Esperar a ver qué pasa

ABC 23/06/14
ISABEL SAN SEBASTIÁN

· La recepción del Palacio Real era un clamor de preocupación compartida por Cataluña

Día 11 de septiembre de 2001. Cuatro de la tarde aproximadamente, hora española. Un avión comercial se estrella contra una de las Torres Gemelas de Nueva York, mientras José María Aznar se encuentra volando, a bordo de un aparato de la Fuerza Aérea, en viaje oficial. En Madrid, un ministro recibe la primera noticia de alcance mientras imparte una conferencia. Decide no interrumpirla, aunque pide que le mantengan al corriente de lo que acontezca. Al cabo de unos minutos se le comunica que una segunda nave ha impactado contra la otra torre, prácticamente al mismo tiempo que un helicóptero (eso fue lo que se dijo en un principio) caía sobre el Pentágono. El ministro da por finalizada la charla y telefonea, alarmado, a Mariano Rajoy, a la sazón vicepresidente del Gobierno, en funciones de jefe del Ejecutivo dada la ausencia de Aznar. –Mariano, tenemos que informar al presidente. –No; ya sabes cuánto le molesta a él que se le llame a ese teléfono, que además se oye fatal. –¿Qué hacemos entonces? –Esperar a ver qué pasa. La anécdota, resumida a fin de extractar lo esencial de su significado, es tan real como la brutal masacre que la ocasionó. Tan fiel reflejo de lo ocurrido ese dramático 11-S-2001 en el Palacio de la Moncloa como reveladora de la personalidad de Mariano Rajoy, «el hombre que metía los problemas en un cajón».

Viene al caso recordar este episodio, que narrado ahora puede parecer hasta gracioso, porque el mismo espíritu que alumbró ese «esperar a ver qué pasa» un 11 de septiembre de 2001, cuando la gravedad de lo ya sucedido era extrema, es el mismo que prevalece hoy en el máximo responsable político de nuestro país y explica que se muestre tan reacio a reaccionar ante el formidable desafío secesionista que tenemos planteado. Esa confianza ciega en que el tiempo, por sí solo, acaba poniéndolo todo en su lugar; esa íntima convicción de que resistir es garantía de ganar, empuja a Mariano Rajoy a dejar que las cosas se pudran hasta límites nunca vistos y de muy difícil vuelta atrás. Algunos aduladores del poder denominan a esa actitud «magistral dominio de los tiempos». Otros vemos en ella signos evidentes de irresponsabilidad.

La recepción celebrada el pasado día diecinueve en el Palacio Real, tras la proclamación del Rey Felipe VI, era, a este respecto, un clamor unánime de preocupación compartida. Unos a otros nos formulábamos la misma pregunta, con idéntica necesidad de luz: ¿qué va a pasar en Cataluña? Empresarios, periodistas, gentes del mundo de la cultura, políticos del PP con rangos tan elevados como el de miembro del Gabinete o presidente autonómico nos interrogábamos entre nosotros, sin hallar otra respuesta que la conocida: Nadie lo sabe. Prácticamente todos coincidíamos en diagnosticar la extrema gravedad de la situación alcanzada, que superó hace mucho el control del propio Artur Mas. Todos constatábamos que el 9 de noviembre está a la vuelta de la esquina, con ese referéndum ilegal al que llaman «consulta» planeando sobre la precaria estabilidad de una España que trata de levantar la cabeza. Algunos subrayábamos que Íñigo Urkullu permanece agazapado en un prudente segundo plano, aguardando acontecimientos con la firme intención de aprovechar al instante el rebufo secesionista catalán. Unos y otros apuntábamos fórmulas que habrían resultado útiles hace meses o años, pero que ahora llegarían demasiado tarde. Nadie entendía la parálisis gubernamental. Fui de un corrillo a otro en busca de esperanza, de una idea o un indicio a los que agarrarme para convencerme a mí misma de que, tal como nos dijeron en su día, existe un plan perfectamente trazado con el que parar los pies a los separatistas. No hallé rastro de ese plan ni constancia de su existencia. Únicamente inquietud ante la probabilidad de que esté a punto de pasar algo irreparable, dado que todo lo sucedido hasta ahora ha pasado como si no pasara nada.