescriptible personaje que hoy reina en Washington, autor de ataques devastadores que no se producen, victorias que en realidad son derrotas y grandes proyectos que se diluyen en la nube. Pierde Venezuela y el pueblo venezolano, como ha perdido el pueblo iraní por culpa de este atrabiliario personaje, y como probablemente perderá también el pueblo de Cuba, olvidado en mitad de la nada. Ningún Parlamento democráticamente elegido en Caracas podrá nunca validar un acuerdo como el anunciado, en realidad un robo descarado de los recursos naturales de un país independiente. Pero la democracia en Venezuela tendrá que esperar. ¿Qué interés podría tener el autócrata de Washington a partir de ahora en sacar del palacio de Miraflores a su sirvienta Delcy? Malos tiempos para la lírica. Prima el negocio descarado. Y descarnado.