Pedro J. Ramírez-EL ESPAÑOL

¿Qué clase de cadena es el poder que cuanto más ciñe y desgarra, cuanto más sofoca y ahoga, más apego y adicción produce? Acabábamos de recordar, en el cincuentenario de Watergate, la patética imagen de Nixon abriendo los brazos en señal de victoria, tras tener que abandonar la Casa Blanca al cabo de dos años de tormento e ignominia, y nos topamos este jueves con Boris Johnson a la puerta de Downing Street, agujereado por las puñaladas de docenas de dimisiones, forrado a patadas y lleno de moratones, pero proclamando que abandona «el mejor trabajo del mundo»… y aferrándose dos meses más al cargo.

El denominador común de la caída de ambos demagogos, agarrados al cetro y al armiño hasta el instante postrero, es la mancha indeleble de la mentira. Ni Nixon ni Johnson robaron, mataron o abocaron a sus grandes naciones a calamidades punibles. Simplemente trataron de tapar pequeños escándalos -la intrusión en aquel hotel, esas ‘fiestuquis’ prohibidas durante la pandemia- con falsedades que, a fuerza de reiteradas, terminaron haciéndose más grandes que ellos.

En España poco importa si resulta inverosímil que el jefe del Gobierno no supiera que el actual presidente de la Generalitat había sido investigado por orden judicial estando ya él en la Moncloa. Poco importa si parece imposible creer que, cuando Sánchez describió lo de Melilla como un asunto «bien resuelto», no hubiera visto los vídeos que llevaban horas circulando por las redes o no hubiera sido al menos informado de las circunstancias de las muertes al pie de la valla.

«Me sorprende que a Feijóo le sorprenda que Sánchez lidere el Gobierno ‘sin otro norte que la supervivencia’: era el rumbo de la brújula de Rajoy»

Desde los tiempos del felipismo, nuestra cultura política está asentada en dar por válido que los máximos responsables siempre se enteran por los periódicos de todo aquello que les resulta embarazoso y parece lógico que conocieran de antemano.

La justificación más manida de esta disparidad es que la ética protestante es más estricta que la de los países meridionales, al basar la confianza pública en la transparencia y la credibilidad. Pero la clave está en la separación de poderes.

De nada le sirvió a Nixon, y de nada le ha servido a Johnson apelar al público recordando el abrumador mandato popular que uno y otro obtuvieron en las urnas. En una democracia representativa auténtica es el poder legislativo quien controla al ejecutivo.

[La cadena de mentiras con la que se ha ahorcado Boris Johnson]

Tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido los parlamentarios no dependen de sus jefes sino de los electores de su distrito. Y es su percepción del juicio moral de la opinión en cada calle lo que orienta su conducta. Por eso los republicanos echaron a Nixon y los conservadores han echado a Boris Johnson. Como dijo en sus palabras de renuncia, «cuando se mueve la manada no hay quien la pare».

En el extremo opuesto está el mirar para otro lado del grupo socialista durante los años de plomo del crimen de Estado y la corrupción de Filesa e Ibercorp, e incluso el aplauso atronador del grupo popular cuando Rajoy proclamó aquel «me equivoqué» como única explicación de la trama de financiación ilegal del partido. En España la manada parlamentaria no se mueve nunca porque al llegar al poder se vuelve rebaño.

La impunidad política está garantizada hasta las nuevas urnas. A lo máximo que se llega, cuando el jefe hace algo rematadamente mal, es a que tiene ‘problemas de comunicación’. Por eso me sorprende que a Feijóo le sorprenda que Sánchez lidere hoy el Gobierno «sin otro norte que la supervivencia». Ese mismo era el rumbo de la brújula de Rajoy.

Y por desgracia todos somos rehenes ya del calendario electoral.

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Es cierto que el caso de Sánchez tiene la singularidad de que nadie ha «sobrevivido» tanto con tan pocos escaños y apoyos externos tan incongruentes entre sí. Quién nos iba a decir que veríamos un gobierno con ministros comunistas, pactando con Bildu nada menos que la Ley de la Memoria Democrática, mientras obtiene los parabienes de la Comisión Europea, el Consejo Atlántico y la Casa Blanca.

He vuelto a ver varias de las películas inspiradas en las novelas de Patricia Highsmith que forman la saga de Tom Ripley y, si excluimos la sangre, el asesinato, la violencia y la vileza, debo decir que he reconocido a menudo a Pedro Sánchez en el protagonista. No me refiero a su condición ética -a estos efectos daría igual que hubiera orientado sus dones a la filantropía- sino al desdoblamiento de su personalidad.

Con permiso de René Clément, Wim Wenders y Liliana Cavani, fue Anthony Minghella quien mejor captó esa “di-versión”, en el sentido que empleaba Ortega, en El talento de Mr. Ripley (1999). Todo comienza en el momento en que alguien confunde al avispado chico pobre de la chaqueta de pana con el multimillonario indolente al que su padre ha encargado ir a buscar a Italia. Tom Ripley se da cuenta de que le gusta encarnar a Dickie Greenleaf y de que es capaz de ser ambos al mismo tiempo.

«El talento de Mr. Ripley consistía en cambiar la pana por el esmoquin, de manera entrelazada, tantas veces como lo exigía el guion»

Gallardón recuerda que, cuando era alcalde, el concejal “más de derechas” del grupo municipal del PSOE era Pedro Sánchez. Tal vez por eso decía en 2019 que la mera idea de gobernar con Podemos le “quitaba el sueño”. Pero en estos dos años y medio que lleva haciéndolo, ni un solo día se ha despertado con ojeras. Ahora resulta que es tan de “izquierdas” -y así le ve gran parte de la sociedad- como para sentirse muy cómodo alanceando a los “poderes oscuros” de las grandes empresas y sus “terminales mediáticas” o poniéndose cualquier medalla del gasto social auspiciado por Podemos a costa de generar más deuda.

Sin embargo, ha sido Pablo Iglesias quien al hacer balance de su relación dijo en marzo que “no hay nada más imprudente que fiarse de Sánchez”. El último detonante había sido el viraje sobre el Sáhara, pero Yolanda Díaz acaba de sugerir lo mismo en relación con el inesperado aumento del gasto militar. Algo comprometido con los miembros de la OTAN, dentro del mismo paquete de los dos nuevos destructores que los Estados Unidos instalarán en Rota para escándalo de la izquierda flower power.

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El talento de Mr. Ripley consistía en cambiar la pana por el esmoquin, de manera entrelazada, tantas veces como lo exigía el guion. No porque el doctor Jekyll se convirtiera en Mr. Hyde, sino porque había conseguido ser Tom y Dickie al mismo tiempo y le bastaba entonar una u otra voz según lo que esperaba el interlocutor. Y la voz arrastraba todo lo demás.

Su virtuosismo llegaba hasta el extremo de mantener dos citas en la misma terraza romana con pocos minutos de diferencia, una como Ripley y otra como Greenleaf. O de representar ambos papeles en los pasillos de la ópera con dos mujeres distintas: una creía que era Tom, la otra que era Dickie.

Es lo mismo que sucede cuando Sánchez acude a un acto como el del aniversario de Miguel Ángel Blanco, pocos días después de pactar con Bildu algo que afecta a la propia sustancia de los motivos por los que el edil del PP fue asesinado. O cuando Sánchez respalda sin solución de continuidad los desvelos de su vicepresidenta primera para promover un pacto de rentas entre la patronal y los sindicatos y los de su vicepresidenta segunda por dinamitarlo.

«Acabamos de comprobar que Mr. Sánchez ya es prisionero de su propio impulso»

¿Se puede confundir a todo el mundo todo el tiempo? La tesis de Patricia Highsmith es muy irónica porque viene a decir que, “de momento”, sí. Pero a costa de tener que duplicar la apuesta de la angustia cada vez que el dilema o, mejor dicho, la necesidad de la “supervivencia” choca con un nuevo obstáculo.

Mr. Ripley cruza el punto de no retorno cuando tiene que liquidar a Dickie para poder ser Dickie. Es decir, cuando tiene que esconder a Tom para que perviva Tom. La pregunta es si Mr. Sánchez ha dado ya ese paso cuando ha fingido ignorar la gravedad de la conducta de Aragonés, la trascendencia de pactar el relato histórico con Bildu o las consecuencias de asumir la autodeterminación de género de la reputada antropóloga y filósofa de la historia Irene Montero.

En apariencia, sí. De momento, sí. El mismo lo verbalizó el 18 de abril, enmendándole la plana a su número dos Félix Bolaños que había osado hablar de pactos de “gobernabilidad” con el PP: “O hay un gobierno de coalición progresista, liderado por el PSOE, con lo que representa el espacio de Yolanda Díaz o gobierna la ultraderecha”.

[Sánchez asume las tesis de Iglesias y cambia el miedo a Vox por la «conspiración de los poderes oscuros»]

Era una manera de volar los puentes hacia el repliegue centrista de los acuerdos de Estado con el PP y apostarlo todo al frentismo. Quedaba por ver lo que ocurriría si a las primeras de cambio fallaba esa ecuación, como de hecho ha ocurrido en Andalucía.

Pues bien, acabamos de comprobar que Mr. Sánchez ya es prisionero de su propio impulso. Si para que Feijóo y Juanma Moreno representen a la “ultraderecha” -aunque lleven camino de aniquilarla- es necesario inventar la “conspiración de los puros”, no será por falta de “terminales mediáticas” e insistencia narrativa.

Como dice Tom Ripley, “prefiero ser alguien importante falso que un don nadie verdadero”.

Aunque año y medio da para mucho, Mr. Sánchez parece ya condenado a comparecer a las elecciones generales como el socio permanente de Esquerra, Bildu y Podemos. Algo que no ocurrió las tres veces anteriores. De ahí que su gran esperanza sea que Vox reviva en las municipales y autonómicas y haya pactos puntuales con el PP que restablezcan su relato.

Pero eso tampoco significa que vaya a dejar de convocar a los grandes empresarios este año y el próximo, como cada 1 de septiembre, para fomentar la confianza inversora que él mismo no tendrá más remedio que seguir erosionando. O, menos aún, que vaya a desaprovechar el semestre de la presidencia europea para volver a jugar a ser Macron, tras comportarse tan a menudo como Mélenchon.

¿Se puede vivir constantemente así? Mr. Sánchez lleva ya siete años haciéndolo -en 2015 pidió cerrar el Ministerio de Defensa y poco después se presentó bajo la mayor bandera rojigualda que vieran los siglos- y ni siquiera ha sufrido el más leve ataque de prosopagnosia, la enfermedad que te hace confundir las caras. Siempre ha sido Tom con quienes esperaban ver a Tom y Dickie con quienes esperaban ver a Dickie.

«Por duro que suene, lo único peor que perder las próximas elecciones será ganarlas con promesas incumplibles»

Una de las grandes incógnitas es si Yolanda Díaz aguantará el ritmo de tanta ducha escocesa. Condiciones para la representación no le faltan, pero Mr. Sánchez sólo hay uno. No es lo mismo subirse en la vespa de Matt Damon como hace Gwyneth Paltrow y servir de contrapeso en las primeras curvas, para volver a enderezarse cuando toca -mini reforma laboral mediante-, que aguantar el vértigo de lo que viene, con ‘el Coletas’ y sus adoratrices vigilando su megalomanía de jardín de infancia.

Es verdad que bautizar como Sumar algo que desde el primer día resta a los que deja en casa tiene su mérito, pero comparada con Mr. Sánchez su rubia acompañante es una aficionada. Lo más fascinante del héroe de Patricia Highsmith es que cada uno de sus triunfos hace más empinado su calvario. Es una ficción en la que el seductor siempre gana para tener que sufrir siempre más. Sólo un escenario de inflación, estancamiento, subida de tipos, deuda al 120% del PIB y compromiso de revalorizar las pensiones a la par que el IPC puede parecerse a eso.

Por duro que suene, todo indica que, si no media un milagro, lo único peor que perder las próximas elecciones será ganarlas con promesas incumplibles. Pero es precisamente en ese momento terrible en el que el vae victis se convierte en vae victoribus, cuando Mr. Ripley exhibe su mejor sonrisa ante la cámara: “He tomado una decisión, disfrutaré de lo que tengo hasta que se termine”. Como Boris. Como casi todos los abnegados esclavos del deber.