Lamberto Pérez Sánchez -Castejón

Es un hecho que entre las decenas de artículos y columnas dedicadas al último delirio de Iván Redondo, solo tres columnistas hemos citado el precedente del ‘Programa 2000’ como una prospectiva del estado del socialismo en el debut del siglo XXI: Gregorio Morán, Joaquín Estefanía y un servidor. O sea, que me van a perdonar por la insistencia. Comentaba el sábado que no pudo ser, que a falta de cuatro años para el 2000, Aznar ganó las elecciones y nos impidió conocer el estado del arte en el plazo señalado. Ya de paso, me van a disculpar también que relativice la recomendación del maestro Paul Johnson de tasar el ‘yo’ del columnista para recordar que estuve en el acto de presentación del programa en enero de 1990.

Alfonso Guerra provocó el entusiasmo de los asistentes, que puestos de pie lo aplaudieron hasta enronquecer, según metáfora de un crítico deportivo vasco. Acababa de destaparse el escándalo de Juan Guerra por los negocios que desarrollaba en un despacho de la Delegación del Gobierno en Sevilla, sin que el delegado cuestionase la ocupación de aquel espacio público ni se le ocurriera llamar a Alfonso Guerra para contarle lo que había. Podría pensarse que los aplaudidores exoneraban a Guerra de los negocios de su hermano, pero en realidad estaban aplaudiendo a Juan.

Algo parecido pasó en el Congreso del PSC en que participó Josep María Sala, después de la condena de dos años que se le impuso por su participación en el caso Filesa. Fue recibido con todo el Congreso puesto en pie y llegó a la Ejecutiva con el 81,7% de los votos de los delegados. Se le encargó, naturalmente, la responsabilidad de Formación.

Si aquella prospectiva a diez años fracasó, ¿qué podíamos esperar de una diseñada por Iván Redondo y Sánchez a 30? Estefanía y Morán destacan que en el cogollito de aquello ya estaba Manuel Castells, este ministro de Universidades que confundía a Luis XIV con Luis XVI, cosa natural, saber dónde queda el palito ha sido siempre difícil para los varones normales, o sea que en estos tiempos no digamos. Y si aquello pasó con Felipe, ¿qué nos íbamos a esperar con Pedro?

Hace cinco años, cuando el Comité Federal del PSOE lo decapitó, políticamente hablando, uno lo bautizó como ‘Sleepy Hollow’, el jinete sin cabeza de Washington Irving. Podría parecer un apodo exagerado en vista de su triunfo en la ocupación de la Moncloa. Y sin embargo no lo es. Para redactar las 676 páginas de este Programa 2050 ha contado con un centenar de intelectuales. El problema no es de ellos, sino de quien ha confundido deliberadamente sus prospecciones con un programa de Gobierno definido en una campaña publicitaria partidista, sin consenso alguno.

Tenemos un presidente que es una síntesis de Sleepy Hollow y los santos cefalóforos del bajo imperio romano, tipo San Lamberto, que caminaba con su cabeza entre las manos. O más bien de Marilyn Monroe, cuando confesaba a Tony Curtis en ‘Con faldas y a lo loco’: “no tengo cerebro”. O quizá lo de la zorra al busto, trasunto de Pedro el Guapo: “Tu cabeza es hermosa, pero sin seso”. Lástima, pero en él es todo casco.