Miquel Escudero-El Debate
Entre 1895 y 1898, en Cuba perdieron la vida no menos de 55.000 soldados españoles, de los cuales el 70% falleció por enfermedad. En agosto de 1897, Michele Angiolillo descerrajó tres tiros al presidente Antonio Cánovas del Castillo, mientras este leía el diario en un banco del balneario de Santa Águeda, en Gipuzkoa. Angiolillo era un periodista anarquista italiano de 26 años, de quien se sospecha con fundamento que actuó como sicario, pero parece probable que ya no quede rastro de una prueba irrebatible. La vida es así. Detenido de inmediato, fue juzgado y su sentencia a muerte se efectuó solo doce días después del magnicidio.
Tomás Estrada Palma, quien en 1902 llegó a ser el primer presidente de Cuba, declaró entonces que el Partido Revolucionario Cubano no había tenido nada que ver con ese crimen y que lo rechazaba, pero no pudo dejar de decir que «el señor Cánovas lo provocó con su conducta». Una expresión que nos resulta familiar y que venía a justificar aquella acción homicida, pues se lo había buscado. Como es lógico, Estrada Palma evitó afirmar en público que la desaparición de Cánovas le facilitaba su plan secesionista. Echado en brazos de Estados Unidos, las concesiones a sus interesados protectores se sucedieron y determinaron el futuro de los cubanos, también el de los actuales. De nuevo, la razón histórica queda oscurecida por lo turbio y borroso. Hay que perseverar con la linterna.
Volviendo a la perspectiva española: Activado el turnismo de la Restauración, entró de presidente el liberal Práxedes Mateo-Sagasta, ingeniero de Caminos riojano que de ningún modo supo enderezar aquel grave estado de cosas.