Fernando Díaz Villanueva-Vozpópuli

  • La Organización Atlántica no es un sindicato de matones al servicio de las guerras que decida hacer la Casa Blanca

La relación que Estados Unidos y los países europeos mantienen desde hace casi ocho décadas es lo más parecido a un matrimonio estratégico, un matrimonio que lleva un tiempo atravesando momentos complicados. Ese matrimonio tiene nombre, lo llamamos la OTAN. Los problemas empezaron hace tiempo, más tiempo del que pensamos. Cuando hace seis años la OTAN cumplió 70 años fueron muchos los que se preguntaron si seguía teniendo sentido en un mundo tan diferente al de 1949, momento en el que, por iniciativa de EEUU, nació esa alianza militar que acogía a un puñado de países de Europa Occidental (10 en total) a Canadá y a EEUU. El grupo fue creciendo con los años y hoy son 32 los miembros.

En aquel entonces (han pasado solo seis años pero se diría que han pasado 25) se decía que la OTAN había perdido su razón de ser, que el bloque del este había desaparecido 30 años antes y no había una amenaza tangible en el horizonte. Si que la había, pero los europeos no la percibían en aquel momento. La crisis del 70 aniversario vino motivada porque en EEUU gobernaba Donald Trump, que no le tenía (y le sigue sin tener) mucho aprecio a la alianza. Acusaba a sus socios europeos de no gastar lo suficiente en defensa y de no tener una idea clara de los cambios que se habían producido en el mundo. Eso mismo, aunque de forma más suave, ya se lo había dicho años antes Barack Obama, pero la Europa de 2019 no quería gastar en defensa, sus gobiernos no lo consideraban necesario. Llegó luego la pandemia, la guerra de Ucrania y Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025. Todo fue yendo a peor. Pero ha sido la guerra de Irán la que ha puesto sobre la mesa, por primera vez con todas las letras, la palabra que nadie quería pronunciar, la de la separación.

Ahora es otra cosa

Y no lo digo yo, lo dice Donald Trump, que últimamente anda que trina con sus socios europeos. El presidente ha confesado sentir «asco» por unos aliados que se han negado en redondo a acompañarle en su aventura junto a Israel. Y ya no se limita a refunfuñar en privado con sus asesores, lo suelta en entrevistas, lo tuitea en mayúsculas y lo comenta con los periodistas que le quieren escuchar, que son muchos. «Cobardes, y lo recordaremos», escribió hace unos días en un arrebato que dejó heladas a todas las cancillerías europeas. Durante años la principal queja de Trump contra la OTAN era de tipo contable. Que si los europeos no pagaban lo suyo, que si vivían del cuento a costa del contribuyente de Ohio, que si el tío Sam hacía de gendarme gratis et amore. Era una discusión casi doméstica, sobre quien pagaba la factura, un asunto familiar que no podía en duda la alianza, en todo caso trataba de optimizar el reparto de las cargas. Pero lo de ahora es otra cosa. Ahora Trump ya no discute cuánto pone cada uno en el bote común, discute si el bote común tiene sentido. Y eso pone en riesgo la misma existencia de la OTAN.

La lógica trumpiana, expuesta de esa manera tan directa que tanto escandaliza a los diplomáticos de carrera, viene a decir lo siguiente: si Estados Unidos pone las manos en el fuego por la seguridad de Europa, lo mínimo que puede esperar es que los europeos pongan alguna mano en el fuego por los intereses estadounidense en Oriente Medio. Quid pro quo, y si no no lo hay entonces no hay OTAN, o al menos no hay la OTAN que conocimos. La semana pasada Trump le dijo al Telegraph con esa mezcla de despecho, socarronería y mentiras que es tan suya que siempre habían estado ahí por ellos pero que ellos no habían estado por él. Según él, la ayuda europea en el estrecho de Ormuz debería haber sido «automática», igual que la americana lo fue con Ucrania, un conflicto que, según él, no era asunto suyo. Lo cierto es que los aliados europeos han secundado la política exterior estadounidense siempre y cuando se trataba de algún asunto que tenía que ver con la seguridad europea tal y como se vio tras los atentados del 11-S. El único miembro de la OTAN que ha invocado el artículo 5, el de defensa mutua, ha sido EEUU y todos sus socios le prestaron apoyo donde los estadounidenses pidieron, que fue en la otra punta del mundo, en Afganistán.

Pero conviene detenerse un instante aquí, porque la afirmación es de aúpa. Durante casi 80 años, desde que Truman firmó el Tratado del Atlántico Norte en plena posguerra, la doctrina estadounidense había sido exactamente la contraria. Para EEUU Europa era importante, era vital, Europa es el escenario donde se juegan las grandes partidas de la historia, y abandonarla significaba acabar metido hasta las cejas en guerras que habría sido mejor prevenir. Lo aprendieron a las malas en 1917 y volvieron a aprenderlo, de todavía peor forma, en 1941. De ahí que todos los presidentes desde Roosevelt hayan considerado que mantener tropas en Alemania, portaviones en el Mediterráneo y generales en Bruselas era una forma barata de comprar tranquilidad. Barata comparada con la alternativa de no tener todo eso.

Un tiro en el pie

Trump ha decidido que esa cuenta ya no le sale. Y lo curioso es que dos tercios de los americanos, según las encuestas, siguen pensando que la OTAN les beneficia. La Unión Europea es el mayor socio comercial e inversor de Estados Unidos, con diferencia además. Europa es, además, uno de los principales mercados para las empresas estadounidenses, un mercado de más de 400 millones de consumidores con alto poder adquisitivo que compran aviones, software, películas, soja, máquinas y un sinfín de cosas más. Romper la baraja con semejante socio, por muy enfadado que uno esté con el estrecho de Ormuz, tiene algo de pegarse un tiro en el pie para vengarse del zapato.

Pero Trump, que de esto de pegarse tiros en el pie sabe un rato, sigue adelante. No está solo. Marco Rubio, su secretario de Estado, que en sus tiempos de senador era un defensor acérrimo del vínculo trasatlántico (hasta el punto de apoyar de forma entusiasta en 2023 aquella ley que prohíbe al presidente abandonar la alianza sin consentimiento del Senado), se ha pasado con armas y bagajes al bando trumpista. Ha llegado a describir la OTAN como «una calle de sentido único» y ha anunciado que, en cuanto termine el asunto iraní, habrá que «reexaminar esa relación». Rubio era, hasta hace cuatro días, el último adulto en el patio de recreo de la Casa Blanca, el tipo al que los diplomáticos europeos llamaban por teléfono cuando querían que alguien le pusiera el bozal al presidente. Si Rubio ha tirado la toalla, la cosa va en serio. Y aquí empieza la parte verdaderamente interesante, porque conviene preguntarse qué ha hecho exactamente Europa para merecer algo así. La respuesta corta es que depende de a quién le preguntes. La respuesta larga es que requiere un poco de paciencia.

Sánchez no cumple

Empecemos por España, que en este asunto se ha llevado la palma del desplante. Pedro Sánchez ha convertido a Trump en su alter ego para ganar fuera lo que no tiene dentro de casa. Gobierna en minoría y está asediado por casos de corrupción. Su coalición de investidura hace aguas y necesita algo para presentarse ante el votante que le interesa, el de extrema izquierda, para que le siga votando a él y a sus candidatos regionales. España apenas cumple con el antiguo objetivo del 2% del PIB en gasto militar (y le cuesta horrores llegar ahí), pero además ha rechazado de plano el nuevo objetivo del 3,5%, más ese 1,5% adicional en infraestructuras de defensa que se pactó el año pasado. No contento con eso, ha cerrado las bases españolas y el espacio aéreo nacional a los aviones estadounidenses que atacaban Irán. Morón y Rota, las dos principales bases estadounidenses en el Mediterráneo occidental, se han convertido en aparcamientos.

Francia ha sido más elegante en las formas. Ha mandado un portaaviones a defender Chipre, ha permitido que sus cazas ayuden a los Emiratos a derribar drones iraníes y ha mantenido un perfil de aliado responsable. Pero al mismo tiempo ha dicho que no a que los aviones de combate estadounidenses sobrevuelen su territorio en misiones contra Irán, lo cual es una forma muy francesa de decir «yo contigo a todas partes, menos a esta». Trump ha calificado la postura francesa de «muy poco servicial», algo que en su diccionario equivale a un insulto mayúsculo. Reino Unido merece capítulo aparte por aquello de la relación especial. Keir Starmer ha repetido hasta la saciedad la frase de que esa no es su guerra. Primero cerró las bases británicas a las operaciones estadounidenses, luego las abrió a medias, pero solo para misiones defensivas destinadas a proteger a los países vecinos de las represalias iraníes. Trump, con esa mala leche que solo gasta con los aliados que él percibe como débiles, le ha dicho que «no es Winston Churchill». Eso ha hecho las delicias de la prensa conservadora británica, donde no desaprovechan una sola oportunidad de sacudir al primer ministro.

Ahora bien, sería injusto quedarse solo con la parte del desplante, porque Europa también ha arrimado el hombro en este asunto, aunque lo haya hecho con la boca pequeña. Los aviones y barcos estadounidenses han utilizado bases en el Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Portugal y Grecia para labores logísticas y de apoyo. Varios países europeos han enviado sistemas antiaéreos a los emiratos amigos del Golfo. Es decir, que la foto no es la de una Europa de espaldas a EEUU, sino la de una Europa que ayuda a regañadientes, con reservas, con condiciones y sin hacerse fotos. Lo cual, para un presidente tan preocupado por las fotos como Trump, resulta particularmente irritante.

Una alianza defensiva

La tesis europea, por cierto, tiene su lógica jurídica. La OTAN, dicen en las cancillerías del Viejo Continente, es una alianza defensiva cuyo perímetro está definido negro sobre blanco en el Tratado del Atlántico Norte. Cubre Europa y América del Norte desde el trópico, y se activa cuando uno de sus miembros es atacado. Punto. No es un sindicato de matones al servicio de las guerras que decida hacer la Casa Blanca. Los europeos no están obligados a enviar fragatas cada vez que a un presidente americano se le ocurre bombardear a alguien en Oriente Medio o en cualquier otro lugar del mundo. Por eso no se metieron en Vietnam y para lo de Irak se formó una coalición de buena voluntad (en la que estaba el Reino Unido, España, Portugal y Polonia) al margen de la OTAN. A Afganistán se sumaron porque habían atacado a su aliado en Norteamérica, un territorio cubierto por el tratado del Atlántico Norte. Por eso atendieron cuando el Gobierno de George Bush invocó el artículo 5. En Afganistán se dejaron la vida casi mil militares europeos. Solo el Reino Unido 457, España más de 100, Dinamarca, un país minúsculo, tuvo que lamentar 43 víctimas mortales. Pues bien, Trump en enero de este año, tuvo la ocurrencia de decir que los aliados «se habían quedado detrás de la línea del frente», lo cual es falso y provocó en Europa una indignación que en Washington, curiosamente, pocos supieron ver.

El resultado de todo este cúmulo de malentendidos, agravios y resquemores es que la Alianza Atlántica vive hoy su momento más delicado desde que fue fundada al comenzar la guerra fría. Ahora bien, ¿puede Trump sacar a EEUU la OTAN de un plumazo? Legalmente la cosa tiene su complicación. Aquella ley de 2023 que apadrinó el propio Rubio exige dos tercios del Senado o una ley elaborada por el Congreso para que el presidente pueda retirar formalmente a Estados Unidos del tratado. Es un cerrojo importante. Pero los abogados de Trump, que son muy imaginativos, sostienen que el presidente tiene poderes exclusivos para salirse de los tratados internacionales y que la ley del Congreso es inconstitucional. Habría pleito, y largo, con resultado incierto.

Pero aquí está la clave del asunto. Trump no necesita retirarse formalmente de la OTAN para vaciarla de contenido. Le basta con retirar las tropas estadounidenses de Europa y llamar al general que ejerce de comandante supremo aliado en Europa (cargo que siempre ocupa un estadounidense) y enviarle de vuelta a casa. Eso y dejar caer, en una entrevista cualquiera, que no está seguro de que Estados Unidos acudiera en defensa de, pongamos, Estonia, si mañana los tanques rusos cruzaran su frontera. Con eso, la disuasión (que es el oxígeno de la OTAN, lo único que justifica su existencia) se desvanecería como el humo. Porque la OTAN es fundamentalmente un compromiso político, no legal. Si Putin deja de creer que EEUU va a mover un dedo por Estonia o por Lituania, la alianza habría muerto en la práctica, aunque siga existiendo formalmente.

Los ejércitos europeos

Esto es inquietante porque Europa no está preparada, ni de lejos, para defenderse sola. Los ejércitos del Viejo Continente, que se redujeron a la mínima expresión tras la caída del Muro convencidos de que la historia había terminado, llevan apenas tres o cuatro años rearmándose con prisas. Todavía dependen de los estadounidenses para casi todo lo que importa: inteligencia por satélite, reabastecimiento en vuelo, defensa antimisiles, capacidades cibernéticas, transporte estratégico. Sin EEUU los ejércitos europeos son una colección de unidades seguramente bien preparadas, pero descoordinadas, mal equipadas para una guerra de alta intensidad y escasamente interoperables entre sí. Tardarían años, y muchas decisiones presupuestarias dolorosas, en poder sostenerse por sí solos.

El problema de fondo es que el contrato implícito sobre el que se edificó la OTAN ha dejado de funcionar. Aquel pacto consistía, resumiéndolo mucho, en que Estados Unidos ponía el paraguas militar y Europa la lealtad política, el territorio para las bases, el mercado para los productos y servicios estadounidenses y, llegado el caso, unos cuantos batallones para las aventuras de EEUU por el mundo. Trump cree que los europeos han dejado de cumplir su parte. Los europeos creen que Trump ha dejado de cumplir la suya. Y ambos tienen, hasta cierto punto, razón, lo cual convierte el asunto en irresoluble por la vía de la discusión racional. Los optimistas (que todavía quedan algunos, incluso en estos tiempos) creen que todo esto es una escenificación, una de las negociaciones en el filo a las que Trump es tan aficionado, y que al final habrá apretones de manos y sonrisas para la foto en la cumbre de Ankara de julio. Los pesimistas piensan que el daño ya está hecho, que la confianza rota no se repara, y que el mejor escenario posible es que Europa empiece a hacer sus deberes militares en serio para cuando llegue el momento, que llegará, en que tenga que apañárselas sola.

Lo que parece claro es que hemos entrado en una nueva era. Una era en la que los europeos ya no pueden dar por supuesto que el tío Sam acudirá al rescate cada vez que las cosas se pongan feas. Una era en la que los estadounidenses, al menos los que votan a Trump, han decidido que ya no les merece la pena pagar la factura de un club cuyos miembros no se presentan cuando él los necesita. Y una era en la que Putin, que lleva 25 años soñando con ver a la OTAN desmantelada, estará frotándose las manos en el Kremlin mientras observa cómo el enemigo se desmorona sin necesidad de disparar un solo tiro.