Editorial-El Correo

  • El descalabro académico detectado por PISA en Euskadi obliga a revisar un sistema educativo que conduce a una generación de vascos a la mediocridad

El descalabro académico detectado por el informe PISA en Euskadi obliga a una urgente revisión en profundidad del sistema educativo vasco, situado a la cola de las comunidades autónomas. La acusada caída en las bases más elementales de la enseñanza exige a los responsables públicos repasar no solo las asignaturas peor paradas en la evaluación -comprensión lectora, Ciencias y Matemáticas-, sino el contexto en el que se produce la debacle entre el alumnado y el profesorado: mal ambiente para el estudio en clase, desmedido enganche a las pantallas y, algo muy preocupante entre los estudiantes de 15 y 16 años, la escasa curiosidad demostrada para seguir aprendiendo.

La reflexión debe tener una mirada amplia, pues el retroceso viene de largo y por lo visto ayer no se ha logrado remediar. Al contrario, empeora. Por tanto, la recuperación no puede esperar y debe comenzar por la autocrítica más exigente con el ánimo de iniciar la remontada por el bien de una nueva generación de vascos que puede verse anclada en la mediocridad. Seguramente se trata de una tarea colectiva, pero precisa del impulso del Departamento de Educación como garante de la efectividad del gasto público para bajar la reflexión a tierra y aplicar correcciones.

Es evidente que de poco ha servido liderar la inversión por alumno en el conjunto de España cuando los resultados colocan a Euskadi al final de la tabla en comprensión lectora, la base sobre la que se construye cualquier otro conocimiento -solo por delante de Ceuta y Melilla-. Toca auditar qué ocurre en las aulas y evaluar sin prejuicios el eventual impacto del modelo de inmersión en euskera en la realidad sociolingüística del país. Está en juego el talento de toda una generación, alejada de la excelencia y amenazada por un desplome en Lectura que no se compensa con la reducción formal de las brechas socioeconómicas o de origen.

Quizá haya una responsabilidad compartida en el mal uso de las pantallas, demasiado permisivo en el ámbito familiar. Pero miles de padres y madres han depositado toda su confianza en una educación pública que ha apostado por una cuestionable digitalización masiva de las clases. Como ya han alertado pediatras y médicos, la utilización abusiva de móviles y tablets fragmenta la atención fuera del aula. Dentro, es capaz además de desarmar la autoridad pedagógica, creando problemas de disciplina que dificultan cualquier buen ambiente para el estudio. Gastar más para aprender menos no es una opción para remontar.