JON JUARISTI-ABC

  • El enjambre es la figura que preside el fin de la posmodernidad y el nacimiento de la época del estrépito sin sujeto

Para terminar el año como es debido voy al cine con mi hijo, que está de vacaciones, paga las entradas e incluso pone las palomitas. Vemos, claro está, ‘Avatar 2,’ de James Cameron, la peli del momento. Confieso que no me he enterado de casi nada, a pesar de mantenerme más o menos despierto durante las tres horas y pico que dura la cosa. Me ha vencido la angustia de no poder distinguir entre los personajes. Todos me parecen iguales: una especie unisex, caudada y cerúlea de pitufos anamórficos. Algo, sin embargo, está claro: atacan en enjambre disruptivo y estruendoso.

En esto, ‘Avatar 2’ se diferencia claramente de otra película en secuela del todavía presente ejercicio fiscal, ‘Top Gun: Maverick’, su más directa competidora en recaudación, cuyo protagonista, Pete Mitchell, es un viejo piloto de caza que sigue luchando por libre, como su sobrenombre indica. Ahora bien, se trata de un fin de raza. La nueva generación (¿la sexta?) de cazas, a la que se acaba de incorporar el FCAS europeo (Future Combat Air System), llevará anejo a cada aparato –tripulado o no– un enjambre de drones. O sea que Tom Cruise lo va a tener crudo para montarse el triplete. En cambio, Cameron anuncia ya un ‘Avatar 3’ con ocho horas de metraje.

El enjambre: tal es la figura en la que palma la posmodernidad y nace otra era, la del ruido soberano. Es decir, la del zumbido inextinguible de un enjambre digital de zumbados. El posfilósofo Byung-Chul Han ha intentado esbozar su emergencia: «El enjambre [Schwarm] digital no es masa porque no implica alma o espíritu alguno». No hay en él nada parecido al hombre-masa de Ortega: «Los individuos que se unen en un enjambre digital no desarrollan ningún nosotros (…).El enjambre digital, por contraposición a la masa, no es coherente, no se manifiesta en una voz. Por eso se percibe solo como ruido» (‘En el enjambre’, Herder, 2021).

En ‘Yoga’ (2020), Emmanuel Carrère evocaba un símbolo crepuscular de la era del individuo autónomo: Blanchette, protagonista del cuento de Daudet ‘La cabra del señor Seguin’ (1866). A pesar de las advertencias de su amo, la cabrita tira al monte, donde, al final, se enfrenta al lobo, contra el que pelea valientemente durante una noche, antes de perecer agotada y ser devorada al alba. Carrère confesaba sentir todavía el miedo a que le comiera el lobo fuera del «calor del redil».

Por el contrario, Pascal Bruckner, en ‘Une brève éternité’ (2019), se había pronunciado, a propósito de la misma historia, contra el canguelo que subyace en toda moraleja: Blanchette «no se rinde, lucha hasta la extenuación, y esta batalla nocturna constituye toda la riqueza del cuento». Blanquita, la novia de Pumby, el primer gato superhéroe español creado por el historietista José Sanchís Grau en 1955, se llamaba así en honor de la heroina trágica de Alphonse Daudet. Ahora no hay de ese percal.