Iñaki Ezkerra-El Correo

«Hay una cuestión política en poner la voz de un perro en una novela». La frase se inscribe en unas declaraciones del escritor chileno Javier Rodríguez con motivo de ‘Huracán’, su última novela, que tiene como protagonista y narrador a ratos a un galgo que se llama exactamente como el título del libro.

Huracán no es una novedad en la tradición narrativa. De hecho, el propio Javier Rodríguez apelaba en esa entrevista a un gran antecedente como Flush, el cocker spaniel que protagoniza la novela de Virginia Woolf que lleva ese nombre de título y que publicó en 1933. Antes que ese caso de ventriloquia narrativa, ya hubo otros que se acercaron a él, si no transmitiéndonos palabras caninas, sí haciéndonos conocer los sentimientos de esos animalitos. Para entonces, Jack London ya había publicado en ‘Colmillo Blanco’ las andanzas de un perro lobo por el Canadá del sigo XIX o las de otro can doméstico que, en ‘La llamada de lo salvaje’, debía buscarse la vida por los fríos bosques de Alaska. Y dicho sea todo esto sin olvidar a Luis Sepúlveda, difunto compatriota de Rodríguez, que publicó en 2016 ‘Historia de un perro llamado Leal’, una novela que cuenta la historia de un pastor alemán que fue rescatado en la nieve por un jaguar y que acabó en un poblado mapuche haciéndose amigo inseparable de un niño indio.

Todo esta larga lista de ejemplos contraría en principio la convicción que mostró explícitamente Ernesto Sabato de que la verdadera novela no puede tener como protagonista a un animal porque su objetivo es la indagación en la condición humana. Lo dice en uno de los ensayos de ‘El escritor y sus fantasmas’. En 1963, que es cuando se publicó ese libro, Sabato estaba lejos de recoger el guante de la posmodernidad y no contaba con un fenómeno de ésta: la humanización del animal, que, en efecto, conllevaría –como quizá intuye Javier Rodríguez– su politización inevitable. Pero en la medida en que politizamos a los animales nos animalizamos nosotros. Esto ya lo debía saber Aristóteles cuando afirmaba que «el hombre es un animal político». No deja de ser curioso, como paradójico, que, cuando el filósofo afirma nuestra condición política, reafirme antes nuestra condición animal.