CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO-El Mundo

Y todavía hay quienes se preguntan cómo hemos llegado a este sucio rincón de la historia. Quizá se lo preguntara también el propio Rey el jueves, mientras cruzaba los campos de Gerona, tan bucólicos, tan beligerantes: caretas de elefante en evocación de la doble caída, al suelo y en desgracia, de Botsuana; efigies suyas hechas trizas y cenizas al borde del camino; muchos lazos amarillos, casi tantos como banderas estrelladas; y en el acto de la Fundación que ahora lleva el nombre de su hija y heredera, apenas un magro ministro, un navegante espacial.

Letizia, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? La respuesta está en los detalles que casi nadie recuerda.

En dos ocasiones ya, el partido de Pedro Sánchez ha declarado a Felipe VI persona non grata en Gerona. La primera vez fue el 24 de octubre de 2017. El pleno del ayuntamiento se reunió para votar cuatro lindas mociones presentadas conjuntamente por Esquerra Republicana y la CUP.

1. Contra la aplicación del infame artículo 155 de la Constitución.

2. Por la inmediata liberación de los heroicos líderes de Òmnium Cultural y la ANC.

3. En repudio de la brutal violencia policial del 1 de Octubre.

4. Para la proclamación de personas non gratas del delegado del Gobierno, nuestro paisano Enric Millo, y sobre todo del vil Borbón.

El PSC votó a favor de las tres primeras iniciativas. Sí, Señor. Y en la cuarta, uy, se abstuvo. La intervención de su portavoz, Silvia Paneque, fue un festival de la más pueril y sórdida equidistancia: «Esto no es un conflicto entre buenos ni malos». «Lo que hacen mal unos no justifica lo que hacen peor los otros». «Yo me siento catalana y socialista». Es decir, ni española ni facha.

Y el Rey, desterrado.

La segunda traición del PSC se consumó el 13 de marzo de 2018. Hace pocos telediarios. Y esta vez fue por activa. El grupo municipal de Ciudadanos en Gerona había presentado un recurso para anular la declaración de Felipe VI como persona non grata en la ciudad. Los servicios jurídicos del Ayuntamiento lo rechazaron y el pleno avaló sus conclusiones con un apoyo abrumador. Juntos y disueltos en el miasma no ya antimonárquico sino antidemocrático, los cuatro votitos del partido de Iceta, Batet y Borrell. La portavoz Paneque volvió a deslumbrar a la afición. Se quejó del empeño de los grupos en debatir asuntos relacionados con sus «creencias políticas», oh, y atacó a Ciudadanos por no respetar los acuerdos del pleno. Es decir, la denigración del Rey.

Que el nacionalismo fue y será una gran mentira, ya lo sé. En el quinientos seis y en el tres mil, también. Lo que no tenía por qué ser, y ha sido, es la asunción de parte de esas mentiras por los partidos e instituciones obligados a combatirlas. Lo han hecho para agradar. Para contemporizar. Para ganarse la paz, la piedad o al menos el perdón de los mentirosos. Y aquí la responsabilidad no es sólo del PSC, viejo escorpión.

La traición del socialismo no es tanto una consecuencia del discurso del Rey del 3 de octubre, como del carácter absolutamente excepcional de ese discurso. Del hecho de que nunca antes, en cuarenta años, los máximos responsables de la democracia española habían hablado de la situación en Cataluña sin tópicos, trivialidades ni subterfugios. Con la verdad que merecen y necesitan las sociedades adultas. El Rey lo hizo asomado al abismo, para frenar una revolución posmoderna. Y no lo ha vuelto a hacer. Tampoco el embajador Morenés.

Sigamos el orden cronológico. Primero, Washington.

Las loas al discurso de Pedro Morenés en respuesta a los insultos de Torra son un síntoma más de la orfandad española. Léanlo con cuidado. No es que no fuera ofensivo para nadie; es que fue netamente defensivo. En lugar de explicar todo lo que ha hecho el separatismo catalán contra la libertad y la ley, el embajador se empeñó en explicar lo que no hace la España constitucional. En coloquial: «Os lo juro, amigos americanos. Los españoles no aplastamos la diversidad, no prohibimos la lengua catalana, no violamos los derechos humanos, no encerramos a la gente por sus ideas, no somos el monstruo fascista que pintan los nuevos publicistas de la Leyenda negra. Y esto no lo digo yo, eh. Lo dicen Freedom House, The Economist, Amnistía Internacional, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos… Gentes, entes, de fuera, mucho más fiables que cualquier español».

Y junto con la auto-justificación doliente y defensiva, chorros de adulación barata. Estas frases hiperbólicas, alimento para el narcisismo nacionalista: «Celebramos la grandeza de la cultura catalana». «Presenciamos aquí una cultura milenaria». «Y esto es sólo una pequeña muestra de la enorme riqueza que atesoran las tradiciones, las expresiones artísticas y las creaciones del prolífico pueblo catalán a través de los siglos». Amén.

Visto lo visto, no sorprende tanto que el Smithsonian Institute decidiese suspender de un plumazo equidistante los dos discursos previstos para el día siguiente, el del camorrista y el del caballero. Si tú no te afirmas, ellos se abstienen.

Y ahora a los maizales de Vilablareix.

Al leer las palabras del Rey en la entrega de los premios de la Fundación Princesa de Gerona me acordé de una reciente crónica de Lucía Méndez: «Su intervención del 3 de octubre en la crisis catalana sigue pesándole sobre la espalda, ahora que se ha levantado el artículo 155». Eso parece, tristemente. Vuelven las frases largas y flácidas: «Cataluña, que tanto ama el catalán, que, en diálogo permanente, sincero y enriquecedor con el castellano, es un elemento sin el cual es imposible entender la cultura de esta tierra que tanto estima sus tradiciones». Vuelven los halagos en áspera contradicción con lo que ven y viven a diario millones de ciudadanos: «Cataluña, tierra de acogida, inclusiva e integradora, respetuosa con la diferencia, abierta y plural, que ha estado siempre a la vanguardia de la cultura y la economía». Vuelven el voluntarismo, la condescendencia y la fantasía. Es el discurso no sé si de un hombre pero sí de una institución replegada.

Más allá de cualquier anuncio o presagio sobre futuras cesiones a los golpistas –acercamientos de presos, indultos, reforma de la Constitución, lo que sea–, la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno ya ha tenido dos efectos deletéreos para la democracia española. Y no sólo porque se empeña en mantener su ofensiva cita con el camorrista, el próximo 9 de julio. En menos de un mes, Sánchez ha abortado el único intento de introducir elementos de verdad en el discurso público sobre lo que ocurre en Cataluña. Y ha logrado la desmovilización del espacio de la razón, ese que por primera vez tomó la calle después del asalto separatista de octubre. La oposición deambula dividida entre pasmados y postrados. Las asociaciones cívicas están calladas, inhibidas. Y la Corona ha vuelto a quedar reducida a ventrílocua de la posverdad. Es tradición que, rodeados por el fuego, los escorpiones –incluso jóvenes– acaben clavándose mortalmente el aguijón.