Hughes-ABC

  • De estas negociaciones saldrán dos cosas: la destrucción de lo que funciona con nuevos desamparos y desigualdades y la cesión de potenciales ‘estructuras de Estado’

La insistencia en sostener que en España hay un odio significativo contra mujeres, gais y negros no responde solo al interés actual por desarrollar identidades y separatismos rentables políticamente, también pretende estigmatizar a la única voz discordante del Parlamento y, sobre todo, ocultar la única realidad de odio conocida en España, que es el odio a España y al español. No a la lengua española, que también (el 78 es un régimen contra el español), sino un odio contra el hombre y mujer españoles, contra sus derechos, contra España y su realidad política e histórica.

Huelga recordar las matanzas de ETA, el asesinato y persecución política del español por serlo, pero es necesario señalar que existe una hispanofobia, bien estudiada desde la Leyenda Negra, con manifestación interna en las regiones con partidos nacionalistas. Los discursos de xenofobia y desprecio a lo español han sido fundacionales en el nacionalismo y nunca han dejado de aparecer.

Una de las funciones de ETA fue delimitar lo español aborrecible, exterminable (y es grotesco que se pretenda, con un velo oficial, dejar de hablar de los efectos expansivos de esa violencia). En el régimen de Pujol hubo también una construcción del otro, con importante participación de la televisión. Ese otro ha ido mutando, adquiriendo formas ‘sutiles’. Con La Manada, por ejemplo, vimos que es el español el que viola: el meridional, guardia civil… Durante el golpe de 2017 se difundió internacionalmente la idea del español violento, asociado a las Fuerzas de Seguridad, incapaz ancestralmente de entender la democracia que se quintaesenciaba en el referéndum. El español atroz frente al catalán dialogante. La cantidad de violencia conceptual y odio vertido esos días no se ha analizado.

Pero cambia, adopta formas nuevas. El desprecio se ha encarnado últimamente en el Madrid de Ayuso como una región extractiva, insolidaria personal y territorialmente, y además vírica, difusora del contagio.

La retórica de supremacismo se institucionalizó y tuvo una manifestación apoteósica en la DUI, dirigida contra los derechos de los catalanes no nacionalistas y del resto de españoles. Esa amenaza sostenida, que se mantiene, ni ha sido reparada ni conjurada. Peor que el indulto es la voluntad de establecer una normalidad institucional, desfigurada además por escenificaciones de bilateralidad. De estas negociaciones, que añaden estivalidad a la alevosía, saldrán dos cosas: la destrucción de lo que funciona (MIR) con nuevos desamparos y desigualdades (ni la Constitución ni las sentencias se cumplen) y la ampliación o cesión de potenciales ‘estructuras de Estado’. Es un antecedente del régimen ‘multinivel’ en ciernes, cristalización de la desigualdad del español. De la fobia, aquí sí real, y del odio continuado que da lugar a este desnivel no se hablará.