KEPA AULESTIA-EL CORREO

La legislatura que dio inicio en noviembre de 2019 se afianza como la conjunción entre un arco parlamentario segmentado hasta el extremo, los avatares del declive temprano de la ‘nueva política’, la querencia patria por la polarización, y una versión ‘cero punto lo que resulte’ del socialismo. Vamos a tener Presupuestos Generales porque se ha dado una confluencia de necesidades partidarias insoslayables. Las de Pedro Sánchez por asegurarse la legislatura sin conceder nada a quienes podrían disputarle la siguiente. Las de Pablo Iglesias por cubrir las carencias de Unidas Podemos consagrándose como factótum de una España post-autonómica. Las de cada uno de los asociados en la investidura, por hacerse valer en Madrid en un momento en el que cotiza al alza el pragmatismo territorial. A lo que se suma el pulso que mantiene Pablo Casado, a diestro y siniestro, por reeditar la convergencia del centro-derecha español. Con el Ciudadanos de Arrimadas desconcertado, y con Vox apurando los réditos demoscópicos de su moción de censura.

Es el reino de Sánchez, que en la última semana apeló a la preeminencia de las siglas PGE, para admitir después que gobernar es un ejercicio de aprendizaje. Pero también es el reino del 91,5% de las bases de EH Bildu, que el jueves refrendaron al parecer el voto favorable de su grupo a los Presupuestos de Sánchez, para -en palabras de Otegi- «mantener abierta una ventana de oportunidad a Euskal Herria» frente a la «desdemocratización» con que amenazaría la ultraderecha. Las apreturas del momento derivan en contradicciones. Porque si hay riesgo de que la democracia se desvanezca por obra de Vox y su capacidad de arrastre, es que hay democracia. Y por tanto no sería conveniente echar abajo el ‘régimen del 78’. Urgiría apuntalarlo. Que es lo que objetivamente hace la izquierda abertzale, a falta de otra alternativa. La aprobación de los Presupuestos Generales del Estado le es necesaria a EH Bildu no para alcanzar la república independiente, sino para transitar hacia su homologación democrática como formación política.

Del reino de Sánchez forman parte los quiebros tacticistas en los que se confunden la denostada vieja política con la ya olvidada ‘nueva política’. En su mercado de oportunidades se suceden los movimientos especulativos sobre las lenguas vehiculares, la enajenación del cuartel de Loiola mediante su traslado a la otra orilla del Urumea, la armonización fiscal contra el Madrid del PP, y las querencias protagónicas de Pablo Iglesias frente a las que el presidente se ve en la obligación de hacer alarde de las suyas. Es un reino que tiende a privatizar lo público, porque nunca antes de la ‘nueva política’ los partidos se atrevieron a apropiarse de tanto de lo que no es suyo.