Mikel Buesa-La Razón

  • La pretendida colonización lunar se enfrenta, más allá de la ingeniería, a problemas apenas estudiados en áreas muy diversas, como pueden ser, por ejemplo, el de la supervivencia en condiciones permanentes de ingravidez

Artemis 2 nos ha regalado una extraordinaria visión de nuestro planeta y del satélite que orbita a su alrededor, incluyendo su cara oculta. Trasladar a cuatro astronautas a la distancia más lejana recorrida por un ser humano ha sido, indudablemente, un éxito de la ingeniería espacial que alimenta el optimismo acerca de la posibilidad de satisfacer futuros retos. Sin embargo, siendo esta una misión de naturaleza científica, no pueden asegurarse logros tan osados como los de establecer una colonia en la Luna, incluso, según algunos visionarios, como paso previo a la conquista de Marte. No porque la humanidad no haya resuelto desafíos formidables, sino porque el progreso del conocimiento ha estado siempre sometido a una incertidumbre radical que impide establecer apriorísticamente cuáles serán sus resultados. La pretendida colonización lunar se enfrenta, más allá de la ingeniería, a problemas apenas estudiados en áreas muy diversas, como pueden ser, por ejemplo, el de la supervivencia en condiciones permanentes de ingravidez, y no digamos el de la gestación humana, necesaria para asegurar la reproducción del núcleo inicial de exploradores; o el del cultivo de alimentos en un medio tan hostil como el de los satélites y planetas de nuestro sistema solar; o también –si, como algunos apuntan, se busca explotar los recursos minerales– el del transporte hasta la Tierra de las sustancias extraídas tras el procesamiento de las menas polimetálicas. Y a ello se añade el de la organización política de una sociedad emergente, sin tradiciones culturales, en la que todo estará por construir.

«El viaje a la Luna» es el filme con el que, en 1902, basándose en los relatos de Julio Verne y H.G. Wells, el cineasta Georges Méliès inauguró el cine de ciencia ficción que tanto ha atraído al público a las pantallas . Desde ahí hasta la «Guerra de las galaxias», todo ha parecido posible para la imaginación de los creadores de ilusiones. Pero en lo que ahora estamos no es el mundo de la fantasía, sino el de la realidad. Y esta es compleja, dura –rocosa incluso–, plena de preguntas aún no contestadas que podrían no tener respuesta, aunque sin duda sea promisoria y encierre en sí un germen de progreso que podría alentar nuestra humanidad.