Miquel Escudero-El Correo

Una identidad expresada con severidad y a machamartillo no solo anuncia cerrazón, presagia discordia. Si además proclama como inseparables lo religioso y lo nacional, garantiza conflictos y quebrantos por doquier. Hay innumerables ejemplos.

Hasta hace dos días, ser católico y británico suponía ser ciudadano inferior en Gran Bretaña; el rey de Inglaterra sigue siendo el jefe de la Iglesia anglicana y no puede, por tanto, ser de otra religión. En Irlanda del Norte, protestantes y católicos se odiaban y mataban hasta hace muy poco; de todo queda algo más que rescoldos en la rueda del tiempo, el odio retrospectivo siempre se cuela. En España, una larga dictadura -impregnada hasta el tuétano de nacionalcatolicismo- nos ha dejado profundas marcas; aunque nadie lo menciona, hay países donde domina el nacionalmusulmanismo. En esas condiciones, se esparce intolerancia y crueldad a granel. La estupidez genera víctimas que nunca deberían serlo en un entorno civilizado.

En un libro excepcional, ‘De la democracia en Hispanoamérica’, Santiago Muñoz Machado afirma que el siglo XXI está llamado a ser el siglo del particularismo y la heterogeneidad, «implantados en un marco de leyes generales y convenciones globales». Como convivir es un valor fundamental, debemos ir hacia sociedades interculturales; lo que es distinto de multiculturales, sinónimo de guetos establecidos que ‘obligan’ a la gente a manifestarse con uniforme, según su procedencia.

En los campos de fútbol, grupos de asistentes anónimos producen vergüenza ajena: abuchean himnos, insultan y acosan a ‘los otros’. Son explosiones del gusto malsano de saberse rebaño y jauría a la vez.