Gorka Maneiro-Vospópuli

  • Al Gobierno le interesa dar voz a quienes defienden que Ceuta y Melilla deben ser de Marruecos

El escritor Tahar Ben Jelloun escribió hace unos días un artículo de opinión en el que defendía la marroquinidad de Ceuta y Melilla que el diario El País tuvo a bien publicárselo, en un decisión editorial que ha generado polémica, no tanto porque cada cual puede pensar, escribir y publicar lo que considere siempre que respete la legalidad vigente y haya quien le haga un hueco entre sus páginas, sino porque haya un diario español que ha querido convertirse en canal y altavoz de soflamas que perjudican a España; al fin y al cabo, ni Ben Jelloun tiene firmado un contrato con El País que sustente una colaboración periódica que obligue al diario a publicárselo ni el contenido del mismo alcanza un nivel intelectual tan elevado como para que lo hiciera merecedor y justificara su publicación como colaboración puntual. Por tanto, si no es por una razón ni por la otra, la razón será otra: que, por las causas que sean, a El País le interesaba convertirse en altavoz de las ideas que en ese artículo se plasman y, en concreto, la fundamental, aunque sea una falacia: que Ceuta y Melilla pertenecen a Marruecos.

La misión de las fronteras

El escritor franco-marroquí defiende, entre otras lindezas que evidencian sus malas intenciones, a quién sirve o su ignorancia supina, que «llegar a un acuerdo para devolver Ceuta y Melilla a Marruecos sería un gesto histórico y realista», cuando Ceuta y Melilla, por mucho que insistan, nunca pertenecieron a Marruecos, hasta el punto de que ya eran españolas antes de que Marruecos ni siquiera existiera. Que El País entregue su tribuna a quien miente o ignora los hechos de semejante forma, sólo puede tener una explicación… política. En todo caso, lo relevante ni siquiera es que Melilla sea española desde 1497 y Ceuta lo sea desde 1580 y que Marruecos naciera en 1956 (porque al fin y al cabo, son vicisitudes de la historia) sino que hoy lo son legítima y legalmente, por lo que no cabe otra cosa que defenderlas. Que se sepa, las fronteras tienen la misión que tienen: diferenciar a unos países de otros, delimitar los ámbitos de competencia y proteger los derechos de los ciudadanos; si no sirven para ello, es que no son fronteras reales sino líneas imaginarias que no sirven para nada.

Además, el osado ciudadano franco-marroquí Ben Jelloun defiende, sin ponerse colorado, que «no es normal que la frontera europea se encuentre en territorio africano», que es como poner en cuestión los más básicos principios de la democracia, la nación cívica y la creación y el surgimiento de los Estados independientes, que no nacen por razones geográficas sino por vicisitudes históricas, pactos políticos y la libre adhesión de los ciudadanos, más allá de dónde comience un río, se eleve una montaña o se encuentre una isla o un océano. Pero se ve que Tahar es sobre todo novelista, de ahí su inventiva. Por no hablar de la insensatez que supone proponer que ciudadanos residentes en una democracia pasen a ser súbditos de una dictadura, sin otra razón que saciar los deseos expansionistas de un país extranjero. Mientras, eso sí, el susodicho elige vivir en París antes que en Rabat, para poder disfrutar de todos los derechos que su país de origen niega en su territorio (al estilo de los defensores del régimen castrista o chavista, que defienden las bondades de una dictadura que no sufren mientras residen cómodamente en una democracia).

Racismo y extrema derecha

A falta de argumentos, Tahar recurre a la imaginación: según él, «la conclusión de las investigaciones españolas es que Marruecos no instigó a decenas de miles de jóvenes marroquíes a marchar hacia Ceuta para emigrar a España», cosa que no concluyen las investigaciones españolas que, más bien, apuntan lo contrario: la necesaria colaboración marroquí para que la avalancha se produjera. Debe de ser culpa del racismo y de la extrema derecha, tesis recurrente (que ya cansa) para quien no tiene argumentos más allá de la soflama y la mentira. Y, claro, todo se arreglaría si España se rinde y entrega lo que le pertenece a quien pretende robárselo.

Si, salvo excepciones que sirven para edulcorar y disimular la estrategia y, de paso, para confirmar la regla, las colaboraciones de El País y el propio periódico en su conjunto son un medio que sirve para defender los intereses del PSOE y del Gobierno de España, es lógico colegir y concluir que al PSOE y a Sánchez, en estos momentos, les interesa dar voz a quienes defienden que Ceuta y Melilla son o deben ser de Marruecos, a pesar de que no lo hayan sido nunca. Si además tienes en cuenta el radical, unilateral y vergonzoso cambio de posición que el Gobierno de España adoptó sin soporte parlamentario en cuanto al Sáhara Occidental modificando de ese modo su posición histórica (lo que a Tahar le pareció estupendo, oh, sorpresa), su sumisión política desde entonces a Marruecos y la condescendencia que en estas fechas está mostrando frente al vecino que ha provocado la invasión de Ceuta y nada menos que la violación de la integridad territorial española, uno no puede sino repetir lo que los ojos y el cerebro le dicen: que al PSOE y a Sánchez, por las razones que sean, les interesa ir extendiendo la idea de que tanto Ceuta como Melilla son o al menos fueron en algún momento marroquíes (aunque no lo hayan sido nunca), de modo que el debate se vigorice y extienda para, más adelante, quién sabe: quizás cambiar su estatus político o entregarlas a Marruecos, como peaje por lo que Marruecos quizás sabe y nosotros, de momento, no podemos confirmar con pruebas. Pero qué esperar de quien define como una «crisis desagradable» la violación territorial de un país por parte de otro o como simple «desgracia» el ahogamiento de 141 personas, cuyas muertes no tienen al parecer responsable.

Idiotas sin fronteras

En todo caso, no sé de qué nos sorprendemos: no hace falta recurrir a columnistas extranjeros que defienden contra los nuestros los intereses de su país de origen, una dictadura dirigida por el sátrapa Mohamed VI, para saber qué es lo que pretenden algunos; llevamos tiempo escuchando voces y leyendo textos de nacionales españoles defendiendo las barrabasadas cometidas por Sánchez durante sus ocho años de gobierno a pesar de todos los males objetivos que ha provocado a España. Y es que los idiotas se extienden más allá de las fronteras propias o ajenas, como ha vuelto a quedar de manifiesto.