FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • El peor mensaje que puede salir del debate es que el sistema político está al servicio de los partidos, no del interés general; que sus cuitas particulares importan más que el bienestar de todos

Una de las lecciones de las crisis económicas anteriores, como la que surgió tras el colapso de Lehmann Brothers, es que los gobiernos en ejercicio, los encargados de resolverlas, fueron apartados por los ciudadanos a la más mínima oportunidad. Salvo Merkel, gracias a la rigidez de su ministro Schäuble, todos fueron engullidos por el desaliento ciudadano. Seguimos siendo sociedades culturalmente cristianas, el mundo no nos es accesible sin las nociones de culpa y expiación. Necesitamos que alguien con nombre y apellidos pueda ser apuntado como responsable. Y a estos efectos tiene poco recorrido el parapetarse detrás del señalamiento a los imperativos sistémicos, al coronavirus, a Putin o a lo que sea que nos trastoque una imputación de culpabilidad “familiar”, próxima, reconocible. Si los políticos tienden a ponerse medallas cuando las cosas van bien, muchas veces gracias a una coyuntura internacional favorable, ¿cómo van a ser creídos cuando se escudan en causas exógenas si las cosas vienen mal dadas?

No, no lo tienen nada fácil los speechwriters de La Moncloa de cara al próximo debate sobre el estado de la nación. Este cierra el curso político con una traca final. Será el último acto en el que la política consiga captar nuestra atención. Luego viene ya sin solución de continuidad el carpe diem vacacional hasta que retornemos a la inhóspita rutina de la inflación galopante y su efecto sobre la nueva vida cotidiana. Para entonces lo que esta semana se nos escenifique en el Congreso habrá caído en el olvido. Todo salvo las promesas. Por eso, en tiempos de incertidumbre es casi mejor ni mentarlas, porque de no poder cumplirse alimentarán aún más la frustración. Más vale recurrir a alguna versión del sangre, sudor y lágrimas. Tampoco servirán demasiado las justificaciones que expliquen cómo hemos llegado hasta aquí; interesa el cómo se argumente lo que se vaya a hacer a partir de ahora, no las disquisiciones sobre el pasado inmediato.

En todo caso, la credibilidad del Gobierno estará en función de su capacidad para mostrarse unido. Cuando aprieta el miedo, este solo puede ser aliviado sintiendo al liderazgo cohesionado, actuando al unísono. Y aquí los precedentes, hasta la antesala misma del debate, no le son nada favorables. En crisis como esta, lo que menos le importa al ciudadano común es lo que vaya a poder ganar del debate este u otro partido, lo que espera son soluciones para resolver problemas concretos. Es muy probable que nos encontremos lo contrario; cada partido aprovechará los focos para pavonearse y marcar distancias frente a los otros, y esto puede ser letal para el Gobierno si en su alianza parlamentaria (y gubernamental) cada cual va su bola.

El peor mensaje que puede salir del debate es que el sistema político está al servicio de los partidos, no del interés general; que sus cuitas particulares importan más que el bienestar de todos. Porque, como digo, al final será evaluado en términos de actores políticos ganadores y perdedores. Tanto hemos interiorizado sus prácticas, que el objeto de la sesión, el “estado de la nación”, pasará a un segundo plano. Los análisis se concentrarán en diagnosticar la salud de cada uno de los partidos, el índice de polarización entre unos u otros o las expectativas de la oposición a partir de ahora. Es casi inevitable. Pero si la conclusión a la que llegamos es que quienes deberían resolvernos los problemas no dan la talla, han devenido en otro problema más, es cuando de verdad tendremos razones para preocuparnos de verdad. No quiero prejuzgar. Estaremos expectantes.