Felipe Benítez Reyes-El Correo

  • A pesar de que el asunto pinta regular y de que él mismo esté convirtiéndose en su peor enemigo: cada vez que procura dar explicaciones, acaba generando confusiones

Aunque se dé por hecho que las apariencias engañan, el caso es que no dejan de ser apariencias, según la amarga lección de realidad que ha aprendido recientemente el expresidente ZP. Espero que, por su bien y el de los suyos, las apariencias no acaben convertidas en evidencias, a pesar de que el asunto pinta regular y de que él mismo esté convirtiéndose en su peor enemigo: cada vez que procura dar explicaciones, acaba generando confusiones. Con respecto a las joyas, por ejemplo, se lía un poco más de la cuenta por querer simplificar el asunto: «Estaban ahí y nada más». Bueno, sí y no. Depende. ¿»Estaban»? Ya puesto, podría decir que las heredó de su antepasado vallisoletano Alí Babá. O que fueron el «regalo de cortesía personal» del visir de un país exótico que solo desvelará ante el juez, para así mantener la intriga, aunque yo apostaría, no sé, por Uzbekistán, y en concreto por la ciudad de Samarcanda, escenario de los relatos fantasiosos de «Las mil y una noches», donde no es imposible que un manojo de joyas contenga una maldición por arte de maligno encantamiento, pues son muchos allí los nigromantes que practican traviesamente ese tipo de hechicerías.

Asegura el expresidente que las joyas no tuvieron «ni uso ni destino», y, al menos en lo que se refiere al uso, pongo mi mano en el fuego por él, como ha hecho el Gobierno en bloque: estoy convencido de que Zapatero jamás se ha puesto esas joyas, ni en público ni en privado. Incluso diré más: como se descubra finalmente que no es culpable de los delitos y tejemanejes que se le sospechan, y ojalá sea así, los españoles, aparte de sentirnos unos miserables, tendremos el deber no solo de pedirle perdón, sino también el de restituirle la condición de santo por lo civil que le atribuyen los suyos.

Pero este lío de las joyas no debe hacernos olvidar que estamos en deuda moral con Puigdemont, que acaba de denunciar a España ante la Comisión Europea y que ha tildado las celebraciones del triunfo de nuestra selección de fútbol nada menos que de «orgía nacionalista», sin acordarse tal vez de aquella orgía que promovió él en el año 2017 y que dio por clausurada cuando los participantes estaban aún en ropa interior, pues ni tiempo les dio a desnudarse del todo para disfrutar de los beneficios orgiásticos de la independencia.

Y es que las cabezas son muy complejas por dentro. Por ejemplo, hay argentinos convencidos de que perdieron el mundial por presiones del FBI. Otros achacan la derrota al hecho espeluznante de que los jugadores de Scaloni fueron víctimas de la magia negra. Tampoco falta quien da por hecho que el balón estaba controlado por un chip para beneficiar a los españoles.

Y así vamos tirando, en fin. Como se puede. Conviviendo con nuestro congéneres en perfecta armonía. Más o menos.