Ignacio Camacho-ABC

  • El caso Azagra no se entiende sin Sánchez. Él es el factor clave cuya sombra aparece en el veredicto con recurrencia constante

El número de veces que Pedro Sánchez aparece aludido en la sentencia del juicio contra su hermano es de media docena. En la mayoría de ellas de forma indirecta, como referente contextual de unos hechos sobre los que pesaba una acusación de tráfico de influencias, aunque el delito resulta finalmente no acreditado por falta de pruebas. Pero la sombra del presidente sobrevuela el largo escrito de resolución del caso, como no podía ser de otra manera al tratarse de un familiar inmediato cuyo vínculo sembró desde el principio sospechas de constituir la razón auténtica de la creación de la plaza y la adjudicación irregular que motivan la condena. Un empleo ‘ad hoc’ que el veredicto considera innecesario y desprovisto de contenido y funciones concretas.

Toda la causa gira en torno a esa relación imposible de abstraer del proceso por más que no haya forma jurídica de atribuir un papel determinante al jefe del Gobierno, todavía sólo líder del PSOE en el momento de convocarse el puesto. La palabra ‘hermanísimo’ en el título de un correo interno adquiere para los jueces la condición de indicio de peso sobre el general conocimiento de que el concurso tenía ganador con carácter previo. Todo el mundo sabía en la Diputación pacense de qué iba en realidad aquello: de un favor a medida, un asunto clamoroso de nepotismo –término que sí recoge el fallo– resuelto con un dedazo administrativo manifiesto. Y si había nepotismo sólo podía ser por la existencia de un parentesco. El del ‘hermanísimo’ verdadero.

El perfil de la Moncloa se dibuja también en las maniobras externas al sumario. La instructora Beatriz Biedma fue objeto de seguimientos que se extendieron hasta sus allegados. La investigación sobre las cloacas del PSOE registra movimientos de Leire Díez en busca de materiales con los que minar la credibilidad de su trabajo. Lo mismo le ocurrió al teniente coronel Balas, si bien éste estaba en el objetivo por su tenaz indagación en cuantos escándalos de corrupción han aflorado en los últimos años, y al juez Peinado. La fontanería sanchista puso especial empeño en proteger al entorno presidencial frente a las pesquisas judiciales sobre un fenómeno de abuso de poder de rasgos casi dinásticos.

El caso Azagra no se entiende sin Sánchez. No en el sentido conspirativo –el ‘lawfare’– que señalan los portavoces gubernamentales, sino en el de un concepto tóxico del liderazgo público como fuente de inmunidad ajena a la depuración de responsabilidades. Ni el mediocre músico ni su cuñada Begoña fueron contratados por sus méritos particulares sino por la proximidad a un dirigente situado en posición altamente relevante. Si no era tráfico de influencias lo era de favores preventivos, a modo de depósitos en la cuenta del banco de buenas voluntades. ‘Captatio benevolentiae’. Trato de ventaja, primero al linaje de afectos y sangre, luego al resto de una trama de clanes dispuestos a medrar bajo la confianza de un personaje cuya carrera comienza, se prolonga y se termina