Juan Ramón Rallo-ABC
- Puede que EE.UU. esté saboteando a largo plazo una de sus industrias más prometedoras; pero quienes más saldremos perdiendo con esta decisión seremos los europeos
El Gobierno de Donald Trump ha prohibido este fin de semana que cualquier extranjero utilice Fable, el modelo de inteligencia artificial más avanzado de Anthropic. Y por «cualquier extranjero» debe entenderse no solo a quienes residen fuera de Estados Unidos, sino también a los residentes legales sin nacionalidad estadounidense e, incluso, a los propios empleados de Anthropic que no sean ciudadanos. La justificación oficial apela a la seguridad: la potencia cognitiva de Fable podría resultar peligrosa en manos inadecuadas y las salvaguardas que la compañía había implantado contra su abuso habrían resultado porosas.
El argumento, sin embargo, contiene una laguna elemental. Si de veras el riesgo fuera que se ha hallado una vía para burlar esos cortafuegos, la conclusión lógica no sería vetar el acceso únicamente a los extranjeros, sino a todo el mundo, también a los propios estadounidenses, que igualmente podrían explotar esa vulnerabilidad. Que el cerrojazo recaiga solo sobre los foráneos delata que no estamos ante una medida de seguridad, sino ante una política obstruccionista destinada a preservar la ventaja tecnológica de Estados Unidos en una industria tan decisiva como la IA (idéntica lógica que el veto a la exportación de chips a China).
Ahora bien, se trata de una restricción que amenaza con volverse contra los propios intereses estadounidenses. Primero, porque agrava el riesgo regulatorio para quienes invierten en las desarrolladoras de IA: si Anthropic no puede desplegar globalmente sus modelos frontera y rentabilizarlos, mengua su incentivo a hacerlo y, con él, el volumen de inversión comprometida. Segundo, porque empuja a las compañías a reservar sus modelos más capaces para el consumo interno en lugar de liberarlos, no vaya a ser que, una vez abiertos, el Gobierno termine vetándolos para todos, incluidos sus propios trabajadores. Y tercero, porque forzará al resto del mundo a desarrollar alternativas a los modelos estadounidenses.
Tomemos el caso de Europa, una región que carece de un modelo de IA que merezca tal nombre. Si Washington la excluye de manera permanente del acceso a la frontera tecnológica, la brecha de productividad con Estados Unidos no hará sino ensancharse. De ahí que, a partir de ahora, vaya a surgir un fuerte incentivo político-económico para impulsar modelos propios. El problema es que la maraña burocrática europea –regulación asfixiante e impuestos elevados– lleva décadas destruyendo el ecosistema empresarial del que podrían haber brotado, de modo que, a corto y medio plazo, afrontamos el reto con las manos atadas.
En definitiva, puede que el Gobierno estadounidense esté saboteando a largo plazo una de sus industrias más prometedoras; pero, paradójicamente, quienes más saldremos perdiendo de momento con esta decisión seremos los europeos.