Cristian Campos-El Español  

Una de las características más tóxicas del socialismo español es su capacidad para obligarte, por puro instinto de supervivencia, a posicionarte en contra de causas que tú habrías defendido si no fueran ellos sus abanderados. Causas que en sus manos se convierten en una masilla de frivolidad y argumentos banales capaz de taponar cualquier razonamiento que vaya dos pasos más allá de la demagogia emocional con la que el socialismo suele hablarle a los suyos.

Es el caso de la futura ley sobre la eutanasia. Una ley de la que es legítimo sospechar lo peor desde el momento en que los partidos en el Gobierno llevan meses poniendo en duda, por medio de sus televisiones afines y como auténticos Josef Mengele del IMSERSO, el derecho al voto de los ancianos.

Algo que no parece sólo una coincidencia infeliz, sino más bien un programa de gobierno para una sociedad en la que los ciudadanos serán clasificados en dos grupos. Aquellos cuyas vidas merecen ser vividas –ciudadanos “con vidas completas” de acuerdo a la terminología legal vigente en el norte de la Unión Europea– y aquellos cuyas vidas incompletas son susceptibles de ser finiquitadas porque ni para votar progreso sirven.

Es legítimo sospechar, en fin, que la eutanasia de la que habla Ciudadanos, aplicable sólo en casos terminales y bajo estrictas condiciones de voluntariedad consciente y explícita, no es la misma eutanasia de la que hablan PSOE y Podemos. La de Ciudadanos es una eutanasia concebida como el mal menor entre dos opciones lamentables, algo que la emparentaría con el aborto. La de PSOE y Podemos, un derecho más en el catálogo de opciones vitales con el que se nace de serie.

Dicho de otra manera. Si la futura eutanasia española pretende parecerse a la de la Holanda, un país que la ha aplicado incluso a enfermos de Alzheimer que no habían dado su consentimiento explícito y en el que se debate ya sobre la posibilidad de permitirla en el caso de ciudadanos sanos que esgriman su falta de “ganas de vivir”, entonces esa eutanasia no es lo que yo entiendo por eutanasia, sino algo más cercano a la eugenesia de Estado y no sólo no debe ser apoyada, sino combatida hasta el último aliento de cualquier persona moralmente sana.

Convendría, en fin, que la izquierda, y más precisamente esta izquierda, diera con algún argumento en favor de la eutanasia más convincente que el de haber perdido las ganas de vivir.

Porque es esta misma izquierda la que ha convertido en factor de superioridad moral el hecho de haber padecido algún tipo de sufrimiento en algún momento de la vida. Es esta izquierda la que ha utilizado el nombre de víctimas de abusos para bautizar leyes contra el maltrato infantil. Es esta izquierda la que ha usado la idea del sufrimiento como motor de sus políticas educativas, sanitarias, económicas e inmigratorias. La que ha defendido la tesis de que el sufrimiento justifica cualquier tipo de ayuda por parte del Estado… excepto la de ayudarte a sobrevivir cuando crees que deseas morir.

Es esta izquierda la que ha dado pie a una escalada armamentista de lamentos, a una olimpiada de protestas en los medios y en las redes sociales por el título de campeón del martirio.

Es esta izquierda la que ha inducido en millones de ciudadanos un estado de paranoia perpetua a cuenta de opresiones y amenazas reales e imaginarias de todo tipo. El cambio climático. La soledad. El consumismo. El patriarcado. La vejez. El capitalismo. La enfermedad. La desigualdad. El machismo. La heterosexualidad. La invisibilidad social.

Es esta misma izquierda ciclotímica que tan pronto te dice que los supervivientes son héroes como te dice que tirar la toalla frente al dolor es bueno. Que defiende la idea de que el sufrimiento te eleva por encima de los demás aunque convierta tu vida en indigna de ser vivida. La que te convence de que existen muertes “dignas”, las prematuras, y muertes “indignas”, las que se luchan hasta el final.

Las decisiones irreversibles, y la de suicidarse obviamente lo es, deberían cimentarse en terrenos más sólidos que el del pantano de las ganas o las desganas de vivir. Sobre todo cuando el que ha decidido lo que es digno y lo que no lo es es el mismo Estado que ha convertido en épico el sufrimiento, la superación del sufrimiento y la rendición frente al sufrimiento.

A esos ciudadanos atrapados en la melaza de un relato incoherente –eres un héroe, eres una víctima, tus deseos son sagrados pero tu vida no es digna, el dolor ennoblece, el dolor es inútil, suicidarse es digno, apurar hasta el último latido es indigno, eres una carga, no deberías votar, cumples los requisitos para ser suicidado por un funcionario, señala con una X en la casilla ‘muerte’– el Estado les exige un último impuesto. El de librarle de la mayor de sus responsabilidades: la de acompañar a esos ciudadanos en los momentos más difíciles de sus vidas.

Yo votaría a favor de la eutanasia, una eutanasia para casos tasados, voluntaria, explícita y bajo el requisito de la inexistencia de alternativas viables, si fuera diputado y estuviera en mis manos. Pero algo me dice que estaría escogiendo el mayor de entre dos males.