- La AfD puede ganar el domingo su primer estado en Alemania, porque cuando la política al uso fracasa la gente se enfada y busca soluciones drásticas en otro sitio
Francia es ya el paciente crónico de Europa. Un país en el diván, con graves achaques a cuestas. Pero Alemania, el pulmón de la UE, también ha enfermado. Su crecimiento es plano. Su industria capital, la automovilística, está siendo devorada por los chinos, en parte por las políticas ecológicas económicamente suicidas de Bruselas, que le han regalado el mercado a China (Volkswagen anunció ayer 50.000 despidos).
Alemania, antaño tan inventiva, se acomodó a vivir de rentas del pasado. Se hizo híper sindicalista y poco competitiva, con jornadas cortas y sueldos opíparos. Además, no pinta nada en la punta de lanza del tiempo presente, que es el universo digital y la IA. Por último, la inmigración ha creado roces y a veces ha traído incluso una aterradora violencia, como cuando en diciembre de 2024 un médico saudí solicitante de asilo mató a seis personas en un mercado navideño arrollándolas con su SUV.
Aquel atentado ocurrió en Magdeburgo, una tranquila ciudad de 244.000 habitantes a orillas del Elba, que es la capital del estado de Sajonia-Anhalt. Este domingo se celebrarán sus elecciones y se prevé que las gane de calle la controvertida AfD, con un 42% de los votos (frente al 22% de a CDU, que manda ahora, y solo un 8% de los socialistas, que están en el chasis en Alemania, como en toda Europa).
Ese resultado supondrá una revolución política. Un partido tachado de «ultra» por todo el establishment político, cultural y mediático alemán se hará con el poder en Sajonia-Anhalt, porque la gente está harta. Constatan que sus vidas empeoran, que la política convencional no les ofrece soluciones, que una inmigración descontrolada va mudando la faz y la entraña de sus sociedades… Y como siempre ha sucedido a lo largo de la historia cuando las cosas no funcionan, se buscan soluciones drásticas, porque los sufrientes tienen derecho a aspirar a que sus vidas mejoren, aunque muchas veces el experimento fogoso acaba en calamidad (véanse los trágicos totalitarismos del siglo XX).
Lo que hoy es Sajonia-Anhalt formaba parte de la RDA comunista. Tras la caída del Muro, su poderosa industria pesada se deshizo como un azucarillo. La crisis resultó demoledora, con un 20% de paro en el cambio de siglo. Los jóvenes se largaron a tierras más prósperas de la Alemania reunificada. Hoy es el land más envejecido del país (edad media de casi 50 años), bastante rural y con un paro por encima de la media. Su PIB se contrajo un -0,2% el año pasado, frente a un pobre crecimiento nacional de un 0,2%. Los vecinos de Sajonia-Anhalt no están nada contentos y van a votar a la AfD mayoritariamente. También porque las constantes coaliciones del SPD y la CDU hacen que muchos alemanes hayan concluido que ya no existe diferencia práctica entre votar socialista o conservador, toda vez que al final acaban encamados.
La AfD gasta una retórica bastante inflamada y aloja en sus filas a algún que otro cabestro. ¿Pero qué propone? Pues controlar la inmigración irregular, echando a los criminales que hayan entrado y cerrando el asilo. Aumentar las prestaciones sociales y bajar los impuestos, lo cual es intentar soplar y sorber al tiempo. No contraer más deuda. Cerrar la televisión y radio públicas, «porque no queremos pagar un servicio público que adoctrina en la ideología de la izquierda, en lugar de ser neutral». Quieren acabar con las llamadas política «de género» y recuperar el patriotismo y la libertad de expresión, amenazados por la censura de la corrección política y el wokismo.
Es decir, los supuestos postulados «ultras» en realidad plantean propuestas que pueden ser apoyadas por buena parte de la población, sea de derechas o izquierdas. En especial cuando los partidos convencionales no les les arreglan sus problemas y cuando se ha constatado que el wokismo, la pegajosa ingeniería social de la izquierda, adoctrina pero no da de comer.
Los partidos hiperventilados no me convencen, porque no me agrada la política de la emoción frente a la de los números y la reflexión basada en hechos. Soy más de café con leche que de lata de Monster Energy. Tampoco creo que esos partidos de dialéctica profética puedan cambiar el curso del Amazonas, el problema de fondo, que es que el futuro se ha mudado a Asia y nosotros, más zánganos y menos innovadores, nos estamos quedando atrás. Pero entiendo perfectamente el enojo de una Europa que va a peor. Se comprende el enfado de unas clases medias que sufren dentelladas en su poder adquisitivo, que ven amenazadas sus industrias medulares, que a veces ya no se reconocen en sus calles de siempre, con barrios que en menos de una generación han mutado de cristianos a mahometanos, con todos los problemas de integración que ello conlleva (queramos encararlos o no).
Así que hay que respetar la libertad de esos votantes alemanes que buscan otra cosa, en lugar de tacharlos a todos de «nazis» desde unas torres de marfil donde no existen los problemas que ellos padecen cada día. Curioso que se ponga todo el mundo tan estupendo en una Europa Occidental que siempre ha admitido encantada a los partidos herederos de la ideología más letal de la historia: el comunismo.