Escocia

ARCADI ESPADA, EL MUNDO 04/02/14

No es cierto que el caso separatista de Escocia nada tenga que ver con el de Cataluña. Aun contando las peculiaridades tonales propias del caso lo cierto es que en Cataluña y Escocia se dicen las mismas venenosas bobadas nacionalistas, fundadas en la prevalencia de los muertos sobre los vivos y decoradas con la xenofobia más o menos suavizada que es propia al fenomenal asunto. Uno y otro proyecto comparten su raíz, esto es, dotar de Estado a lo que ellos llaman su nación, negando con el propio ejemplo la posibilidad de que convivan bajo una misma estructura estatal comunidades con alguna forma de diversidad cultural. Escocia, así, reacciona contra lo mismo que lo hace la reaccionaria Cataluña: contra la Europa fundada bajo el principio de que la identificación obligatoria entre naciones y estados es una idea peligrosa, ineficaz y hasta indecente.

Cuando Cameron acepta negociar la celebración de un referéndum (negociación para la que no es preciso cambiar una inexistente constitución británica: y esta sí es la gran diferencia con Cataluña) no actúa en nombre del interés europeo, sino en el del exclusivo interés interno. Sabe que su gesto va a ser aclamado como el de un demócrata verdadero y sabe, sobre todo, que va a quitarse de encima por algunos años el pelmazo ritornello nacionalista, porque va a ganar el referéndum y por amplio margen.

Sin embargo, el que Cameron, como la gran mayoría de dirigentes británicos, actúe con absoluta indiferencia respecto de los intereses europeos, cuando esos intereses no coinciden con los suyos, sospecho que debe animar la crítica de los europeos. Nadie duda de que el premier británico actúa del lado de la ley, como el presidente Rajoy; pero también es evidente que actúa en contra de Europa.

Y es sorprendente que el ministro Margallo, dedicado a los asuntos exteriores de España, no se lo recuerde en su entrevista de ayer en el Financial Times, escudado él también en la falacia de que el referéndum de Escocia es un asunto interno. Una falacia no sólo conceptual, sino pragmática: la mayor cuota de legitimación (falsa, pero eficaz) que están recibiendo los nacionalistas catalanes proviene de la convocatoria de ese referéndum escocés que el gobierno de España, y muy señaladamente el ministro Margallo, tiene la obligación política de impugnar, ya que no en la forma, en el fondo.