El Correo-JOSÉ MARÍA SALBIDEGOITIA ARANA

Recientemente he leído en la prensa que la RAE va a incluir la palabra ‘supremacista’ en el diccionario. La noticia me ha traído el recuerdo de lo que hace un tiempo escribió Julio Caro Baroja sobre la idea de «valer más» en los siglos XV y XVI, de Lope de Aguirre y algunos banderizos vascos. Una de sus máximas era: «el que no es más que otro, no vale nada». Idea muy arcaica que tenía su correlato en las Partidas de Alfonso X con el concepto de «valer menos» en que podían caer los hombres buenos e hidalgos que incumplían la palabra y/o se desdecían en juicio.

Como puede verse, esa mirada de superioridad sobre los otros, esa necesidad de autocalificación de sentirse superior, de tener a alguien inferior y que de ello se tengan que derivar unos mayores privilegios y un poder, es muy vieja. Pero enlaza con una forma de entender la actual preocupación de la configuración de la identidad individual y, sobre todo, de la colectiva, ya que el racismo de hoy no versa sobre razas, sino sobre etnias, sobre grupos culturales. Hoy se llama supremacismo definido como una ideología que sostiene y promueve que una etnia o grupo humano es superior a otro, es decir, una ideología que alimenta los más bajos instintos anticivilizadores.

Muchas veces me he preguntado por el modo en que las personas nos volvemos supremacistas, nos creemos y nos comportamos como superiores, respecto de otras personas o colectivos, etc.. Pero ¿cómo se justifica el comportamiento supremacista? Creo que por medio de la combinación de varios elementos. En primer lugar, cambiando la perspectiva de considerar a todas las personas miembros del género humano, a considerar el nosotros y los otros. La perspectiva del género humano nos hace a todos iguales en dignidad y en derechos, mientras que la perspectiva del ‘nosotros’ sobrevalora «lo nuestro», sobre «lo de esos», es decir, prioriza la perspectiva del origen, que nos lleva a que a distinto origen tendremos distinta dignidad y derechos. Verlo todo bajo el prisma de lo colectivo, del grupo, supone diluir e incluso anular al individuo y, con él, sus derechos individuales.

Pero esto es necesario completarlo con una deformación de la realidad, exponiéndola con estereotipos, caricaturas, simplificaciones, burdas generalizaciones, etc., cuya finalidad es la descalificación de los otros. Los otros son tontos, vagos, fachas, brutos, atrasados, etc., y, además, como todo eso se hereda, es originario y va en sus genes, por tanto intemporal, no se puede cambiar y seguirán siendo así. Sin decirlo, ello supone que, entonces, nosotros somos todo lo contrario, listos, trabajadores, demócratas, pacíficos, modernos y… hasta más guapos. Somos capaces de ensalzarnos hasta llegar al mayor de los ridículos, disfrazando la chulería y el desprecio a los otros bajo el ropaje de una mezcla de chiste o humor del que solo se ríe el grupo de nosotros.

Por último, al grupo al que deshumanizamo se les califica de animales (son bestias, txakurras, perros), lo cual sirve de justificación para su eliminación, o para que no tengan los mismos derechos que los que somos humanos totales. Además, de este modo se ve lógico y humanitario desprenderse de tales bestias, de los animales, que nos acechan y ponen en peligro nuestra identidad.

Y todo esto, que lo hemos visto, y lo vemos, en el mundo actual del que participamos, ¿por qué y para qué lo hacemos? En mi opinión, el objetivo de los supremacistas es desear tener más derechos que otros, ser ciudadanos de primera (los de verdad) y para ello es necesario que existan los de segunda (los inquilinos). Ello significa no compartir, o negar derechos a otros, impidiendo que sean universales. Y para llevar a cabo ese antidemocrático objetivo es necesario detentar el poder sin límites legales, sin ataduras de pactos o, como les gusta decir, sin injerencias de fuera.

Creo que todas las justificaciones sociales de corte supremacista, tales como la etnia, cultura, lengua, origen, etc., implican crear sujetos políticos colectivos y estos, por definición, siempre dejan partes de la sociedad fuera de ellos. Es por lo que, en mi opinión, lo que se persigue es precisamente no incluir a todos los miembros de la sociedad en un mismo estatus, sino diferenciar entre los de primera y los de segunda. De este modo los supremacistas se erigen en repartidores de derechos, a ellos todos y al resto menos.

El peor tipo de supramacista es el que, además, va de víctima. ¿Cómo es posible que los más listos, inteligentes, ricos y superiores, estén bajo el yugo opresor de los más tontos, vagos, pobres e inferiores?

Es algo que nunca he llegado a entender. Sobre todo cuando se ha oido decir eso de «¿cómo unos inquilinos van a regentar ‘nuestra’ casa?» ¿Cómo vamos a estar gobernados por unos inferiores, unos vagos y unos despilfarradores que, sin duda, nos llevarán a la ruina?

Llegamos al objetivo final del supremacismo. Ya que todo poder tiende a perpertuarse, expulsémosles del poder para siempre. Aunque para que haya democracia deben existir mecanismos necesarios que puedan permitir la alternancia en el poder. De modo que el supremacismo no solo es condenable moralmente por discriminatorio, sino que es políticamente antidemocrático, porque uno de sus objetivos políticos es eliminar la posible alternancia en el poder que, como se ha demostrado, es la mayor fuente de corrupción.