JORGE BUSTOS-El Mundo

 
Rajoy votó en Aravaca y no había una sola cámara esperándole. No hemos visto esa imagen. Y a nadie parece haberle importado. Esta atroz indiferencia hacia quien malversó como presidente el mayor poder territorial de la historia del PP (2011-2015) vale como metáfora del tiempo político que se abre, del cual el centroderecha parece tan excluido como lo estuvo el PSOE durante su travesía del desierto. Vuelve a cumplirse el efecto Mateo, que citaba Mostaza: al que tiene, que es Sánchez, se le dará, y al que no tiene aun lo que tiene le será arrebatado. Si la voz del pueblo es la voz de Dios, la moraleja es que Dios no perdona a quienes se dejan el poder en un bar. Los barones que mataron a Sánchez hoy imperan gracias a su censura y su manejo del calendario.

Pablo Casado heredó la ruina y en las generales quedó a la intemperie, expuesto como un nudista en un funeral. Pasó el mes temblando, implorando la misma carambola de Andalucía, donde la implantación territorial de su partido le permitió ganar perdiendo. Y los dioses de Galapagar se la han concedido. La balsámica victoria en la capital se la deberá siempre Casado a Iglesias, que lanzó a Sánchez Mato contra Carmena en la operación más narcisa y contraproducente desde que Sansón se tiró el templo encima solo por aplastar también a los filisteos. Para que el símil termine de ser exacto, el aún líder de Podemos debería cortarse la coleta. Porque fue el gran derrotado de la noche en que observó la drástica mengua de su poder. No solo pierde todas las llamadas alcaldías del cambio (las mareas pasan a denominarse las resacas): es que su más significado contradictor, Kichi, es el único que retiene el mando en plaza. Si Iglesias no consigue que Sánchez le cobije en el ministerio soñado –si era improbable antes, tras esta debacle más–, en Vistalegre III le va a tocar hacer el papel de Robespierre. El del final, no el del principio.

El PP aguanta retrocediendo y Cs crece sin avasallar. Los votantes han encauzado la ambición de Rivera hacia la cooperación con un PP menguante antes que hacia el sorpasso. Casado sacará pecho, pero solo ha ganado tiempo. Mandarán juntos en muchos municipios y algunas autonomías donde, a imagen del pacto andaluz, PP y Cs deberán conciliar la legítima competición con la lealtad del poder compartido. Rivera empezó en política nacional a la vez que Iglesias: la foto finish de sus respectivas formaciones cuatro años después zanja toda duda respecto de la destreza estratégica de cada uno. El líder liberal se centrará ahora en desplegar un tejido territorial orgánico y consolidarlo desde el cogobierno. Y ya veremos dónde está cada sigla en 2023, descontada la reagrupación a la navarra entre dos fuerzas tan parejas en el Congreso. En cuanto a Vox, su desfondamiento en tiempo récord es una mala noticia para Sánchez: ya no podrá agitar tan útil espantajo.

El nacionalismo, por último, prosigue su avance. Y cómo no. Los jóvenes tan solo cumplen con la programación mental consentida por el bipartidismo. Y los mayores carecen de incentivos para convertirse a la igualdad, pues el chantaje nacionalista nunca falla. Dicen por ahí que es capaz hasta de arrancar indultos.

Ha concluido un inaguantable ciclo electoral. Ahora déjennos tranquilos. Y gobiernen.