Ignacio Camacho-ABC

  • La confrontación entre dos frentes de facto devuelve el horizonte político español a un modelo fracasado hace noventa años

Cerrado el pacto andaluz queda definitivamente dibujado el marco electoral del próximo año. La renuncia del PP no ya a formar sino a aspirar a un Gobierno en solitario, explicitada por Feijóo, convierte las generales en una confrontación frentista entre dos coaliciones de facto, aunque sus miembros se presenten por separado. La obra maestra de Sánchez, la desaparición del espacio de centro, ha recibido el último toque de manos del bando contrario: el muro que simboliza la ruptura de la convivencia llegará a las urnas intacto ante la resignación de la derecha moderada sobre la utilidad de cualquier esfuerzo para derribarlo. Incluso Aznar, el referente liberal-conservador más refractario a Vox, ha acabado torciendo el brazo al proclamar la necesidad de una ‘mayoría nacional’ capaz de frenar la deriva de desinstitucionalización de Estado. El panorama político español regresa así al paradigma republicano que los constituyentes trataron de aventar por considerarlo una segura garantía de fracaso.

La derrota moral de Juanma Moreno deja en manos de Ayuso y Rueda la resistencia del Partido Popular a compartir su proyecto de alternativa. (La Rioja cuenta poco en este contexto por sus dimensiones exiguas). Pero el resultado de Madrid puede perder relevancia si el presidente disuelve antes la legislatura como sus dirigentes territoriales solicitan por temor a pagar en sus carnes la factura de la manifiesta descomposición sanchista. En todo caso, el jefe de la oposición ha asumido ya el cuadro de situación y ha optado por abdicar de su vocación de autonomía; impotente para contener la crecida ultra, parece conformarse con defender los escaños actuales y esperar que el socio potencial complete su falta de masa crítica. Tendrá problemas hasta para mantener la facturación de 2023: sus votantes potenciales ya saben que da igual la papeleta que elijan y buena parte de ellos, los que desconfían de su convicción reformista, se decantará por la más radical para que Abascal le tire de la brida.

El último error, por ahora, de Feijóo ha sido el de secundar a Vox en la denuncia preventiva de un pucherazo con la llamada ‘ley de nietos’. No porque Pedro no lo vaya a intentar –hay precedentes contra sus propios compañeros– aunque resulte muy dudoso que pueda surtir efecto, sino porque cuando las encuestas pronostican una arrasadora mayoría agregada lo último que le conviene es dar ante la opinión pública una sensación de miedo. Ese temblor de piernas no se lo puede permitir un candidato al que hasta sus adversarios ven como inevitable jefe del Gobierno, primero por la mencionada impresión de desasosiego y luego porque refleja una actitud subsidiaria de seguidismo estratégico. A estas alturas, de todos modos, quizá ya sea lo de menos; la cuestión de fondo consiste en que el apocamiento de la primera fuerza política del país la condena a un rol casi subalterno justo en el decisivo momento en que más necesario sería un liderazgo capaz de sacar a la sociedad de este rumbo de desencuentro.