Ignacio Camacho-ABC
- La estimulación del frentismo ha roto demasiados vínculos para que el reencuentro nacional trascienda el ámbito futbolístico
En un país donde la mitad aproximada de los ciudadanos apoya o consiente que los independentistas sostengan e influyan en el poder ejecutivo, el nacionalismo español sigue estando mal visto salvo en la celebración de los éxitos futbolísticos. Y con reservas; algunos sociólogos relacionan el inesperado auge de ventas de la camiseta suplente de color blanquecino con un cierto pudor implícito para identificarse con la tradicional roja como símbolo colectivo. Aun así, la trayectoria de la selección en la Copa del Mundo es uno de los escasos acontecimientos capaces de lograr que en este tiempo de polarización los ciudadanos permanezcan unidos, se abracen con sus vecinos sin discutir por sus colores políticos y hasta tarareen con orgullo el himno.
El triunfo de 2010 en el campeonato de Sudáfrica provocó una explosión de optimismo tras muchas décadas de fracasos mundialistas. Una herencia de desaliento histórico arrastrada desde la generación del 98 había convertido a España en una sociedad atormentada por las dudas sobre sí misma, sobre su estructura identitaria siempre zarandeada por el perpetuo desafío separatista, sobre un destino perdedor que parecía encarnarse en las derrotas deportivas. Aquella victoria provocó una sacudida general de entusiasmo que devolvió al sentido de pertenencia un componente anímico de autoestima. Patriotismo superficial, si se quiere, quizá una simple explosión emotiva, pero también una inyección de alegría en una comunidad cargada de complejos fatalistas.
Algo de eso se percibe también estos días en nuestras calles, de nuevo pobladas por multitudes esperanzadas ante la expectativa de otro logro grande. La normalización de la bandera, exhibida con desenvoltura exultante, recupera una atmósfera de convivencia impregnada de un factor pasional capaz de pasar por encima de cualquier clase de conflictos diferenciales. Ese clima de encuentro ya es de por sí una novedad notable en medio de un disenso sociopolítico cada vez más profundo y de una crisis sistémica grave. Será provisional, intrascendente, irrelevante, pero no estamos para despreciar oportunidades de compartir objetivos aunque sean triviales. Que lo son, tampoco vale la pena autoengañarse.
Hace dieciséis años desde el gol de Iniesta y nosotros, como los amantes cansados de Neruda, ya no somos los mismos. Aquella dosis de energía positiva ha languidecido en una deriva de enfrentamientos cainitas, prejuicios arrojadizos y demonios frentistas redivivos. La estimulación artificial de la desavenencia interna ha roto demasiados vínculos sentimentales y cívicos para que la euforia pueda extenderse más allá de un arrebato efímero como un espejismo. Hoy son los argentinos quienes a pesar de haber ganado ya tres veces el trofeo se aferran a la ilusión del título para compensar la frustración ante la certidumbre de un Estado fallido. Si los españoles podemos celebrar este domingo la segunda estrella de nuestro equipo no deberíamos cometer el error de olvidar que vamos por el mismo camino.