En el nirvana de Iglesias también se pone el Sol

DAVID JIMÉNEZ – EL MUNDO – 14/02/16

· En el paraíso que nos viene anunciando Pablo Iglesias, y que según sus previsiones está cada vez más cerca, la virtud política sustituirá a los pecados de la casta y seremos iluminados por la verdadera democracia. La prensa será respetada, las responsabilidades políticas asumidas, la democracia interna del partido gobernante ejemplar y el nepotismo cosa del pasado. Adiós a los cuñados con despacho. Tendremos un Gobierno capaz de decirle cuatro cosas a Angela Merkel –no como ese pusilánime de Tsipras–, y se plantará cara a los mercados. Nuestros dirigentes irán al trabajo en bicicleta y subvencionarán una a quienes queramos seguir su ejemplo. El país será, al fin, purificado.

Ya decía Quevedo que nadie ofrece tanto como el que no va cumplir, porque la parte fácil siempre es la primera. Prometer. Podemos y sus partidos afines ya tienen el poder en algunas plazas importantes y se puede empezar a medir cuánto se ha avanzado allí en la búsqueda de Shangri-La e incluso si hay alguna intención de alcanzarlo. Los periodistas de EL MUNDO han ido a comprobarlo en una serie de reportajes que esta semana hace parada en el Madrid de Carmena, después de nuestra visita a Cádiz, donde (casi) estuvimos con Kichi, el alcalde de Podemos.

No lo conseguimos del todo porque la idea que el regidor gaditano tiene del trato con la prensa no le permitió encontrar tiempo para hablar de su gestión, pero sí conceder entrevistas a quienes quisieran preguntarle por el Carnaval. Si hubiéramos podido, le habríamos preguntado si el fin del nepotismo es compatible con contratar a las parejas de los miembros de su equipo como asesores; si considera que luchar contra la pobreza es fotografiarse en un palco con familias sin hogar, mientras sigue sin solucionar su promesa de dar una vivienda a quienes viven sin luz ni agua corriente; o si tiene previsto dedicar más tiempo a gestionar la ciudad y menos a la farándula propagandística, como piden los empresarios, comerciantes y asociaciones de vecinos que han perdido la paciencia con la política de plató y disfraz.

La pregunta que todo el mundo se hace –¿cómo sería un Gobierno de España con Podemos?– es difícil de responder, y unos pocos alcaldes no tienen por qué ser representativos de todo lo que haría el partido, pero empezamos a tener suficientes pistas como para que resulte innecesario que los ministros de Mariano Rajoy compitan entre ellos por lanzar la advertencia más apocalíptica. Cada vez que nos anuncian el fin del mundo tal como lo conocemos, en cuanto Pablo Iglesias llegue al poder, sólo consiguen sumar votos para el partido morado en las próximas elecciones, sobre todo, porque el discurso del miedo viene de un grupo carcomido por la corrupción que ha perdido toda legitimidad para dar lecciones hasta que no se regenere.

El problema no es que Podemos sea un partido amigo de ETA, sino que carece de un proyecto integrador común para España; el problema no es que quiera acabar con el modelo económico vigente –Iglesias le duraría a Angela menos que Tsipras–, sino que sus propuestas son irrealizables y el mero hecho de formularlas en una posición de responsabilidad agravarían nuestra crisis; el problema tampoco es que algunos de sus miembros se vayan de excursión anarquista a Venezuela, sino que sus líderes hayan mostrado en un pasado reciente su admiración por un régimen que ha empobrecido una nación inmensamente rica y mantiene a disidentes encarcelados. La pregunta es legítima: ¿ven en ese modelo un ejemplo a seguir y en qué?

Podemos y sus partidos hermanos están demostrando sin ayuda su incapacidad para la gestión y la prueba no está ni siquiera en los errores cometidos en los ayuntamientos de Cádiz o Madrid, sino en la determinación de gobernar sólo para quienes les votaron y piensan como ellos. La prioridad no parece el servicio público, sino ganar tontas batallas ideológicas. No es limpiar las calles, sino redefinir la imagen que los niños tienen de los Reyes Magos. No es arreglar el tráfico, sino utilizar la cultura para avanzar su agenda política. No es hacer que la ciudad funcione mejor, sino retirar placas franquistas –y algunas que no lo son– y cambiar el nombre de las calles. Al final va a resultar que la nueva política no era más que eso: mantener a su manera los vicios de la vieja y prometer que, una vez alcanzado el Shangri-La, el líder hará que el Sol se ponga sólo cuando convenga al pueblo.

DAVID JIMÉNEZ – EL MUNDO – 14/02/16