Ignacio Camacho-ABC

  • El recurso sobre la ‘ley de nietos’ levanta sospechas de concertación tripartita entre la Moncloa, el defensor del pueblo y la corte de garantías

Si las elecciones se deciden por los 160.000 votos de españoles sobrevenidos como dudosos descendientes del exilio sería un fracaso de la derecha, incapaz de aprovechar el declive de un Gobierno herido con claros síntomas de hallarse ante su fin de ciclo. La ventaja abismal de la oposición al comienzo de la campaña debería ser suficiente para disipar el miedo a una sorpresa en el escrutinio, por muchos trucos que el presidente pueda desplegar con el poderío de su formidable aparato propagandístico. Pero ese sufragio, bien distribuido –hay localidades con más inscritos en el registro CERA que vecinos–, puede arañar en algunas provincias unos cuantos escaños que al menos atemperen el previsible descalabro del sanchismo, incluso aunque el porcentaje de participación de los nuevos nacionalizados sea más bajo del previsto. De ahí el enorme interés en facilitarlo que está mostrando el Ejecutivo, apelando a la desesperada a un recurso del Defensor del Pueblo redactado con muy discutible rigor jurídico.

La intervención de Ángel Gabilondo no tiene pinta de haber partido de su iniciativa. Como mínimo ha contado con el asenso, si no con la inspiración, de la factoría estratégica monclovita, empeñada en consumar como sea una operación electoral encallada en los tribunales de justicia. Tras una legislatura repleta de atropellos institucionales, Sánchez no se iba a detener en las consideraciones procedimentales que han frenado hasta a la Fiscalía y que deberían frenar a Pumpido si conserva un ápice de pudor legalista. La degradación de la neutralidad de dos organismos de contrapeso como la defensoría ciudadana y la corte de garantías ha cerrado un triángulo vicioso de sumisa concertación política en el que cualquier apariencia de imparcialidad, siquiera formal, queda suprimida. Sin prejuzgar el fallo del Constitucional, aunque existen sobrados precedentes para hacerlo, es difícil descartar la idea de una intriga a tres bandas muñida a toda prisa para salvar la ‘ley de nietos’ y revocar –o más bien revolcar– al Supremo mediante unas excepcionales medidas cautelarísimas de justificación escasamente legítima.

Al margen del desenlace de la petición de amparo –que no incluye la preceptiva identificación de los afectados– , la obstrucción de Exteriores a la orden judicial de expurgar el censo promete unos comicios ensombrecidos por la sospecha de pucherazo y un probable proceso de impugnaciones ‘a posteriori’ que obligaría a una lenta verificación de datos. Ocurra lo que ocurra será ya muy difícil evitar la sensación de caos en torno al más sagrado y esencial de los ejercicios democráticos. A estas alturas del embrollo sólo lo puede resolver un resultado de contundencia inapelable en favor de uno de los bandos, un veredicto popular que aboque las eventuales reclamaciones a la melancolía de los esfuerzos vanos. Y aun así siempre quedará un prejuicio amargo de desconfianza pesando sobre un sistema innecesariamente cuestionado. Quizá el más grave de los estragos de este mandato.