RAFA LATORRE-EL MUNDO

YO CONOZCO a socialistas que van a la urna como al cadalso y maldicen al partido que les ha traicionado pero que jamás dejarán de votar. Conozco también a populares irredentos, que a sus cincuenta y diez ya no van a ser disuadidos por lezos o por púnicas, ni seducidos por la novedad, esa cosa tan zafia. Lo que no conozco es a ningún votante cautivo de Ciudadanos, de esos que por mucho que los pisoteen seguirán siendo una baldosa más de lo que los sociólogos llaman, con una precisión tan poética, el suelo del partido. Ciudadanos fue desde su nacimiento un refugio de apátridas de las siglas y es natural que así fuera porque los primeros pobladores llegaron huyendo del nacionalismo cuando el nacionalismo lo anegó todo en Cataluña.

Puede que el mal de altura le haya hecho olvidar esto a Albert Rivera. El líder de Ciudadanos es un estratega desconcertante, como esos ajedrecistas que, como son capaces de anticipar decenas de movimientos, siempre juegan la partida en el futuro. Es una forma límite de política, porque cuando la cadena predictiva se rompe y falla uno, sólo uno, de la sucesión de movimientos que el virtuoso creía inevitable, todo termina en catástrofe.

El jugador se había proyectado dentro de un año y medio. Vislumbraba que un acuerdo excéntrico del PSOE levantaría una legislatura precaria. Confiaba, como siempre, en su intuición: las sociedad inasumible con Podemos desgastaría a los socialistas y las sentencias judiciales pendientes, al PP. Ciudadanos emergería entonces virginal del derrumbe de las dos moles del bipartidismo.

El jugador ha subestimado la ambición de Sánchez y sigue sobreestimando el poder destructivo de la corrupción. El principal defecto del táctico virtuoso es que, en su ensimismamiento, suele olvidar que el adversario también juega.

La convocatoria del 10-N ha devuelto a Rivera al presente, que se ha convertido en un lugar inhóspito. Es lo que ocurre cuando desafías a las fuerzas de la naturaleza. Y él no puede refugiarse en el patriotismo de partido porque eso se forja con ideología y Ciudadanos es un artefacto posideológico. Ni siquiera hay un aparato digno de tal nombre. El ámbito de decisión se ha ido estrechando y ya sólo caben Hervías y Villegas, mientras que personas de extraordinaria valía se preguntan unas a otras en los suburbios cuándo y por qué dejaron de contar para empezar a sancionar.

Cualquier otro en estas circunstancias estaría sentenciado pero la política al límite que practica hace de Rivera un líder vertiginoso. Además, él ya sabe, como lo sabe Sánchez, lo que es regresar de entre los muertos.