Pedro Oliver Olmo-El Correo

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha

  • El año que viene quizás el miedo sea a un conflicto bélico con Marruecos

El miedo es una de las emociones políticas más ambivalentes para las fuerzas que entran al combate electoral. Cada vez que se abren las urnas el miedo sale de ellas como de la caja de Pandora. Mueve miles de votos asustados, tal vez millones de votos defensivos. El voto defensivo es una reacción participativa respetable, pero algo irreflexiva y maquinal. No se construye con las mimbres conocidas de la desafección y el castigo hacia los gobernantes, sino con la materia oscura de la angustia y el miedo al futuro. Sobreviene sobre una masa de votantes que sufre la polarización como una amenaza que nos obliga a preguntarnos «¿quién nos defenderá?» Es una desazón constante que va cambiando según cambia el marco dominante del debate político: en 2023 fue el miedo a una involución ultraderechista, hoy es el miedo a una «invasión» de Ceuta y Melilla, y el año que viene quizás sea el miedo a un conflicto bélico con Marruecos.

Ese tipo de electorado, cuya presencia quizás podamos presuponer aunque solo sea por experiencia, pasa desapercibido hasta que se hace momentáneamente relevante. Si llega a materializarse como bolsa importante de votos será analizado a posteriori, pero hasta entonces nadie puede cuantificarlo, ni siquiera como posible voto útil. ¿Útil para quién? Siempre en construcción, es un voto vulnerable a la antipolítica y, por eso mismo, fácilmente aprovechable por la ultraderecha. Pero no olvidemos que de aquella mítica ‘Caja’ salieron los males y los odios para esparcirse y llenar la tierra. Estamos respirando los males políticos de estos malos tiempos y aún es pronto para saber cómo nos cambiarán, aunque ya podemos presentir que habrá una cadena de reacciones. El malestar político está tan al albur de los flujos informativos, y sobre todo desinformativos, que no pocas veces se rebela contra las tendencias previstas por las agencias demoscópicas. También en España. La mayoría de las encuestas indican que el cambio político es inevitable. Los resultados darán una mayoría parlamentaria a las derechas. ¿Cabe alguna duda al respecto? Sí. Eso mismo era lo que estaba previsto que ocurriera en 2023 y lo que movilizó en sus profundidades al electorado de izquierdas.

En 2027 gobernará España quien mejor gestione las emociones que disparan el voto defensivo, incluyendo en ellas las que ya están en curso y las que pudieran sobrevenir por razones geopolíticas, sorpresas indefinidas y catástrofes. Ese tipo de voto toma fuerza con la misma rapidez que la pierde porque se alimenta de motivos sobredimensionados en los medios de comunicación y las redes sociales. Es decir, que aunque ahora podamos identificar las características que podrían mover el voto defensivo, será en 2027 cuando tenga sentido hablar de ellas, pues podrían agigantarse por motivos diferentes. El voto defensivo que podría tomar cuerpo en 2027 será la fotografía móvil de un momento, un momento trascendente, pues dará mayorías a un bloque o a otro, pero un momento pasajero, contundente, construido en relación con el marco dominante que envuelva los titulares, los análisis y hasta los memes durante la precampaña y la campaña electoral.

¿Qué marco miedoso y ansioso será el decisivo en el voto defensivo de las próximas elecciones generales? El miedo a la «invasión» es el que ahora favorece claramente a las derechas. Es el mismo miedo a verse atacado, la necesidad de sentirse defendido, pero al expresarse de esta manera mueve potencialmente a un electorado más grande y trasversal. Ceuta ha proporcionado a la ultraderecha un marco que llevaba años intentando convertir en hegemónico y ha empujado al PP a asumir ese lenguaje. No se relajarán. ¿Quién se fía de las encuestas favorables? Pero tienen en sus manos algo mucho mayor que la agitación constante, los insultos personales al presidente, las burlas por las causas judiciales que afectan a su familia y hasta la corrupción que salpica a su Gobierno.

¿Qué pasará? Las encuestas reflejan el desgaste del Gobierno, mientras el debate público normaliza el lenguaje de la «invasión». Las izquierdas quieren hacer valer el relato de la crisis migratoria y humanitaria, pero están desconcertadas por su poca fuerza a escala estatal. Si el PSOE no se hunde hacia el fondo de su propia roca a pesar de lo que le está cayendo, la «invasión» la rentabilizará Vox, con riesgo de empate técnico entre el PP y el PSOE (ganar de esa guisa a Feijóo sería una salida airosa para Sánchez, pero descorazonadora para las izquierdas). El futurible más probable es un Gobierno PP-Vox. Salvo que aparezca otro miedo, uno más poderoso y capaz de reordenar el voto defensivo: el miedo a una guerra real.