Teodoro León Gross-ABC

  • El sanchismo se maneja con un desparpajo estelar al desentenderse de sus responsabilidades para poner a un enemigo imaginario en la diana. Ahora es Ayuso, la favorita

Hay que tener un corazón de piedra para no sentir un aldabonazo en la conciencia ante el caso de Maricarmen. Y hay que tener un cerebro de chorlito para creer el relato de la izquierda sobre el caso de Maricarmen. La insensibilidad es un pecado capital, pero la estupidez, tanto o más. Maricarmen puede ser un símbolo de muchas cosas, pero no del problema de la vivienda, hoy primer problema nacional, cuando sólo era el decimoquinto en 2018. Sánchez ha tenido ocho años para enderezar la deriva, pero sólo ha llevado al desastre, con la inestimable ayuda de Sumar. «No va a haber más desahucios en España cuando haya un Gobierno socialista», proclamaba en 2015, ya elegido secretario general. Y no dejó de reiterar el eslogan. Qué ironía. Ocho años después, las doscientas mil viviendas que prometió son un bluf y hay veinticinco mil desahucios anuales. Repítaselo despacio: vein-ti-cin-co-mil. Sus rilas.

Sánchez, desde ONU, ha acelerado para fijar un relato, un marco oportunista: «desgraciadamente el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, más preocupados en comprar y vender con dinero público aticazos con 200 metros de terraza, han hecho caso omiso a una demanda social». O sea, misma táctica que con Ceuta. Al ser interrogado por los menores que vagaban por las calles, respondió displicentemente «eso, a Vivas». Y ahora ha venido a decir «eso, a Ayuso». Con un par. El sanchismo se maneja con un desparpajo estelar al desentenderse de sus responsabilidades para poner a un enemigo imaginario en la diana. Ahora es Ayuso, la favorita. Paradójicamente días atrás se suicidaba en Hospitalet una señora desahuciada, pero sin sentadas, ni tuits, ni golpes de pecho, ni alpiste para los pollos. Cataluña lidera, de largo, el ranking de desahucios, pero la obsesión es Madrid. Siempre han sido mejores encontrando enemigos que encontrando soluciones.

La vanidad de Sánchez lo llevó a proclamar tras la pandemia: «Hemos logrado acabar con la lacra de los desahucios». Y aquí estamos, con 24.540 sólo en 2025, uno de cada cuatro en Cataluña. Hay que tenerlos icosaédricos. Ninguna de las reformas del sanchismo hubiera impedido lo de Maricarmen, cuyo caso es de política social, no de vivienda. Ella disfrutaba un lujo de renta antigua en una zona cara de Madrid, un agravio hereditario del franquismo (¿no estaban contra los agravios hereditarios y más del franquismo?) incumpliendo la norma contra las subrogaciones de una ley socialista de 1994. En definitiva, ella llevaba años aferrada a una renta imposible. Las administraciones madrileñas le ofrecieron una plaza pública, pero la rechazó. A la empresa se le podrá reprochar que no haya sido flexible para negociar, pero no hay un marco legal propicio por desinterés del Gobierno sanchista. Eso sí, oye, todavía en 2027 tendrán el cuajo de presentarse como la alternativa a la derecha para solucionar el problema de la vivienda.