Ignacio Camacho-ABC
- La Semana Santa es la llamada melancólica del destino sonando en la memoria como la evocación de un lejano edén perdido
Más allá de la creencia y de la devoción; más allá de las tradiciones folklóricas, sociológicas o culturales; más allá de la explosión sensorial de la primavera; más allá del despliegue artístico de unas imágenes de excepcional belleza plástica; más allá incluso del profundo sustrato religioso que estructura el paisaje moral de España en torno a la herencia cristiana, la clave del arraigo popular de la Semana Santa reside en su anclaje en lo más hondo de la infancia. El factor que reúne a tantos cientos de miles o millones de ciudadanos en una liturgia comunitaria arranca de la experiencia de la niñez, del momento liminar en que las manos paternas los condujeron por un laberinto de calles atestadas en busca de un misterio expresivo que a esa edad adquiere resonancias mágicas. De una manera consciente o inconsciente, la celebración genera un viaje interior impregnado de nostalgia, un recorrido afectivo al reencuentro de una vivencia guardada a salvo del desgaste del tiempo y de la distancia.
En un poema de Rafael Montesinos, ‘Madrugada de Dios’, el balanceo del incensario de una cofradía se transforma en el péndulo de plata de un reloj cuyo latido golpea el corazón del poeta con un escalofrío de sentimientos extraviados y un estrépito íntimo de ayeres perdidos: los vínculos destruidos, la inexorable desaparición de los amigos, el recuerdo de la ciudad caminada y aprendida con los ojos de un niño. La llamada melancólica del destino sonando en la memoria como la lejana, inasible evocación de un paraíso, el edén cernudiano de la inocencia ante el que la crudeza de la madurez se antoja una especie de exilio. Es ahí, en ese regreso a la verdadera patria emocional, en ese recorrido retrospectivo, donde todo el complejo relato de símbolos de las procesiones adquiere sentido porque representa a su vez el fundamento de un rito que también se ha ido, como la vida adulta, reconfigurando a sí mismo para rencontrarse cada año con su origen prístino en el eterno retorno del ciclo festivo.
Claro que la ciudad de hoy ya no es la misma en que sentimos por vez primera el escalofrío de una sugestión secreta. Que ahora hay escenarios donde la percibimos ajena, momentos en que cuesta seguir el rastro de las propias huellas y las viejas señas de identidad parecen evaporarse en la frustrante atmósfera de una desolación de la quimera. En eso consiste esto de vivir: en acostumbrarse a la pérdida, en entender la condición transitoria de la existencia, en aceptar los cambios generados por la inercia de las generaciones nuevas. Pero también en encontrar el modo de volver al fondo de las certezas que permanecen intactas en los pliegues del alma como notas calladas a la espera de la becqueriana mano de nieve que sepa tocar las cuerdas de su esencia. Y cada uno lo hace a su manera, a través de la fe, de la tradición, de la remembranza o simplemente de la contemplación estética. Ese rencuentro es el que convierte la Semana Santa en la arquitectura simbólica de un estado de conciencia.