Ignacia De Pano-Vozpópuli

  • El líder de Vox atravesó el territorio comanche y sorteó entre multitudes la temida maldición romana

Uno sabe que va llegando a Lérida, para quedarse algunos, para pasar de largo los más, cuando el desierto de los Monegros que empieza justo a la salida de Zaragoza va dejando paso al verde de los campos de regadío que se transmutan en todos los tonos del blanco o el rosa durante la floración de sus árboles frutales. Una ciudad de tamaño medio, unos 140.000 habitantes, organizada alrededor de una colina en cuya cúspide reina la vieja catedral gótica, la Seu Vella, que es de una belleza deslumbrante. Para los que atraviesan la llanura leridana camino de casa, el ángulo recto perfecto que crean en su encuentro el claustro y la torre de la Catedral funciona como un faro que en vez de avisar de las dificultades de la costa te confirma que tu viaje llega a su fin  mientras te recibe con los brazos abiertos.

Entre el Pirineo y el mar

Lérida es antiquísima. Quizás estuvo poblada desde siempre porque tenía agua, la del río Segre que la atraviesa, y porque sus campos y su huerta son muy fértiles. Sobriamente rica, con una industria agroalimentaria puntera y un comercio de una sofisticación que excedía con mucho la propia de una ciudad de su tamaño. Se añaden a estas ventajas su perfecta ubicación, a caballo entre el Pirineo y el mar y a mitad de camino entre Barcelona y Zaragoza, lo que la ha hecho beneficiarse de todas las mejoras en las comunicaciones entre las dos grandes capitales españolas. No siendo esto bastante, se ha beneficiado también de ser el centro de una zona importante de la vecina Huesca, La Franja, que siempre ha considerado a Lérida su capital natural y la ciudad a la que ir para sus compras y sus gestiones.

Pero todas esas ventajas de nada sirven si los habitantes se acostumbran a lo que es un privilegio y deciden pegarse un tiro en el pie. Lérida, como Gerona, abrazó pronto el independentismo extremo y decidió sacudirse, como quien descarta un abrigo viejo, a toda su área de influencia de la vecina Aragón. En los peores años del Procés, los insultos o las pintadas de “aquí empieza la P… España” dejaron bien claro a los habitantes de Fraga, Binéfar o Monzón donde ir a comprar los zapatos. Daba igual que Zaragoza estuviera a hora y cuarto de distancia y Lérida a escasos veinte minutos. El viaje merecía la pena. A los que te insultan o te miran por encima del hombro, ni agua.

Un gol en propia puerta

Como un golpe de justicia poética, estos mismos pueblos despreciados se beneficiaron de la inseguridad jurídica creada por el golpe de Estado frustrado del 1 de octubre del 17. Infinidad de empresas leridanas decidieron trasladar sus operaciones y sus cuentas corrientes a ese entorno seguro a veinte kilómetros de distancia.

También se perdieron las joyas artísticas que se custodiaban en el Museo de Lérida y que volvieron a sus respectivos pueblos aragoneses. No tenía sentido que una diócesis que ya no los incluía siguiera conservándolos. Por usar palabras de Puigdemont, una jugada maestra, siempre que consideremos como juzgada maestra el gol en propia puerta. Independentistas al fin  sin republiqueta, sin clientes y sin arte.

Antes que Ceuta estuvo Lérida

Esta cerrazón, que ha ido a peor, ha hecho de la ciudad para quien no la conoce un lugar hostil. Ya no llegan, como antes, habitantes de otras partes de España a enriquecer la vida local y a desarrollar su vida allí. Los que sí han llegado, hasta convertirse en una parte muy importante de la población, han sido los emigrantes del norte de África y otros países de cultura musulmana. Al principio, y hablo de muchos años, venían a trabajar en la fruta. Después, a vivir del entramado de paguitas y subvenciones que han ido creando para ellos los sucesivos gobiernos de Esquerra y PSC. Y es que antes que Ceuta estuvo Lérida, con sus burkas por la calle hace quince años. Hoy, con clanes de pakistaníes a machetazo limpio en sus plazas, la situación parece haber superado el punto de no retorno. La ciudad ya no puede asimilar una población que no tiene la menor intención de  integrarse, sino que pretende implantar sus propias costumbres, tan amenazadoras para las mujeres y las niñas leridanas.

Pues a esta plaza hostil, dominada casi a partes iguales por el separatismo y la inmigración islámica descontrolada, es donde Santiago Abascal aterrizó el pasado jueves. Bajó del tren y atravesó enterito el eje comercial más largo de Europa con tres kilómetros y medio de calles peatonales que ha pasado de ser el corazón de la ciudad a convertirse en un lugar peligroso para el paseo en cuanto oscurece y con muchos de sus locales, antes ocupados por comercios punteros, con el cartel de se vende.

Atravesar territorio comanche

Así llegó el líder de Vox hasta la plaza Ricardo Viñes, el núcleo de la parte alta de la ciudad, y solo recibió en su camino gritos de ánimo y apoyo.  Para cualquier leridano, ese trayecto a pie de Abascal por el mismo centro de la ciudad resulta casi inimaginable. Es territorio comanche, propiedad exclusiva del independentismo, zona peligrosa para cualquier español que lleve su patriotismo al aire. Y sin embargo, el líder de Vox se dio un baño de masas, de cariño y de ovaciones sin fin. Quizás porque son muchos los que estaban deseando que ese territorio perdido fuera reclamado de nuevo. Quizás porque los separatistas no son tantos como ellos creen o porque la aparición de un nuevo peligro, los recién llegados que ya son casi el veinte por ciento de la población, les han quitado las ganas de enfrentarse con sus vecinos constitucionalistas.

Lérida ocupa algunos versos del purgatorio de la Divina Comedia, y en Lérida tuvieron lugar las peores batallas de la guerra Civil entre Julio César y Pompeyo.  Tanto sufrieron ambos ejércitos en su llanura, con sus soles inclementes en verano y sus nieblas cerradas en invierno que, tras esa campaña, se acuñó un dicho que servía para que un romano pudiera maldecir y desearle lo peor a otro: “Ilerdam videas”. Que veas Lérida.

Santiago Abascal la vio el jueves y en contra de la maldición, no sufrió ningún mal. Todo lo contrario, se encontró con unos ciudadanos deseosos de sentirse arropados y hartos de encontrarse solos. A Lérida, recordada por el Dante, pisada por César y trabajada y vivida por tantas generaciones de españoles, no se la puede dejar caer. En Lérida murieron mis abuelos y en Lérida nació mi padre, el mejor español que yo haya conocido.

En el próximo viaje en tren, aunque sea de paso, y siempre que la niebla lo permita, cuando paséis por ella dejad de leer un momento y mirad por la ventanilla la silueta heroica  de la Seu Vella o la verde ribera del Segre. Porque esa ciudad aparentemente hostil y ajena, que parece que no le importa a nadie,  también es vuestra. Si no me creéis, preguntadle a Santiago Abascal.