Ignacio Camacho-ABC

  • Metódica, multidisciplinar, proactiva, infatigable, desenvuelta. Una empleada así haría carrera en cualquier empresa

Poco le pagaban a Leire Díez para lo mucho que hacía. La reportera de investigación que nunca publicó un reportaje de investigación –cómo iba a hacerlo si no le daba la vida– es un caso de explotación laboral del Partido Socialista, que ni siquiera la tenía dada de alta y le abonaba gastos o sueldos encubiertos mediante facturas ficticias (según la UCO) o a través de la consultora de Gazpar Zarrías. Pero trabajar, trabajaba más que toda la Ejecutiva. Sólo con que sea verdad la mitad de las gestiones, conversaciones y citas que tenía agendadas demostraría una actividad frenética, ininterrumpida; presionaba a altos funcionarios de la Justicia, señalaba periodistas incómodos, buscaba trapos sucios de la policía, hablaba con la directora de la Guardia Civil y con responsables de la Fiscalía, gestionaba pelotazos inmobiliarios de empresas públicas, montaba campañas de intoxicación y se movía con soltura entre las bambalinas monclovitas. No hay en la política mucha gente con esa dedicación estajanovista.

Como es natural, ahora no la conoce nadie. Una mindundi fantasiosa, una ‘pequeña Nicolasa’ que andaba por ahí enredando y presentándose en nombre de Sánchez. Bueno, de P punto S punto, que cualquiera sabe a quién podían corresponder esas iniciales. Que explique Santos Cerdán, que ya está desahuciado, si le encargó algún recado al margen de los habituales cauces propios de una organización de honestidad impecable. Al menos una decena de dirigentes sanchistas figura entre sus contactos probados, personal subalterno aparte, pero la recibían por la amabilidad de su forma de presentarse. Cómo iban a creer en patrañas de esa clase; no había más que verla para notar que era una charlatana con ínfulas, una vulgar farsante empeñada en involucrar a personas de prestigio en sus fatuos montajes. Y sin embargo, cada vez que alguien niega algo –una reunión, una charla, un viaje, un detalle– aparecen evidencias demostrables. Quizá por eso no sorprenda que el partido esté tardando en querellarse.

Tampoco es posible refutar la incansable operatividad que desplegaba en la faceta de ‘fontanera’, ni el desparpajo con que se mostraba dispuesta a hacerse cargo de una tarea. Si resultaba o no eficaz habrá que comprobarlo, pero no hay manera de desmentir su extraordinaria diligencia, ni su capacidad para compaginar la faena en las cloacas con otras funciones que iban desde la comunicación de la compañía nacional de ¡¡uranio!! hasta una dirección de filatelia. Cargos que, por supuesto, le caían por méritos curriculares de alta cualificación técnica. Una empleada así, metódica, multidisciplinar, atenta, tenaz, disponible, proactiva, haría carrera en cualquier empresa; podía con todo lo que le echaran, menuda fiera. Si acaso puede chocar que le encomendasen ciertas labores bajo cuerda sin acabar de fiarse de ella o albergando, como sostiene el argumentario oficialista, dudas sobre su coeficiente de inteligencia. Pero para ese tipo de cometidos no se escoge a catedráticos de metafísica… ni de ética.