- Con la historia del palacete de París, por mucho que pasen los años y por mucho que el Gobierno se lo haya dado graciosamente al PNV, pasa lo mismo que con el origen del partido: no hay forma de que la mentira se convierta en verdad.
Hay un gran tema a la hora de discernir el origen de las tradiciones.
Se da por hecho que una tradición no debería tener un origen claro y contrastado, sino más bien sumido en la bruma y en la imprecisión.
Un origen sometido a un relato que se retroalimenta continuamente, incorporando detalles nuevos acordes con los tiempos y prescindiendo de otros que resultan molestos o perturbadores, en función de cada nueva coyuntura histórica.
El PNV es un partido político que querría verse incluido en ese apartado, en el de las tradiciones que se renuevan cada cierto tiempo para adaptarse a cada nueva coyuntura histórica.
Pero para su desgracia eso no es posible. Porque es tan relativamente tardía su aparición que contamos con todos los elementos para desmontar el tinglado tradicionalista en que se quiere sustentar.
Ya sabemos que su origen está basado en una mentira, aquello de que Luis le descubrió a su hermano Sabino Arana la nueva patria en 1882.
Porque ninguno de los dos era todavía nacionalista vasco, sino que ambos eran integristas españoles. Integristas por tradicionalistas, por carlistas, que habían empezado a creer que el rey Carlos VII se estaba haciendo liberal, y dejaron de necesitar al rey.
A partir de ahí vino todo lo demás.
Y si la tradición del origen del Partido Nacionalista Vasco está basada en una mentira, así no hay forma de que cada vez que se celebra el aniversario de su fundación (el próximo 31 de julio, día de San Ignacio) se refuerce su legitimidad y su historia.
Una historia así, por mucho que pasen los años, no se va a legitimar ni reforzar más. Seguirá siendo la historia de una mentira.
Lo mismo pasa con el asunto del palacete de París y de los dos edificios para refugiados en Francia que el PNV se emperró en decir que eran suyos desde 1951, cuando el Gobierno Vasco fue desalojado del edificio de la Avenida Marceau 11 de París.
Decía que eran suyos porque ambos fueron comprados por una sociedad llamada Finances et Entreprises, que según ellos pertenecía al PNV. Pero sabemos documentalmente que había sido fundada por el Gobierno Vasco, dependiente del Estado español republicano y gestionada por gente a sueldo del Gobierno Vasco.
Con esta historia, por mucho que pasen los años y por mucho que el Gobierno de Pedro Sánchez se la haya dado graciosamente al PNV, pasa lo mismo que con el origen del partido. No hay forma de que la mentira se convierta en verdad.
El paso del tiempo no está para eso. Al menos, no con partidos políticos que sabemos cuándo y cómo fueron fundados. Ni con edificios que sabemos cuándo, cómo y por quién fueron comprados.
La tradición sirve para legitimar otras instituciones y otras costumbres, pero no estas.
Ahora hemos sabido, gracias a las gestiones de la Fundación Impulso y Cooperación, qué pasó con los expedientes del palacete y de los dos edificios para refugiados en Francia que se empezaron a tramitar por el Ministerio de Hacienda.
Y que acabaron en el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, que fue el que dio soporte pretendidamente legal al Gobierno para conceder el palacete al PNV y compensar económicamente a este partido por los dos edificios.
«El PNV es un partido político que querría ser una de esas tradiciones que se renuevan cada cierto tiempo para adaptarse a cada nueva coyuntura histórica. Pero para su desgracia eso no es posible»
Los expedientes (uno por el palacete y el otro por los dos edificios) se iniciaron en el Ministerio de Hacienda en enero de 2023.
Y después de múltiples gestiones por parte de los abogados del Estado y los funcionarios de Patrimonio, en mayo de 2024 se decidió dar carpetazo al asunto porque no había forma material de demostrar que el palacete y los dos edificios fueran del PNV.
Se repetía así la historia del primer intento, allá por 1998, cuando el PNV le pidió lo mismo al Gobierno de Aznar. Y, ante la negativa de este, recurrieron al contencioso en el Tribunal Supremo, que sentenció en 2003 con que no se podía demostrar la propiedad del PNV.
En este segundo intento de 2023-2024, en cambio, tras la negativa de Patrimonio del Estado, han optado por desviar el expediente al Ministerio de Ángel Víctor Torres. Es decir, el de Política Territorial y Memoria Democrática, y esta vez se les ha dicho que sí.
¿Cómo?
Pues haciendo un informe de 14 páginas lleno de erratas, firmado por el Secretario de Estado de Memoria Democrática, y asesorado por dos profesores de la universidad vasca para más inri. Un informe lleno de errores manifiestos de tipo formal, pero sobre todo de tipo documental.
Se han manipulado documentos de archivo y se han supuesto itinerarios de dinero para los que se han tergiversado las fuentes, camuflando unas y ocultando otras, como demostraremos en su momento.
Y así le han concedido un palacete al PNV en el centro de París valorado, por lo bajo, en 15 millones de euros, pues si saliera a mercado, su valor sería mucho mayor.
Para los dos edificios de refugiados se ha recurrido a valoraciones oscuras y no argumentadas. Y mediante una orden ministerial, también del Ministerio de Torres, le han pagado al PNV casi 4 millones de euros en metálico (tres veces más de lo que se han tasado las joyas de Zapatero), cuando esos dos edificios tampoco fueron, ni por asomo, del PNV.
Lo demostraremos todo de manera cumplida en un libro de próxima aparición que se va a titular El palacete vasco de París. Una historia de codicia y corrupción, firmado por quien suscribe y por Carlos Olazabal, economista e historiador experto en la Guerra Civil.
Y a partir de aquí nos da igual lo que pueda pasar con el palacete de París, lo mismo que nos da igual lo que pueda pasar con el PNV.
Sólo pretendemos demostrar que tanto uno como el otro basan su historia en una colosal mentira.
*** Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.