Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • El Estado de Bienestar ha terminado en un Estado del Malestar por sus deméritos propios

Lo que la gente espera del Estado es, en el fondo, muy sencillo: seguridad. Todo lo demás que puede enumerarse, como una patria, calidad de vida, desarrollo económico, igualdad y libertad, solidaridad o lo que se prefiera, obedece esta regla: sin seguridad todo lo demás es imaginario, hipotético, tentativo. Hoy es humo de discursos políticos gastados.

Atravesamos una crisis de inseguridad donde un número creciente de personas perciben que el Estado no es capaz de cumplir sus promesas de seguridad, si no las ha traicionado. La crisis es mucho más profunda en las democracias que en las dictaduras, donde es difícil expresar algo que moleste al poder. Por eso hay más miedo al futuro en Berlín, París o Nueva York que en Moscú o Pekín. La inseguridad, de la que ya habla obsesivamente todo el mundo con historias de delincuencia creciente y crímenes impunes, ha devenido eje principal de la política, aunque aún no se quiera ver.

El abandono de los partidos tradicionales

En la política, la crisis de inseguridad se traduce en el abandono de los partidos tradicionales en beneficio de otros nuevos, a veces extremistas (como, por ejemplo, Podemos tras el 15M), pero en principio comprometidos con recuperar la seguridad y que, sobre todo, no forman parte del establishment.

El último episodio de esta migración es el triunfo de AfD en un pequeño, envejecido y relativamente pobre Land alemán oriental, Sajonia Anhalt. Como no se molesta en poner distancia con el fantasma del nazismo, es eurofóbico y prorruso, la opinión liberal ha saltado alarmada con esta victoria, quizás neonazi. Tampoco sería descabellado detectar un poco de neocomunismo, pues Sajonia Anhalt se ubica en la antigua RDA, la colonia soviética prusiana. Pero creo que tiene más que ver con el deseo de un Estado cerrado y protector, por tanto autoritario y eurofóbico, que en la nostalgia del pasado.

Verdades políticas universales 

Hay dos verdades políticas esenciales que la gran filosofía política moderna despejó más allá de toda duda: una es que el Estado intercambia seguridad por libertad personal, o monopolio de la violencia por violencia privada, y la otra que el principal móvil de la acción humana es la autopreservación o continuidad de la vida. Son verdades políticas universales e intemporales definidas por el inglés Thomas Hobbes y el holandés Baruch Spinoza.

Hobbes era partidario del Estado autoritario, pero su tesis esencial sirve para todos: lo que justifica la existencia del Estado y la obediencia a sus leyes es que nos garantice la seguridad indispensable para vivir; la alternativa, como es sabido, es la guerra de todos contra todos y la dictadura del más brutal, no del más justo ni mejor. Así que perder libertad para vengarse a cambio de la seguridad que ofrece el soberano es el principal bien político.

Spinoza puso los fundamentos de la democracia moderna, y no por optimismo antropológico, sino porque consideró evidente que el móvil universal de la acción humana es la conservación de la propia vida. Buscando seguridad los humanos se reúnen y aceptan un poder superior sobre ellos, el Estado, en una especie de pacto social. Y el Estado democrático es el mejor sistema político porque es racional y ofrece la seguridad y paz imprescindibles para el desarrollo de la libertad personal. Dicho de otra manera, si el Estado fracasa en dar la seguridad que lo justifica es un Estado fallido. Quizás ni merezca sobrevivir, como les ha pasado a tantos Estados a lo largo de la historia. 

El Estado degenerado de Sánchez

Si examinamos a la luz de este principio lo que está pasando en Ceuta, el Estado español, el nuestro, ha hecho dejación de su responsabilidad de dar seguridad, que es la forma hobbesiana de entender la soberanía. Está abandonando a los ciudadanos a los que prometió paz y seguridad a cambio de pagar impuestos, obedecer a las autoridades y cumplir sus leyes. En Ceuta no mandan el Estado de Hobbes ni el de Spinoza, sino el degenerado y corrupto de Sánchez, el anti-Leviatán. Es un fracaso histórico de la izquierda que fuera democrática.

Tras 1945 fue la izquierda socialdemócrata la que se esmeró en prometer seguridad, tan universal e igualitaria que la llamó Seguridad Social. El laborismo británico que derrotó en las urnas al mismísimo Churchill prometió un Estado paternal y benefactor que cuidara a la gente por igual, desde la cuna a la tumba, a cambio de ceder más control al Gobierno y de pagar más impuestos. 

Este programa repugna a las pocas almas liberales, pero es lo que desea la gran mayoría. Paradójicamente, fue esa izquierda la que olvidó el sensato objetivo de la seguridad cuando el crecimiento del bienestar generalizado extendió la falsa impresión de que seguridad y prosperidad estaban garantizadas por la propia inercia del sistema. No había que hacer nada para asegurarlas, sólo aumentar el tamaño del Estado y cobrar más impuestos.

La derecha liberal y conservadora se unió a la gozosa procesión. Nada más engañoso. La sucesión de crisis, agravadas por la adopción de políticas de Estado que ignoraban la seguridad, extendieron la impresión de que peligran la preservación de la propia existencia y el control de la vida social de la gente corriente. Es el caso de la política energética e industrial europea que han arruinado la industria y dejado la energía a merced del enemigo, el pacifismo tecnocrático o buenista que ha dejado a Europa en potencia militar dependiente, o la insensata idea de que cualquier inmigración, y en cualquier cantidad y plazo de tiempo, podía ser absorbida sin problemas por el Estado de Bienestar, disolvente universal.

Inmigración masiva y fulminante 

Así que el Estado de Bienestar ha terminado en un Estado del Malestar por sus deméritos propios y amenazas externas mal atendidas, como la inmigración masiva y fulminante, legal e ilegal, de millones de extraños en busca del Edén del Bienestar. Y los responsables no pueden esperar que se les encomiende la solución de la avería que han ignorado hasta ayer: véase a Merz clamando contra la regularización disparatada que Alemania lideró con Francia. 

En España, la gran migración al Malestar no está tan avanzada: Vox es moderado comparado con AfD, y el PP aguanta bien. Pero la aberración de Sánchez con Ceuta, aún tan lejos de ser comprendida y bien contestada, puede precipitar una alemanización de la política cuando lo único que importe a la gran mayoría sea recuperar la sensación de seguridad y control de sus vidas. O sea, del Estado.