Agustín Valladolid-Vozpópuli
- La próxima semana, en su balance anual, Pedro Sánchez volverá a mirar para otro lado en un nuevo y premeditado ejercicio de alteración de la realidad
Janet Malcolm escribió en El periodista y el asesino, publicado inicialmente en The New Yorker (1990), que el autor de ficción “es el dueño de su propia casa y puede hacer en ella lo que se le antoje; hasta puede derribarla si se siente inclinado a ello”. Pensado para describir la libertad del novelista frente a la exigencia de rigor del periodista, el aserto también podría servir para explicar ciertas prácticas aplicadas a la política entendida como la sugestión del relato. Durante estos tres años de legislatura, Pedro Sánchez ha gobernado como quien escribe una novela ficticia basada en hechos reales, convencido de que la realidad puede editarse, corregirse o incluso suprimirse si desmiente el guion preestablecido.
Desde el 23 de julio de 2023 en España han pasado muchas cosas, pero si debiéramos elegir la de mayor impacto político, esta sería sin duda el debilitamiento del edificio constitucional a cargo del inquilino. La ley de amnistía, las modificaciones unilaterales de leyes básicas de nuestro ordenamiento jurídico o la puesta en marcha de un modelo de financiación alejado del principio de solidaridad interterritorial son algunos de los muros de carga derribados para, paradójicamente, sostener en pie una legislatura que empezó muy pronto a agonizar.
La próxima semana, en su balance anual, Pedro Sánchez no se referirá a la decisión estructural de pactar en Gobierno de la nación con los enemigos de la nación, y dejará fuera del análisis de situación la magnitud de la corrupción conocida, que es mucho dejar. Hará lo de siempre: alimentar a la grey con un relato en el que mezclará ficción y verdad. Con su habitual optimismo antropológico dirá que España va como nunca ha ido, que el gobierno progresista es el único que garantiza la protección de los más débiles y que hay que parar a la ultraderecha.
Dos de esas tres afirmaciones no son verdad, o al menos están sujetas a seria discusión. La tercera sería un objetivo conveniente, sobre todo si no se hubiera estimulado su progresión desde el poder. En todo caso, dejo aquí unos apuntes sobre los asuntos que preocupan a la España real, que no a la imaginada, por si Sánchez, en su comparecencia, los quiere utilizar.
La economía
Asunto nuclear de cualquier política. La narrativa oficial presenta a España como una historia de éxito. Solo es verdad en parte; y pequeña. Y difícil de creer, después de tres años sin presupuestos. Pero lo intentan. El crecimiento supera la media de la Unión Europea. Cierto. Así lo certifican la OCDE y el Fondo Monetario Internacional: 3,2% en 2024; 2,8% en 2025. Y récord de empleo. Pero los grandes números ocultan realidades no tan favorables. El propio FMI señala los atajos. El crecimiento tiene mucho de coyuntural: son el gasto público y la inmigración los factores que entre 2022 y 2025 explican las tres cuartas partes del aumento del empleo.
La inversión estatal se ha disparado en estos años un 51%, seis veces más que la privada. Y sin embargo la productividad no despega, los salarios siguen estancados y el PIB per cápita se mantiene en torno a ocho puntos por debajo de la media de la Unión Europea; como hace 30 años. La desigualdad apenas se ha reducido -30,8 puntos, según el Índice de Gini– y la eficacia del llamado “escudo social” no ha sido ni mucho menos la esperada: uno de cada cuatro españoles sigue en riesgo de pobreza o exclusión. Todo ello a pesar del dopaje de los fondos europeos.
(Libro recomendado: Cómo mentir con estadísticas, de Darrell Huff)
El empleo y la vivienda
FEDEA reconoce que la reforma laboral transformó los patrones de contratación y redujo la brecha de acceso a contratos indefinidos, pero advierte que la estabilidad real no ha avanzado: muchos de esos contratos “fijos” encubren empleos de corta duración, con una rotación que erosiona la seguridad laboral. La duración media de los contratos para menores de 30 años ha caído de 250 a 150 días. La ficción del empleo estable se desvanece en la estadística. FEDEA propone un sistema bonus‑malus para penalizar la rotación excesiva, pero el Gobierno prefiere mantener el relato de la “revolución laboral” como símbolo de justicia social.
Los expertos cifran que un trabajador medio destina hoy un 50% de su sueldo bruto da pagar el alquiler de una vivienda (tres puntos más que en 2024); o el 22,6% de la renta neta si a lo que tiene que hacer frente es al coste de una hipoteca. En paralelo, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) constata en su quinto análisis que el 51% de los hogares perceptores del Ingreso Mínimo Vital (IMV) cobra simultáneamente otra prestación pública y el 16% combina tres o más ayudas. El organismo advierte de que este solapamiento actúa como un fuerte desincentivo para la aceptación de un empleo.
El Gobierno propone a Yolanda Díaz como directora de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Ficción de la buena.
(El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin)
Las instituciones
Es aquí donde la distancia entre el relato regenerador y la realidad es más notoria. Y grave. La Comisión Europea y la Comisión de Venecia han advertido del deterioro del Estado de Derecho y de la independencia judicial. Transparencia Internacional sitúa a España en su peor posición desde 2001, y el informe GRECO del Consejo de Europa señala que ninguna de las recomendaciones anticorrupción de 2019 ha sido del todo implementada.
Los indisimulados intentos de control de los órganos reguladores, la presión sobre el Poder Judicial, el uso meramente instrumental del Parlamento… Los casos Koldo, Ábalos, Santos Cerdán, o el de un Zapatero torpe y desobediente, junto a los añadidos de la condena del hermano del presidente y el próximo juicio a Begoña Gómez, dibujan un escenario de máximo descrédito e intolerable supervivencia.
(Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt)
La política exterior
Este apartado se lo dejo a la prensa internacional. El reconocimiento de Palestina, la ayuda a Ucrania, la retórica antitrumpista y la defensa de la agenda climática son gestos que proyectan una imagen de liderazgo progresista. Pero los medios internacionales –Financial Times, The Economist, Reuters– han empezado a desmontar esa narrativa. The Economist pidió elecciones anticipadas; Financial Times habló de “erosión de autoridad”; Reuters describió a Sánchez como un líder “que se queda sin margen de maniobra”. La ficción del estadista global se enfrenta al desgaste de la realidad doméstica. La prensa extranjera no pide su dimisión, pero retrata un poder agotado, sostenido por el relato más que por los hechos.
(La diplomacia, de Harold Nicolson)
El partido
La metamorfosis del PSOE empezó con Rodríguez Zapatero, pero la transmutación definitiva la ejecutó Pedro Sánchez después de doblarle el pulso a los “viejos”: cambio de estatutos para configurar un partido en el que la uniformidad de pensamiento es requisito imprescindible para el ascenso; para frenar cualquier amago de rebelión interna y blindar el liderazgo. Los episodios de estos tres últimos años han evidenciado la profundidad de la alteración, que impide, a pesar de la gravedad de lo hasta ahora conocido, ninguna variación sustancial ni de políticas ni de caras.
El PSOE, hoy, es Sánchez y solo Sánchez, por muchas trampas que se hagan sus afiliados y cuadros al solitario. La condena y procesamientos de sus últimos lugartenientes, el empleo de métodos gansteriles para desacreditar a jueces, fiscales y otros actores considerados como adversarios, más el desvanecimiento del faro moral de la izquierda, ha desnudado al partido dejando en manos de la parte sana, la que, salvo excepciones, resiste política local, la red de seguridad que podría evitar el colapso.
(La corrupción política, de Donatella della Porta y Alberto Vannucci)
Corolario
Janet Malcom: “El autor de obras no ficticias es sólo un inquilino que debe atenerse a las condiciones de su contrato de arrendamiento, el cual estipula que debe dejar la casa -cuyo nombre es La Realidad- tal como la encontró”.
(Qué hacer con España, César Molinas)