Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Trump confía en que el estrangulamiento financiero de su enemigo por el bloqueo de sus exportaciones de oro líquido le haga doblar el brazo

Las hostilidades entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán llevan ya más de dos meses rugiendo y no parece que se vaya a producir un desenlace claro a corto plazo. El plan inicial diseñado por Israel con el que Netanyahu convenció a Trump para lanzarse a esta operación bélica no ha funcionado y, tras la decapitación del régimen teocrático con la liquidación de su cúpula dirigente y la destrucción de gran parte de su capacidad militar con especial atención a las instalaciones de la Guardia Revolucionaria, no sólo no se ha producido la caída de la dictadura de los ayatolás, sino que las monarquías del golfo han sido atacadas y el estrecho de Ormuz ha quedado bloqueado con una interrupción prácticamente total del intenso tráfico marítimo que navega por sus aguas. Como es lógico, esta situación ha perturbado seriamente la economía global con una subida sustancial del precio del barril de crudo, escasez de fertilizantes, nerviosismo de las bolsas y la amenaza de una sustancial inflación.

A la vista de estas dificultades, Donald Trump, con su habitual facilidad para cambiar de enfoque de un día para otro, ha propiciado un alto al fuego y un regreso a la búsqueda de una solución negociada. Esta maniobra, obviamente, ha envalentonado a la tiranía clerical iraní y ha desmoralizado a los aliados de Occidente en la región. A partir de aquí, ha comenzado un forcejeo muy peligroso entre ambas partes cuyo resultado final está sujeto a un alto grado de incertidumbre.

La alternativa ideal

Una posibilidad es que las negociaciones en curso alcancen un planteamiento aceptable para los dos contendientes, se estabilice el escenario, se normalice el paso por el estrecho de Ormuz y vuelva la paz. Esta opción no parece probable. Las diferencias entre Washington y Teherán son considerables y no se limitan a la cuestión de las armas nucleares. También incluyen el programa de misiles y drones iraní, su apoyo y financiación a las organizaciones terroristas presentes y activas en Gaza, Líbano, Yemen e Irak y la pretensión de la República Islámica de implantar un sistema de peajes para los barcos que circulen por la zona. Además, un acuerdo de este tipo, a la luz de la experiencia pasada, sería con toda seguridad incumplido por Irán y seguirían las tensiones y la desconfianza. 

Otro escenario es la prolongación del impasse actual en el que el mutuo bloqueo vaya deteriorando el funcionamiento de los mercados mundiales, surja la estanflación y el panorama se vuelva insostenible. Esta circunstancia desembocaría en la primera posibilidad descrita por agotamiento de las dos partes o en una tercera y arriesgada decisión: una escalada militar total en la que Israel y Estados Unidos utilizarían toda su tremenda fuerza sin límite hasta conseguir la rendición completa de su oponente. Sin duda, semejante alternativa sería la ideal porque conllevaría el cambio de régimen y la desaparición del problema que Irán representa desde el derrocamiento de la monarquía en 1979. 

Ahora bien, no se puede descartar sin más una cuarta y desastrosa deriva, la de que el régimen clerical, incluso sometido a una devastación abrumadora, resista y responda con el arrasamiento de las infraestructuras vitales de Emiratos, Kuwait, Bahréin, Qatar y Arabia Saudita, es decir, sus campos petrolíferos y sus plantas de potabilización de agua. Esta catástrofe causaría la ruina general y el desastre consiguiente alcanzaría niveles incalculables. 

Cabe el consuelo de esperar que la tercera posibilidad se consiga o de que la cuarta haga reaccionar a la comunidad internacional y fuerce la viabilidad de la primera. En cualquier caso, vienen tiempos duros en los que el pulso entre Estados Unidos e Irán va a determinar el futuro del orden internacional y de la economía global durante décadas. Trump confía en que el estrangulamiento financiero de su enemigo por el bloqueo de sus exportaciones de oro líquido le haga doblar el brazo y los ayatolás basan su estrategia en que el miedo a un hundimiento en las urnas del partido republicano en las elecciones de noviembre obligue a Trump a bajar velas. Todo está por tanto abierto y a Europa únicamente le queda, habida cuenta de su irrelevancia, asistir pasivamente al desarrollo de unos acontecimientos que la afectarán de pleno y sobre los cuales carece por desgracia de control.