Ignacio Camacho-ABC
- A los cuadros socialistas se les ha hecho tarde para el remordimiento. Su miedo los vuelve avalistas morales de Zapatero
Están espantados pero inmóviles, refugiados en un silencio asustadizo. Apenas si se atreven a hablar en petit comité por temor a que sus compañeros los asocien a alguna clase de movimiento conspirativo. Se saben minoría en un ambiente de filas cerradas donde la consigna de resistencia y victimismo repele cualquier atisbo de pensamiento crítico. Esos alcaldes y concejales o militantes de base con legítimas aspiraciones de ascenso político saben que su futuro inmediato está cercenado por un fracaso electoral más que presentido, pero también son incapaces de rebelarse más allá de algún comentario tímido en el círculo de amigos. Avanzarán hasta el abismo y se precipitarán en él como si fuera su destino escrito. Así es la vida de los partidos.
El PSOE no recuperará ninguna autonomía ni ayuntamiento importante en las elecciones del próximo año. Tiene en riesgo los gobiernos navarro y asturiano, incluso el castellanomanchego, aunque la eventual caída de García-Page podría hasta causar regocijo en el puesto de mando. El poder territorial, que es el factor vertebrador del nervio orgánico, está amortizado como parte de una suicida estrategia de preservación del liderazgo. Sus candidatos son carne de cañón cuya misión consiste en sacrificarse para que los guionistas de la Moncloa escriban el relato de la batalla final contra la ultraderecha a costa de su descalabro. Y sin embargo siguen sin alzar la voz por miedo a verse señalados, quizá confiados en la volátil compensación de algún cargo.
Como máximo deslizan al oído de los periodistas un susurro lastimero para ver si el presidente se siente presionado por el descontento. Ingenuos. Aún no han comprendido que la organización a la que se apuntaron hace tiempo ha mudado de piel y de modelo bajo la dirección del mismo Pedro al que auparon en las primarias seducidos por su atrevimiento. Que ahora es sólo una sigla, una estructura hueca al servicio de un proyecto ajeno, el de la aventura frentista que ellos secundaron bajo el señuelo retórico de la alianza de progreso. Que ese instinto sectario de apoyo les convierte, a su pesar o con su consenso, en avalistas morales indirectos de Ábalos y Zapatero. Que ya ha caducado la oportunidad de que los remordimientos surtan efecto.
Si se adelantan las generales, como piden en tono bajo, no será por salvaguardar sus intereses sino los de Sánchez, si es que éste encuentra algún contexto favorecedor o llega a la conclusión de que le irá peor cuanto más tarde. O por la presión –improbable– de los socios vascos y catalanes, obligados por las circunstancias a optar entre prolongar el chantaje y comparecer ante su electorado como cómplices de una sarta de desmanes. La capacidad de distribución de recursos y de empleos reside en las instituciones locales y regionales, pero la mirada del líder apunta hacia otra parte: hacia su supervivencia personal, hacia la suerte judicial de sus familiares y hacia la vía de escape que le permita eludir la asunción de sus propias responsabilidades.